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miércoles, 29 de enero de 2014

Mario Levrero, "La novela luminosa"

"Me fui acercando sin que la avispa diera ninguna señal de sentirse incómoda por mi presencia; estaba muy atareada, aunque la lucha había terminado. Cuando pude ver bien de cerca lo que sucedía, me sentí maravillado: la avispa tenía como un serrucho en la nariz, y con él cortaba, una a una, las patas de la araña. Dejó el cuerpo pelado, y de alguna manera se lo cargó a los hombros –siempre con movimientos nerviosos, como de ama de casa que espera gente a comer y tiene que atender mil detalles- e intentó volar. El peso de la araña le impedía hacer vuelos largos; más bien parecían grandes saltos, de un par de metros, se elevaba un poco y enseguida se iba al suelo. Pero, mal que bien, se la fue llevando, quién sabe hasta dónde; la perdí de vista al llegar a la esquina, a una media cuadra de casa, porque de todos modos no tenía interés en averiguar dónde vivía la avispa. ¿Y por qué cuento esto, que puede encontrarse con más y mejores detalles en cualquier libro de estudio? Lo cuento porque fue una de las experiencias que, de un modo u otro, me ayudó a pensar, o tal vez a no pensar; trataré de explicarlo mejor.
¿A usted nunca le pasó, mirando un insecto, o una flor, o un árbol, que por un momento se le cambiara la estructura de valores, o de jerarquías? Es como si mirara el universo desde el punto de vista de la avispa –o la hormiga, o el perro, o la flor-, y lo encontrara más válido que desde mi propio punto de vista. De pronto pierden sentido la civilización, la Historial, el automóvil, la lata de cerveza, el vecino, el pensamiento, la palabra, el hombre mismo y su lugar indiscutido en el vértice de la pirámide de los seres vivos".


lunes, 11 de noviembre de 2013

Jean Luc Nancy, "La ciudad a lo lejos"

"Quiera o no, la ciudad mezcla y remueve todo, separándolo y disolviéndolo. Nos tratamos, nos rozamos, nos tocamos y nos separamos: es un mismo andar (...) Todo el mundo se encuentra y se evita, se cruza y se desvía. Las miradas se tocan apenas, se detienen furtivamente una en la otra, los cuerpos tienen cuidado, territorios frágiles se transforman sin cesar, fronteras lábiles, móviles, plásticas o porosas, una mezcla de ósmosis e impermeabilidad".

"La ciudad come mucho, ostenta comer para todos los que pasan, expone el acto de comer y apura su ritmo. Hay que comer en todas partes y rápido, comer hablando y comer caminando, comer trabajando, fast food, schenll Imbiss, döner kebab, hot dogs, pizza, pain bagnat, snack (...) La calle huele a grasa o a pimentón. La ciudad huele a comida, es una recarga de energía siempre girando, atascando y desatascando. Luego llegan los cafés, los bodegones, las bares, la bebida que rompe la energía, la aletarga y la hunde siempre más lejos de la calle, en guaridas claro-oscuras, barras, cobres y maderas, vapores y juke-boxes, altos y remansos intestinos donde la ciudad se encuentra para olvidarse".





una calle quedó adoquinada
entre las calles asfaltadas
bellos adoquines pardo brillante claro
en espalda de gran lagarto
con un poco de hierba entre las escamas

sábado, 2 de noviembre de 2013

Jonas Mekas, "Ningún lugar adonde ir"


"Cuando dejé mi hogar, cuando dejé mi pueblo (cuando tenía doce años hice una lista de todas las personas de mi pueblo y encontré -si mal no recuerdo- 22 familias y 98 habitantes), cuando partí en un viaje que finalmente me llevó a recalar en Nueva York, tenía veintidós años. Ya era entonces un joven de cierta reputación. Durante más de un año había trabajado como redactor de un semanario de provincia. Había trabajado como editor técnico de un seminario semiliterario nacional durante otro año. Había publicado mis primeros poemas y había creado un escándalo en el "mundo" literario de Lituania con lo que hoy llamaría ataques estúpidos y maliciosos a algunos de los escritores y poetas de las generaciones precedentes.
Era evidente que estaba bastante involucrado en la vida que me rodeaba. Pero había algo extraño en mí: mi propia vida, mi pasado, mis raíces, mis ancestros, me resultaban completamente ajenos. No me interesaba en absoluto mi vida ni mi entorno inmediato. Por ejemplo, hasta los veinte años no tengo recuerdos de qué comíamos. Todo lo que recuerdo es que mi madre solía repetir: "A comer, ya basta de libros, por favor. Siempre frente a un libro. Hay que alimentarse mejor". Si alguien me pregunta qué comen los lituanos no sabría qué responder.

A los diecisiete años es probable que hubiera leído todo lo que se había escrito en lituano, incluidas las revistas y los diarios del pasado. Los había leído y memorizado a todos. Tanto es así, que algunos de mis amigos más grandes del ambiente literario de la capital, cuando no podían recordar dónde había aparecido algún artículo, solían decir: "Ah, pero está este chico en aquel pueblo, por qué no le pregunta, él debe saber". Y yo siempre tenía la respuesta. Pero no sabía quiénes eran mis sobrinas o primos o tías ni ninguno de mis parientes. Mis ancestros eran los poestas, los filósofos y los enciclopedistas, vivos y muertos".

Jonas Mekas, "Ningún lugar adonde ir", Caja Negra, 2008.

jueves, 31 de octubre de 2013

Alejandra Pizarnik, "Diarios"


"Entro en una librería desconocida. Me dirijo a los anaqueles coloreados, llena de curiosidad y tensa emoción. La esperanza de hallar 'algo nuevo' es quebrada por la voz del empleado que me pregunta qué títulos busco. No sé qué decirle. Al fin, recuerdo uno. No está. Hubiese querido seguir mirando, pero sentía sobre mí el peso de esa mirada comerciante, tan estrecha y desaprobadora ante alguien que 'no sabe' lo que quiere. ¡Siempre lo mismo!"

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"No puedo leer La condición humana. No comprendo lo que leo. Pronto habré de retornar a los cuentos para niños. Pero tal vez ni a ellos los comprenda. No puedo leer".

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"Imposible hablar con palabras. Ansiedad y urgencia por decirlo todo mediante una sola palabra. Leo a Kafka para calmarme con sus prolongaciones infinitas de sucesos y de frases, con su poder de mediación. No sé lo que quiero, sólo sé que salto, que salteo, que hay un abismo y que el salto es mi cobardía como lo es la orilla y mi impaciencia por alcanzarla".

Alejandra Pizarnik, Diarios, Lumen, 2012.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Gérard Wajcman, "Colección seguido de La avaricia"

"De todos los pecados capitales, la Avaricia es aquel para el que tenemos menos indulgencia. No es simplemente detestable: es unánimemente odiado. Esto carece de nexo directo con una eventual gradación de los vicios; después de todo, encontramos al Avaro en el cuatro infierno dantesco, rondando por los peñascos, mientras que el iracundo, por su parte, chapotea en el quinto, en las aguas cenagosas de la Estigia. Ahora bien, acordaremos que es pensable, aceptado y hasta recomendable proclamarse orgulloso, goloso, lujurioso, o iracundo; con pose nos confesaremos perezosos, en un acceso teatral de franqueza, nos acusaremos de envidiosos, de la tierra entera; pero avaros, nunca".

Wajcman, Gérard, "Colección seguido de La avaricia", Buenos Aires, Manantial, pág.77.

viernes, 12 de julio de 2013

Mario Levrero, "Un silencio menos"


"Cantidad de cosas quedan marginadas de la conciencia están sin embargo ahí, a su alcance. La conciencia tiene pereza de tomarlas, de asumirlas, como si prefiriera no verlas. Es en esa estrechez donde tal vez parezcan inocentes los personajes. En realidad no lo son. No se esfuerzan por hacerse cargo de las
situaciones. Eso a mí me pasa continuamente, al punto de  que hace un par de meses descubrí que estaba enamorado de una mujer a través de un sueño. Me lo impuso el inconsciente. Era un sueño tan claro que tuve que rendirme a la evidencia y empezar a examinar mis sentimientos".

En Elvio Gandolfo (comp.): "Mario Levrero. Un silencio menos", Mansalva, 2013, p. 52-53.

viernes, 5 de julio de 2013

Julio Cortázar, "Rayuela"

"Me estoy atando los zapatos, contento, silbando y de pronto la infelicidad.
Pero esta vez te atrapé, angustia, te sentí previa a cualquier organización mental..."

Capítulo 67
          
                                                            

Osvaldo Soriano "Dixit":

"Hemingway decía: la única cosa de la que un escritor puede estar seguro a lo largo de su existencia es que todo el mundo intentará impedir que escriba: familia, ejército, dinero, política, amigos, enemigos, conocidos y críticos. Hay escritores que se dan una semana de tiempo para terminar un libro, como Simenon. Otros un mes, como Faulkner. Otros la vida entera, como Joyce (...) Bulgakov, el ruso más prohibido en tiempos de stalinismo, anotaba al margen de sus páginas escritas en secreto: Dios mío, ayúdame a terminarla".