Después de visitar a Fer y Ezequiel, dos amigos de una librería hermosísima, una de mis preferidas, de conversar un rato sobre libros, de tomar un rico café y compartir un alfajor premium, tenía que hacer un rato de tiempo para ir a buscar a mi hija menor a su clase de teatro.
Me fui, entonces, al bar al que todos van o quieren ir; un lugar donde, pese a su convocatoria multitudinaria, me siento muy cómodo y contento. Ahí el bullicio es para mí ruido blanco: no me molesta en absoluto. Si me pongo a pensar, voy cada tanto desde hace veinte años. Y si bien nos conocemos con los mozos, no soy de los que ostentan frecuentar el querido lugar.
Varela-Varelita estaba lleno y, aunque se desocuparon varias mesitas, preferí quedarme sentado en una de las dos sillas altas de la barra. Pedí dos empanadas y releí un rato la Historia social de la literatura y el arte II, de Arnold Hauser; específicamente el capítulo "La novela social en Inglaterra y Rusia", con fines preparatorios para el taller del sábado, cuando compartamos lecturas de Fiódor Dostoievski. De fondo, en la pantallaza, el mundial.
La verdad es que no hay nada que me una con Uruguay, pero viéndolo salir al campo de juego no puedo dejar de pensar en la cercanía y el parentesco con ese país, en cómo habrá sido la convivencia antes de la separación definitiva. Me siguen generando curiosidad y fascinación las zonas de frontera: ¿cómo es que de un lado del río es un país y del otro, otro? A veces ese "otro" implica diferencias abismales —la lengua, por ejemplo, si pienso en Uruguayana (Brasil) y Paso de los Libres (Argentina)—, pero con Uruguay se me hace todo más difuso, o parecido.
Vi de reojo el partido, la espectacular atajada de Muslera en la jugada previa al gol de Arabia Saudita. A los quince del segundo tiempo me tuve que ir y, mientras esperaba a mi hija menor, vi en el teléfono el tramo final. Uruguay había empatado y por poco no hace el segundo gol. Pero la nota del partido fue la decisión del árbitro, que lo finalizó abruptamente en pleno contraataque árabe. Malísimo, bochornoso.
Lo que vi del encuentro me transmitió vibes de Argentina vs. Suecia en el mundial de 2002. Parece que esta vez el equipo de Bielsa atacó mucho mejor, y la diferencia es que el empate no trajo aparejada la eliminación.
Más temprano habían jugado España y Cabo Verde. Los africanos resistieron los más de ochocientos pases de uno de los equipos candidatos a ganar el mundial. Al fútbol africano siempre se lo imagina con jugadores tan fuertes como violentos, pero hicieron una sola falta en todo el partido; sí, una sola. Nada. Y defendieron los cien minutos con dignidad y armas nobles. España sin Yamal y Williams tiene mucho menos peso. Quedó demostrado ayer.
No vi Egipto vs. Bélgica, pero noté en la repetición que Romelu Lukaku hizo el gol 23 segundos después de ingresar desde el banco de suplentes (parece que fue en contra pero si no estaba él, no era gol).
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Y a la noche, sin fuerzas en los ojos para seguir leyendo, vi completo Nueva Zelanda vs. Irán, y lo disfruté muchísimo: 2 a 2. No fue un partido de estrellas, pero sí de dos selecciones con ambiciones de ganar.
¿Qué debe sentir el jugador iraní al participar de este mundial, en el país con el que está en guerra? Anoche se los vio jugar y disfrutar. La fiesta en cada gol de ellos me remitió a la película Offside, de Jafar Panahi: Irán se juega la clasificación a un mundial de fútbol y la asistencia de mujeres al estadio está prohibida. Sin embargo, un grupo de chicas que aman el fútbol intentan ingresar disfrazadas de hombres. Contada en clave de comedia, es una película sin golpes bajos; la risa y la esperanza nunca se pierden, aun en las sociedades patriarcales más injustas y rígidas, responsables de un sistema opresivo, especialmente para con las mujeres.
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