Aproximadamente, ¿cuántos libros leíste en 2018?
Como la mayoría de los lectores, no tengo idea, no llevo un diario de lecturas y, como la mayoría, tengo planificado hacerlo. Este año descansé un poco -un poco- de la ficción, le dediqué más tiempo a la teoría (Berardi, Byung-Chul Han, ¡obviamente!, Agamben) y la no ficción (ensayos literarios, históricos, crónicas). Suelo leer, en promedio, un libro por semana, aunque siempre leo dos o tres a la vez. Algunos ensayos demandan más tiempo, calculo que el año pasado habré leído unos cuarenta completos. Y abandoné, especialmente ficciones, ya sin las contemplaciones de épocas pasadas, otros cuarenta o más en las primeras 20/30 páginas.
¿Cuáles fueron tus lecturas preferidas de este año?
Fenomenología del fin, F. Berardi.
Filosofía del budismo zen, Byung-Chul Han.
Austerlitz, W. Sebald.
Autorretrato, E. Levé.
Las aventuras de la china Iron, Gabriela Cabezón Cámara.
El artista más grande del mundo, Juan José Becerra.
Una vida absolutamente maravillosa y Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas.
La tierra elegida, Juan Forn.
Plano americano, Leila Guerriero.
Volverse Palestina, Lina Meruane.
Chicas muertas, Selva Almada.
La historia de las marcas deportivas, Eugenio Palopoli.
¿Cuál fue el libro o el autor que “descubriste” durante este año de lecturas?
A Enrique Vila-Matas, que combina genialmente erudición, experiencias y buena prosa para escribir crónicas, ensayos, o para construir ficción a partir de la vida de infinidad de escritores y otros artistas. A los dos antes mencionados sumo, y recomiendo también, Historia abreviada de la literatura portátil. Y a Eduardo Lalo, a quien ya había leído (su novela Simone), pero este año completé la “trilogía de la invisibilidad”, con La inutilidad y Los países invisibles. Valen la pena.
¿Cuáles son tus autores preferidos?
Lo primero que se me viene a la cabeza es hacer una distinción entre los terrenales (contemporáneos, vivos) y los no (los olímpicos). Pero en detrimento de los terrenales no la voy a hacer. Siempre tuve fuerte predilección por aquellos que escriben o escribieron en español (ficción), por obvias razones relacionadas con las traducciones (no la calidad de la traducción, la pérdida que sufre un texto reprocesado en otro idioma, de la que ya tanto se ha hablado y escrito).
Di Benedetto, Conti, Saer, Artlt, Borges, Marechal, Piglia, Walsh, Bayer, Onetti, Bolaño, Quiroga, Rulfo, García Márquez, Kafka, Dostoievski, (aunque no sepa ni alemán ni ruso), Vonnegut, Shakespeare, Pinter, Pessoa. Está bien: Martín Kohan, Patricio Pron, Hernán Ronsino, Selva Almada, de los contemporáneos.
Confieso que no menciono algunos escritores porque he leído solo dos o tres títulos y, aunque me parecieron fantásticos, creo debería leer más de su obra para incluirlos. Por caso: Sebald, Céline o Echenoz (Sobre la historia natural de la destrucción, Viaje al fin de la noche y Correr, respectivamente, me parecen lecturas obligadas). O los casos muy particulares de Rafael Pinedo, Jorge Baron Biza, Edouard Levé, o John Kennedy Toole, que tienen solo un par de títulos pero magistrales.
¿Cuáles son los diez libros que todos deberíamos leer?
Ojalá fueran solo diez. Me remito a la pregunta anterior, dando prioridad a los escritores latinoamericanos, para ser más o menos consistente (y elijo un título de cada uno pero podrían ser varios, o toda su obra):
Zama, Antonio Di Benedetto
Mascaró, el cazador americano, Haroldo Conti
La grande, Juan José Saer
Los siete locos, Roberto Arlt
El Aleph, J. L. Borges
La patagonia rebelde, Osvaldo Bayer
Operación masacre, Rodolfo Walsh
Cuentos completos, Horacio Quiroga
La vida breve, Juan Carlos Onetti
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
Quedan muchísimos afuera (mastodontes como Adán Buenosayres, 2666 o Yo, el supremo, que se leen con placer a pesar de su extensión), pero creo que sería un buen comienzo para quien quiera un compendio de las grandes obras que se han escrito en español.
¿Cuál es el libro clásico que no leíste y que te juras leer algún día?
Varios, porque nunca fui fanático de los clásicos (el temita de las traducciones). Ulises, pero lo tengo ahí, como el vino carísimo que guardás para una ocasión especial. En similar situación está Moby Dick. Distinto es el caso de la Odisea, o el Quijote, que los veo más como la visita a un pariente que mira TN.
¿Cuál es el libro, considerado “canónico” que no pudiste disfrutar, o dicho más fácilmente, que no te gustó?
En busca del tiempo perdido. Dejé Del lado de Swann (o Por el camino de Swann, o Por la parte de Swann, o como se llame) en la página 250 y pico. Está muy bien, pero lo agarré unos años tarde, había leído mucha literatura que remitía al universo proustiano, esas odas a la remembranza, y me cansó. Lo terminaré (el primer volumen).
En 2018 la Svenska Akademien (Academia Sueca) no entregó el Premio Nobel de Literatura. Si dependiera de vos, ¿a quién se lo hubieras otorgado?
Si se lo dieron a Bob Dylan, el Oscar al mejor escritor se lo daría sin dudas al Indio Solari, a quien el acervo cultural y literario argentino adeuda muchísimo.
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Julián Mola es ingeniero, docente y dramaturgo. Algunas de sus obras recibieron premios nacionales y participaron de distintas selecciones: Premio Nacional “Aplausos para la inclusión”, Ministerio de Desarrollo Social de la Nación 2012, Teatro x la identidad 2012, Premio Nacional “Nuestro teatro”, homenaje a Teatro Abierto, Secretaría de Cultura de la Nación 2013. En Instagram es @status_lux
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sábado, 20 de enero de 2018
jueves, 21 de diciembre de 2017
Aglaja Veteranyi: "Por qué se cuece el niño en la polenta"
Por Julián Mola
“El dictador prohibió a Dios”. Hasta la fe prohibió Nicolae
Ceauşescu, que había llegado al gobierno de la por entonces República
Socialista de Rumania a mediados de los sesenta. Terminada la Segunda Guerra,
como tantos otros países del este europeo, Rumania quedó bajo la órbita de la
URSS; satélites a los que se les impuso el comunismo con el fin de evitar
reincidencias políticas e ideológicas. O eso se dijo. En Rumania tampoco
funcionó del todo bien, Ceauşescu sería ejecutado en 1989 bajo el cargo de genocidio.
“El dictador cerró Rumania con alambre de púas”. Muchos
fueron los que arriesgaron su vida para huir de la escasez y los excesos hacia
el oeste democrático, el occidente del libre comercio. Eso hizo Alexandrus
Veteranyi, huir del régimen con sus dos pequeñas hijas, su esposa y la caja
completa del Circo Estatal de Rumania. Se proponían dejar atrás las
privaciones, el autoritarismo y, por qué no, el anonimato; pensaban hacer,
entre otras cosas, de su hija menor Aglaja una estrella de Hollywood.
Veteranyi fue artista circense, payaso, actor y aficionado a
filmar cantidad de películas caseras que nunca tuvieron destino alguno. Estos
menesteres lo llevaron a recorrer Europa, África, pasar por los Estados Unidos
y terminar recalando en Argentina a mediados de los ochenta. Finalmente,
Tandarica, tal su nombre artístico, alcanzó su anhelada fama con aquel
recordado personaje de mozo torpe, que adeudaba no poco a Chaplin. Participaría
en cantidad de películas y programas de TV hasta su muerte, en Buenos Aires, en
1995. Muy atrás, muy lejos, habían quedado su mujer, sus hijas y el circo.
Aglaja, con apenas quince años, había escapado a Suiza en solitario. Allí se
estableció y, sin haber recibido una educación formal, casi analfabeta, se
vinculó al ambiente artístico y acabó siendo una reconocida actriz, docente y
escritora que dominaba el alemán, el rumano y el español. Fundó un grupo
literario y un grupo teatral, escribió narrativa, obras de teatro, poemas, y
diversos textos para diarios y revistas. En su primera novela –única editada en
vida- Por qué se cuece el niño en la polenta, Aglaja reconstruye –o recupera-
la voz de la niña que fue para contar, con la sinceridad despiadada de un niño,
la historia autobiográfica de su infancia, el derrotero geográfico, social y emocional
de unos primeros años que revelan las marcas de su origen, los anclajes y,
seguramente, las decisiones de la Aglaja mujer.
A golpe de oraciones simples, concisas, incluso con páginas
enteras reservadas a una sola frase, una tras otra caen las imágenes, las
metonimias de la escritora condensan todo cuanto caló hondo en su persona y
necesita ser liberado, sin pudores: el régimen rumano (“El dictador es zapatero
de profesión, ha comprado sus diplomas en la escuela. No sabe ni escribir ni
leer, dice mi madre, es más tonto que una tapia. Pero una tapia no mata, dice
mi padre”), la huida y sus consecuencias (“Desde nuestra fuga torturan al tío
Petru en la cárcel y al tío Nicu lo mataron a palos delante de la puerta de su
casa”), la pobreza omnipresente (“En mi tierra hacer cola es una profesión”),
la imagen de su padre, las expectativas de una madre desbordada, la relación
con su hermana y su tía, y el diario devenir de una troupe nómada de artistas
fugitivos.
Aglaja tiene cinco años cuando comienza la narración, es el
momento en que todo en su vida comienza a ser extranjero (“El circo siempre
está en el extranjero”), palabra que marcó su vida, que resume su condición de
expulsada, del que ocupa un lugar que no es el suyo; el extranjero (como lugar,
donde ella vivió desde que recuerde), los extranjeros (que eran ellos, en todos
lados, su condición de exiliada, de nómada, de fugitiva siempre a punto de ser
deportada: “No podemos volver nunca, está prohibido”), la extranjera (que
decidió seguir siendo, ella, adoptando a Suiza como país de residencia y el
alemán como lengua; “la patria es la lengua”, dijo Adorno).
Por qué el niño se
cuece en la polenta cuenta el desarraigo de un país, de un origen, pero,
sobre todo, el de una infancia; arrastrada a una tierra de adultos, el comienzo
de su vida iba a transcurrir lejos de los límites de la niñez. Es un libro –una
vida- de contrastes, porque se parte de un recurso –la niña que narra- que no
deja margen a otra cosa, porque lo que narra es violencia, y emociones que poco
tienen que ver con la niñez. El miedo, no producto de una fantasía de acecho
sino el miedo a una amenaza real, esa emoción de la que se procura resguardar
al niño, en Aglaja es cosa de todos los días, como la rutina del circo:
“En la cama no paro de pensar que mi
madre ahora está colgada del pelo. Mi hermana tiene que inventarse cosas cada
vez más crueles para el niño en la polenta”.
Su hermana, para mantenerla entretenida y así no padecer el
miedo de ver caer a la muerte a su madre trapecista, le cuenta, una y otra vez,
el cuento popular rumano ¿Por qué se cuece el niño en la polenta? (nunca se
aclara, pero el cuento sería “apenas” eso, una imagen, la de un niño que hierve
en una olla de polenta; no tiene texto ni moraleja, es solo un título disparador
para ser desarrollado a gusto del narrador o del oyente), el artilugio es tapar
el horror con horror –desviar la mirada del horror para mirar otro horror-. No
mirar allí, donde más duele, mejor mira allá; es una evasión instintiva la que
practica a diario, se hace fuerte en lo que nadie le ha podido ni le podrá
quitar, resiste como puede en su imaginación, y así crece.
Lo particular, entonces, no es el recurso en sí mismo, lo
particular, lo auténtico, es su historia, tramada de puros contrastes entre lo
que se supone debe ser y la realidad, una realidad que a Aglaja le toca
vivenciar desde muy temprano, aunque siquiera logre comprenderla del todo: el
entrañable Tandarica se descubre como quien “… pega a mi madre y con una
cuchilla de afeitar corta las prendas de su vestuario en pedacitos y dice: ¡Hoy
te dejo caer de la cúpula!”, las bondades de la Europa occidental resultan en
“¡Vaya paraíso! ¡Aquí los perros son más importantes que las personas! ¡Si
escribo a mi familia que los estantes en la tienda están llenos de comida para
perros, creen que me he vuelto loca!”, la festiva vida circense esconde que “A
Lidia Giga, la domadora, la hizo pedazos el león que ella misma había criado
con un biberón. Al hombre encadenado se le partió la cuerda ardiendo, se cayó
de cabeza”, la familia es “mi madre pegó a mi hermana, se cayó contra un
cristal de una ventana y se cortó las venas. ¡Sí, he dormido con tu marido!,
había gritado mi hermana. ¡Tu padre me chupó la sangre del corazón y me tiró a
la basura!, dice mi madre”.
La directora húngara Krisztina Deak llevó la historia al
cine (Aglaja, 110 min., Hungría, 2012) basando el guion en el libro. La
película -¡no tan rápido!- es inhallable en internet, pero en el tráiler de dos
minutos se deja entrever –salvando las distancias de presupuesto y contexto
histórico- un tono que en seguida remite a El laberinto del fauno, al prisma
con que Ofelia observa el mundo, que lo hace su propio mundo, su refugio. Es
que Por qué el niño… es eso, un cuento que es una distracción, un mundo ideado
para sobrellevar el destierro de la infancia. Ese mundo de fantasía, resultado
de su inocencia avasallada, de una necesidad de repliegue sobre sí misma, es
oscuro, y la lleva a elaborar, a la manera del uso que hace del cuento que da
nombre al libro, sus propios artilugios, su propia lógica del alivio: “Siempre
tengo que pensar en la muerte de mi madre, para que no me pille por sorpresa.
Veo cómo se enciende el pelo con las antorchas, cómo se cae ardiendo sobre el
suelo”.
Le llega la pubertad a esta niña; sea por llevar la contra a
su madre, que se empeña en conservarla impoluta, a salvo de los males del mundo
(que para ella son básicamente los hombres), sea porque ya no cree poder seguir
viviendo allí, en ese territorio en el que siempre fue extranjera, avanza, sin
saber bien a dónde, pero avanza: “Nunca me ha tocado un hombre en ese lugar. No
pienso en otra cosa. Quiero que me violen dos al mismo tiempo.” Su vida, ella
misma, parecía estar marcada por estos contrastes, estos sacudones. Dice el escritor
Werner Morlang, amigo personal, en un discurso homenaje que lee a un año de su
muerte: “Ella era desinhibida y tímida, intrépida y aprensiva al mismo tiempo,
como si estuviera siendo perseguida por alguna experiencia crucial de su niñez:
una combinación fatal de fantasías entre ser todopoderoso y sentimientos de
inferioridad”.
Aglaja Veteranyi se quitó la vida ahogándose en el Lago de
Zúrich en febrero de 2002, tenía treintainueve años. Uno entonces se pregunta
si en verdad fue un viaje de más de tres décadas hasta su infancia lo que
Aglaja emprendió para recuperar la voz de aquella niña que fuera, o si la voz
que recupera su historia es la de la niña adulta con la que convivía a diario,
una niña que seguía allí, en sus ojos, en su puño y letra, todavía herida,
todavía sola en el extranjero, una niña que ya no tiene quién la pueda
distraer.
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Autor: Aglaja Veteranyi
Título: Por qué se cuece el niño en la polenta?
Editorial: Lengua de trapo
Año de edición: 2002
Páginas: 183
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