La siguiente relación se encontró entre los papeles del
difunto Dietrich Knickerbocker, un anciano caballero de Nueva York que se
interesó profundamente por la historia de las colonias holandesas de la
provincia y las costumbres de los descendientes de los primitivos pobladores.
Sus investigaciones históricas no se efectuaban, sin embargo, entre libros,
sino entre seres humanos, pues en los primeros no abundaban sus temas
favoritos, mientras que los encontraba en los viejos burghers y aun más en sus
mujeres, que poseían enormes tesoros de aquel folklore, tan valioso para el
verdadero historiador. En cuanto hallaba una auténtica familia holandesa,
cuidadosamente encerrada entre sus cuatro paredes, en su casa de techo bajo, construida
casi debajo de la ancha copa de algún árbol, la consideraba como un pequeño
volumen y la estudiaba con el celo de un ratón de biblioteca.
De todas estas investigaciones resultó una historia de
la provincia bajo los gobernadores holandeses, que se publicó hace unos años.
Existen numerosas opiniones acerca del verdadero carácter literario de ese
libro, que, a decir verdad, no es lo que debería ser. Su mérito principal
consiste en la escrupulosa exactitud, de la que se dudó al aparecer, pero que ha
sido demostrada después sin lugar a dudas. Se le admite ahora en todas las
bibliotecas de historia como un libro cuya autoridad es indiscutible.
Aquel anciano caballero murió poco después de publicar
su obra y, ahora que ha desaparecido, puede decirse, sin ofender su memoria,
que su tiempo hubiera estado mucho mejor empleado si se hubiera dedicado a
tareas más importantes. Tendría que seguir sus inclinaciones personales, de
acuerdo con métodos propios y, aunque alguna que otra vez molestó a sus vecinos
y ofendió a amigos, por los cuales sentía gran afecto, hoy se recuerdan sus
errores y locuras más con lástima que con rencor y algunos empiezan a sospechar
que nunca tuvo la intención de ofender a nadie. De cualquier modo que los
críticos aprecien su memoria, la tienen en muy alta estima muchas personas cuya
opinión puede compartirse, particularmente ciertos confiteros que en su
admiración han llegado a reproducir su efigie en los pasteles de Año Nuevo,
dándole así una oportunidad de hacerse inmortal, casi equivalente a la que
proporciona una medalla de Waterloo o de la Reina Ana.