Hoy comenzó el Mundial de fútbol organizado por esa megacorporación global llamada FIFA. Un rato antes del partido inaugural entre México y Sudáfrica se vio la "fiesta inaugural". La primera de tres. Las otras dos ocurrirán en Canadá y Estados Unidos, los otros socios de este torneo hipertrofiado: tantos participantes, 48 selecciones donde en la primera fase clasifican casi todos, 32, y quedan eliminados solo 16. ¿La competencia? Bien, gracias. Bienvenidos a la ChiquiTapiaManía del torneo más importante de fútbol.
A estas fiestas de apertura en otra época les quedaba mejor el nombre de ceremonias inaugurales. Eran eventos donde desfilaban deportistas con elásticas coreografías o personas vistiendo ropas tradicionales de sus países. La mejor de todas fue la ya lejana de Italia 90. Allí, Gianna Nannini y Edoardo Bennato marcaron a fuego el himno definitivo de los mundiales con la inolvidable e insuperable “Un’estate italiana”, una pieza producida por Giorgio Moroder (el genio musical italiano creador, entre otras joyas, de “Take My Breath Away” banda de sonido de la película Top Gun). Los que vivimos esa ceremonia no sabíamos que nunca más íbamos a ver algo así. Como se dice ahora “éramos felices y no lo sabíamos”.
Al mundial siguiente, el pop norteamericano y el marketing corporativo, como dijo mi amigo Carlitos, le pusieron los clavos al ataúd del formato “ceremonia inaugural”. El golpe de gracia lo dio Diana Ross cuando, en un gag donde debía patear un penal para "romper" el arco, erró el tiro. El arco, programado para destruirse, se deshizo igual ante la mirada atónita del mundo entero.
No seamos tan injustos: pudo haber cierto entusiasmo con Ricky Martin en Francia 98 o Shakira en Sudáfrica 2010, pero el concepto ya era otro. Artistas globales, homogeneización cultural, todo uniforme, daba lo mismo París, Tokio, Berlín o Johannesburgo: el antropólogo Marc Augé ganó la batalla cultural en la que todos nosotros perdimos y las particularidades de cada país se desvanecieron en el aire de los "no-lugares".
La spotifización de la música, el hit del mundial
Hoy la propuesta fue un compilado de microrecitales. Confieso que me dio cierta alegría escuchar “Oye mi amor” de la ya legendaria y también vetusta Maná; al menos era una banda local tocando fragmentos de un hit en el Azteca (sí, un fragmento, ni asomo un tema completo). Pero después el show mutó en un algoritmo confuso: el venezolano Danny Ocean cantando “Partidazo” (un oxímoron increíble, considerando que Venezuela jamás clasificó a un Mundial); siguió J Balvin (le hubiera quedado mejor cantar “Rojo”); luego Los Ángeles Azules y, para el cierre, una desangelada canción de Shakira que ni de cerca logrará algo de la mística del Waka Waka de 2010.
Un ratito después, vino el fútbol. O algo parecido.
Un partido sin gracia. México hizo lo que tenía que hacer: ganarle a un pobre equipo sudafricano (fue 2 a 0), que antes de los diez minutos regaló un gol insólito. Una jugada calcada al gol que el Boca de Riquelme le regaló a Huracán hace unas semanas por la torneo local. Sí, ya sé: qué tiene que ver Boca con esto. Y tienen razón, pero Boca siempre está en mi cabeza. Ah, y sí, un desastre este semestre; también quedamos eliminados en la fase de grupos de la Libertadores. Úbeda ya no está, vino el Vasco Arruabarrena, pero de eso ahora no me voy a ocupar.
Aniversario de la muerte de Saer
Dijimos que hoy es 11 de junio. Y para quienes leímos a Saer, esta fecha nos lleva al 11 de junio pero de 2005. Hace exactamente veintiún años, moría en París Juan José Saer, uno de los escritores más importantes de la literatura universal. Ya es hora de dejar de circunscribirlo a la geografía nacional o latinoamericana; es hora de que el resto del mundo se ocupe de traducirlo, publicarlo y, sobre todo, leerlo.
Casi todo el mundo repite la famosa sentencia de Beatriz Sarlo en el Coloquio Saer de Santa Fe en 2016: Borges fue el principal escritor argentino de la primera mitad del siglo XX, y Saer el de la segunda.
Pero también Sarlo dijo que cada uno es dueño de su propio canon, y cada uno tiene derecho a confeccionarlo. Animado por esta idea afirmo que Borges es el gran precursor, pero mi canon es otro:
El número uno es Saer. Y el otro número uno es César Aira. No hay dos, no hay segundo puesto. Hay dos números uno en la cima, y Borges es el punto de partida, el origen de ambos.
Del autor nacido en Serodino, son doce narraciones (el término que Saer prefería antes que decir "novelas"), cinco libros de cuentos y uno de poesía: suficientes para leerlos durante toda una vida.
Ni hablemos de los de César, que tiene unos cuántos más. Otro programa, otros procedimientos, pero genio total, también.
Digresión, o no tanto: Saer odiaba el concepto de "público". No es lo mismo ser público que ser lector.
El público es el sujeto a colonizar por el mercado, un consumidor cuyos deseos están alineados a los imperativos de la moda. Si se ponen de moda los policiales nórdicos, las editoriales los fabrican en serie; si la onda es la novela conspirativa, brotan logias secretas manejando el poder desde la Casa Blanca hasta el Kremlin.
El lector y la lectora es otra cosa ¿ya todos saben que leen mucho más las mujeres que los hombres?
Las lecturas y lectores buscan encontrarse con una obra que obedezca únicamente a criterios estéticos y un compromiso ético con el arte. Un programa cuya única finalidad sea vincular la literatura con una sublime experiencia del lenguaje.
Mientras la FIFA nos vende su "público" globalizado en el Estadio Azteca, todos se visten igual, festejan igual, comen pochoclos durante el partido, parecieran sufrir si su equipo va perdiendo pero si lo enfocan las cámaras automáticamente sonríen, le escriben cartulinas a los jugadores con mensajes del tipo "hice mil km para verte, dame tu camiseta", y otras atrocidades similares. Prefiero quedarme del lado de las lectoras. Y con Saer. Siempre con Saer, con Aira, con Kohan, con Gustavo Ferreyra, con Dostoievski, con Gógol, con Vilariño, con Pizarnik, con Claire Keegan, la lista podría ser muy larga.
Tengo sueño, pero antes de irme a dormir, vuelvo al fútbol. Corea del Sur hizo un gol tan lindo que dan ganas de seguir mirando el partido. Lo hizo In-Beom Hwang (usa la camiseta número 6, que entrando en el área rival, enganchó y desparramó en la misma jugada a un defensor y al arquero rival) del empate parcial ante Chequia (ahora me vengo a enterar que no se dice más República Checa, sino “Chequia”; no te pido “Checoslovaquia”, entiendo la geopolítica y sus cambios en las últimas décadas, pero decirle “Chequia” cuesta mucho, de verdad). Bueno, van 1 a 1. Ojalá termine así. Puse ese resultado en el PRODE que estoy jugando...
Ahora Corea hizo el segundo, ganaron 2 a 1. Es hora de dormir. Buenas noches.
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