En medio de una conversación o de una lectura, cuando escucho o leo una palabra que me gusta, me saca inmediatamente de la circunstancia en la que estoy y me quedo pensando en ella.
Hace un rato comencé a releer (o debería decir leer, porque no recuerdo nada) Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski. El traductor es Rafael Cañete —a quien no conozco particularmente, aunque tal vez haya leído alguna traducción suya sin recordarlo, pero de quien no diré nada negativo ya que confío plenamente en el catálogo de la editorial Losada— y escribió, o transcribió al castellano, lo siguiente:
"Todo lo bello y sublime, como se habituaba a decir en otros tiempos"
La palabra en la que me detuve es sublime.
¡Qué hermosa que es, por favor!
Esa palabra me llevó de inmediato al libro de Slavoj Žižek, El sublime objeto de la ideología; un texto que conocí en la facultad y que, en aquellos incipientes años 2000, era parte de una moda, un clásico del futuro, un libro que —justo en esos momentos de fervor por la globalización— sentíamos que debíamos leer sí o sí.
¿Dónde radica el sentido de belleza que una palabra tiene para uno?
Estimo que puede tener que ver con su significado. Seguramente. Pero no lo sé del todo; lo voy a pensar.
Mientras tanto, voy a comenzar a anotar acá una lista con todas las palabras que se me aparezcan. Va la primera:
1. Sublime
2. ...