(en este texto hay spoilers)
Hay datos que sorprenden. En el taller de lectura de Ricardo Strafacce, cuando leímos Gracias de Pablo Katchadjián (2011, Blatt & Ríos), nos preguntaron cuál fue el último país en declarar ilegal la esclavitud. Nadie en la clase lo sabía: Mauritania, en 1981. Resulta igual de impactante saber que recién en 2007 se tipificó como delito penal su práctica. Pensar que el último país sudamericano en abolirla fue Brasil en 1888. ¡Qué continente sufrido el africano, por favor!
Desde las primeras páginas, Gracias nos propone un itinerario de lectura más que osado: nos exige dejar el verosímil a un lado para avanzar a pura literatura. Cuando descubrimos que los esclavos pueden dormir la siesta o despertarse con el desayuno al lado de la cama (ni catre ni camastro); como decía, rápidamente entendemos que a esta novela hay que concedérselo todo.
Uno de los diálogos más logrados ocurre cuando Aníbal, el amo, le dice al esclavo que lo necesita y este responde simplemente: «Me acabo de levantar». La ayuda, al menos en lo inmediato, tendrá que esperar, ¿el esclavo necesita desperezarse, lavarse los dientes, vestirse a su propio ritmo? En esta dinámica, el ejercicio de la dominación se despliega solo en el plano de lo ideológico, diría que nominal, antes que en el represivo.
La obra está narrada en primera persona por un protagonista cuyo nombre jamás conocemos, en un universo donde los anacronismos se suceden con absoluta libertad. En el castillo hay una pileta de natación, motos de alta cilindrada, puede aparecer de pronto un esclavo, Hugo, manejando un camión. Los pasillos del castillo no son trayectos sencillos y rara vez sabemos a dónde conducen, guiño que evoca la atmósfera kafkiana o el universo de Mario Levrero en El lugar.
En la literatura de Katchadjián los recursos formales destacan la repetición y el uso del fuera de campo: hay zonas ciegas a las que los lectores nunca accedemos. ¿Qué le hacía Aníbal a Nínive cuando estaban a solas? ¿Qué ocurría mientras mandaba a limpiar al narrador? El texto decide no contarnos, prefiere guardar silencio.
El personaje de Nínive encarna un erotismo extraño y bizarro. Coquetea con el esclavo principal durante toda la historia, pero hacia el final descubrimos que se acostó con Hugo (tampoco hay dramatismo con esto por parte de nadie), mientras manipula al narrador sabiendo que está enamorado de ella. Le pide favores desmedidos —como matar a Aníbal— y, ante la duda del esclavo, cuestiona su afecto. En otro pasaje le exige enterrar a la sirvienta vieja: «Quiero que la entierres vos, no esos soldados asquerosos [...] Es lo único que te pido, ¿no podés hacer eso por mí?». Ese «es lo único que te pido» resulta cómicamente atroz.
En cuanto a la técnica, Katchadjián alterna diálogos entrecomillados con el discurso indirecto libre. La gran virtud de Gracias radica en su capacidad para mantenernos en un desconcierto constante: nunca sabemos qué va a pasar ni con qué nos vamos a encontrar.
El autor nos desplaza siempre hacia lo inesperado y nos instala en el terreno de la comedia, lograda no por el chiste fácil o la risa torpe, sino mediante un sistema narrativo impulsado a pura peripecia hacia la gracia o, mejor dicho, a la cantidad de gracias o monerías que suceden en la novela.
Como lectores, eso sí, no queda menos que decirle al autor de la novela, también, Gracias.
Calificación: Excelente | ⭐⭐⭐⭐⭐
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