La selección de Scaloni puede sufrir un golpe durísimo, un empate inesperado, un partido que se comienza ganando y que luego se complica, pero como el titanio, no se rompe. Absorbe el impacto, sufre el shock, se asienta y vuelve a acomodarse lentamente sobre su eje. El calor del partido devuelve a los jugadores y cuerpo técnico la mística de ser el campeón mundial en vigencia de su título y como dicen los chicos ahora, hay que respetar los rangos.
Cuando ya no quedaba espacio y las energías tocaban el rojo en la barra del estado físico, Julián Álvarez sacó un bombazo soñado —como el de Maxi a México en 2006, como el del Cani a Nigeria en el 94— y clavó el 2 a 1 en el 107 del tiempo suplementario. Un gol que gritamos todos y todas hasta quedarnos sin voz, porque por fin podíamos quebrar a Suiza.
Costó muchísimo. Demasiado. Después, también en la prórroga, vino el gol del alivio: el de Lautaro Martínez. Para sellar el 3 a 1 final. A festejar, a descansar y a pensar en Inglaterra, el partido "mito", ese que Lionel Messi nunca jugó, ni siquiera en un amistoso. Justo contra Inglaterra se avecina un cruce dificilísimo. Ganarlo, aunque sea 1 a 0 con un gol en contra, sería tan glorioso como épico. Pero esa será otra historia; todavía está muy caliente el partido contra los suizos.
El juego, el partido ya lo vieron y lo saben todo; pronto leerán en los medios especializados sobre los aspectos técnicos y tácticos. Acá solo quiero decir que se sufrió tanto porque no queríamos despedirnos en cuartos; porque nos había tocado el rival que, de haber podido elegir, hubiésemos elegido; porque está buenísimo jugar con el parche dorado, y porque sabemos que el resto del mundo respeta al equipo de Scaloni y admira a Messi.
Pero me escapo de Suiza otra vez, vayamos al próximo miércoles. Con cierto miedo y algo de recelo, me digo que, de los cuatro semifinalistas, Argentina es el menos candidato, que es la selección que más debe mejorar. Pero también sabemos que los partidos hay que jugarlos. Y ese se jugará bajo el aura protectora del otro gran 10 de nuestro fútbol: Diego Armando Maradona.
Post Scriptum: No tengo cábalas; no me gusta quedar rehén de prácticas que, de no darse el resultado, me harían sentir responsable. Pero cuando finalizaba el tiempo regular del partido escuché gritos: no eran claros, pero sonaron como goles que no llegaron. Decidí ponerme los megaauriculares que tengo y puse música a todo volumen. Ya ningún grito invadiría alguna incidencia sobre el partido. ¿Qué canciones elegí? Las que se escuchan en la pausa de hidratación: Titanium de David Guetta (la versión de este mundial) y Livin' On a Prayer de Bon Jovi. No tengo dudas de que para el próximo partido tendré preparados estos auriculares azules y la playlist con estas canciones.
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