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domingo, 24 de mayo de 2020

Borges y algunas figuras retóricas: enumeración, metáforas, hipálages y prosopopeyas



En la literatura de Jorge Luis Borges abundan las figuras retóricas. Una de las que más se suelen mencionar en su extensa obra es la Enumeración. 

Ya es un clásico recordar ¡todo! lo que el personaje “Borges” observa cuando desciende al sótano de la casa de Constitución en el cuento que le da el nombre al libro El Aleph (1949), mientras rememora y extraña a Beatriz Viterbo, su gran amor (aunque no correspondido):

“(…) vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino (…)”

En “Eduardo Wilde”, incluido en El idioma de los argentinos (1928), tenemos otro ejemplo:

“(…) los dos quieren lo casero del mundo y son como emperadores de cosas quitas: álbumes, rinconeras, piezas de ajedrez, perillas, óleos muertos de militares muertos, arañas embaladas que son como globos en viaje a la disolución, patios con mínimum angosto de cielo, casas desmanteladas, barriles”.

En el libro Evaristo Carriego (1930), en “Las inscripciones de los carros” podemos leer la siguiente lista de calles:

“La calle pisada puede ser Montes de Oca o Chile o Patricios o Rivera o Valentín Gómez, pero es mejor Las Heras, por lo heterogéneo del tráfico”.

Nuestro último ejemplo de Enumeración es el que vemos es “Vindicación de ‘Bouvard et Pécuchet’”, del volumen Discusión (1932):

“(…) una herencia les permite dejar su empleo y fijarse en el campo, ahí ensayan la agronomía, la jardinería, la fabricación de conservas, la anatomía, la arqueología, la historia, la mnemónica, la literatura, la hidroterapia, el espiritismo, la gimnasia, la pedagogía, la veterinaria, la filosofía y la religión; cada una de estas disciplinas heterogéneas les depara un fracaso”.

***

Borges también utiliza muchísimo las metáforas. Y porque tal vez sea la más fácil de buscar, sólo vamos a citar dos ejemplos. Se caen de maduras de cualquiera de sus libros. Pero veamos al menos esos dos casos.
Primero, nos detenemos en el poema “Calle con almacén rosado”, que pertenece al libro Luna de enfrente (1925):

“Ya se le van los ojos a la noche en cada bocacalle”.

El segundo y último ejemplo de Metáfora lo vamos a ver en El hacedor (1960), en el libro dedicado a Leopoldo Lugones y donde Borges escribió su poema “Mil novecientos veintitantos”:

“La rueda de los astros no es infinita (…), la historia, la indignación, el amor, las muchedumbres como el mar (…)”

***

Ahora es momento de ir a otro tipo de figuras, un poco más jugosas. Una de las figuras retóricas más reconocibles, casi una marca registrada en la obra de Borges es la “hipálage”, que según la RAE consiste en la atribución de un complemento a una palabra distinta de aquella a la que debería referirse lógicamente. Como la definición puede ser algo complicada, qué mejor entonces que recurrir a algunos ejemplos borgeanos.

En uno de los libros más maravillosos de la literatura universal (estamos hablando de Ficciones, editado en 1941), encontramos el siguiente fragmento en el relato “La forma de la espada”:


“Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo”.

En uno de sus cuentos más famosos, tal vez el más importante de todos, (estamos hablando de “El Sur”), vemos otro ejemplo que es bastante ilustrativo:

“Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes que la borrara la noche”.

Dentro de esta figura, no está demás resalta que Borges ha insistido de manera persistente en lo silencioso. En el “La lotería de Babilonia”, podemos ver cómo el autor vuelve sobre esta cualidad para adjudicársela al objeto y no al sujeto:

“En una cámara de bronce, ante el pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río del pánico”.


Un último ejemplo de Hipálages y “silencios”, nos lleva al poema “Los Justos”, incluido en el libro de poesía La cifra (1981):

“Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez”.

Dejemos ya los “silencios” y vayamos hacia “La trama”, un texto brevísimo que forma parte del libro El hacedor (1960), y donde Borges brilla con el uso de la Hipálage:

“Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito”.

En el último párrafo del cuento el “Zahir”, de un libro que ya citamos anteriormente, nos referimos a El Aleph, observamos un ejemplo que grafica notablemente a la hipálage, otorgándole el valor que tiene la palabra “desiertas”, mucho más a las horas y no tanto a las calles. Veamos:

“En las horas desiertas de la noche aún puedo caminar por las calles”.

***

Otra figura retórica que podemos evidenciar y de la que podemos afirmar sin titubear que es una en las que Borges hizo verdaderamente gala es la “prosopopeya”. Antes de avanzar con algunos ejemplos, primero sepamos que la Real Academia Española (RAE) la define como una “Atribución a las cosas inanimadas o abstractas, de acciones y cualidades propias de los seres animados, o a los seres irracionales de las del ser humano”.



Ya sabiendo de qué se trata, fuimos a buscar algunos ejemplos y afortunadamente pudimos encontrar uno en su primer libro publicado, Fervor de Buenos Aires (1923), más exactamente en el poema “Un patio”:

“Con la tarde,

se cansaron los dos o tres colores del patio”.

En el cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”, del libro Ficciones (1941), tenemos un lindo ejemplo de esta figura para referirse a la iluminación generada por un artefacto dispuesto a tal fin:

“Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de sombra”.


También aparece esta figura en otro de sus cuentos más reconocidos, “El atroz redentor Lazarus Morell”, el primero de Historia universal de la infamia (1935):

“Es un río de aguas mulatas. Más de cuatrocientos millones de toneladas de fango insultan anualmente el Golfo de Méjico, descargadas por él”.

Vale decir que no nos íbamos a quedar sin prosopopeyas en la poesía de Borges. A continuación, el inicio del poema “Un sajón”, que forma parte del libro El otro, el mismo (1964):

“La nieve de Nortumbria ha conocido
y ha olvidado la huella de tus pasos
y son innumerables los ocasos
que entre nosotros, gris hermano, han sido”.


Por último, vamos a ver qué nos dice Jorge Luis en “El títere”, sexto poema del libro Para las seis cuerdas (1965):

“Bailarín y jugador,
no sé si chino o mulato,
lo mimaba el conventillo,
que hoy se llama inquilinato”.

***


TRIVIA BORGES



¿Cuál fue para el autor su mejor cuento o uno de los mejores de su propia obra?


§  Funes el memorioso
§  El Aleph
§  Emma Zunz
§  El Sur 

(La respuesta está unas líneas más abajo)































El Sur: en el prólogo de “Artificios”, la segunda parte de Ficciones, Borges dice: “De El Sur, que es acaso mi mejor cuento, básteme prevenir que es posible leerlo como directa narración de hechos novelescos y también de otro modo”.





miércoles, 27 de marzo de 2019

La dialéctica de las víctimas y los victimarios




Si la literatura argentina le debe gran parte de su poder de fuego a la violencia política, basta con pensar en El matadero, Martín Fierro y Facundo (por mencionar sólo tres libros de nuestra época clásica); o en Operación masacre, El niño proletario, Los pichiciegos y Glosa (ejemplos de nuestro pasado más reciente), para comprobar que Las brigadas (Club Hem, 2017) de Ariel Luppino, inevitablemente, viaja hacia ese destino. 

“Las brigadas nos llevaron en camiones cual ganado al matadero".(p.9)

Pero todo libro que se inscribe en una tradición debe agregar algo. Y lo que agrega Luppino es una salvedad, una excepción que volverá el escenario más terrible, por no decir perverso: si antes el mundo se dividía entre buenos y malos, en Las brigadas el paradigma ha cambiado para devenir, simplemente, en víctimas y victimarios. 

Y esto sucede en Las brigadas ya no por las fallas que puedan verificarse en el sistema (en el mundo de la historia), en la racionalidad aplicada al uso de la violencia, sino en su exacerbación misma: el poder ha conseguido aplastar a sus víctimas. Lo hace directamente a través de sus verdugos, meros funcionarios, sin necesidad de mostrar o al menos de querer esconder, su verdadero rostro. Sólo conoceremos a los técnicos del espanto, y no a sus jefes intelectuales.

***

Pero en Las brigadas junto al sumisión y al terror viene acompañada de la risa, la parodia. Esta risa, que no es estéril, que no es burlona, es la que permite que podamos apreciar el lenguaje, los recursos que despliega el autor en su literatura. De otro modo, nos resultaría intolerable.

"¿Qué diferencia hay entre sacarle un huevo a una gallina y cargarse un pollo?" (p.75)

Pensar en esta primera novela de Luppino nos hace rememorar una de las novelas más profundas de César Aira, vaya paradoja, de aparente lectura sencilla y de aparente contenido superficial: Los dos payasos

"No todo van a ser palos -dijo-. Te voy a sacar de este aguantadero de parias y te voy a llevar como cebador de mate al casino de oficiales (...) Y cuidado con que el mate venga lavado -dijo el Milico, entre risas, cuando me presentó en mi nuevo rol frente a la soldadesca. Hubo aplausos para mí". (p. 49-50)

Novelas que, Los dos payasos y Las brigadas, a su vez, nos remite al Michel Foucault y a la arquitectura de las sociedades disciplinarias, del sofocamiento, del encierro, del castigo, de las bondades de la normalización, cuya salida después de atravesar esas puertas dejan secuelas imborrables, y de algunas instituciones como el hospital, la cárcel y la escuela. ¿Recuerdan la escena del hombre controlando con una escopeta que nada se salga de los carriles normales, mientras los obreros "trabajan", arman la jaula y donde todos incluidos el lector, es un mero espectador?

“No respeté ninguna cultura ni ley, porque ambas cosas son inauténticas para el hombre” (p.29)


***

Post Scríptum

Una de las frases más comunes que recorre el mundo de la literatura tiene que ver con aquella que se usa para referirse a un autor que se descubre de manera tardía, "el secreto mejor guardado de la literatura..." Acá podría completarse la frase con los gentilicios que uno desee. 

Esa frase funciona como un atajo, o como una herramienta para deslindar la propia responsabilidad que cada uno tiene como lector por haber descubierto "tarde" algún libro o algún autor. Pero vale decirse que no hay secretos. Hay libros leídos y libros no leídos. Hay un mundo editorial y un mercado editorial. Hay editores y correctores y hay también imprentas. Hay trabajo de prensa y obviamente, pero prefiero redundar a no decir: hay lectores. 

Si los libros no llegan a muchos lados, es cierto que muchas veces ocurre porque no hay dinero ni espacio físico para almacenar o enviar los libros a cualquier lugar. No son baratos los transportes y si no se está en un centro urbano de al menos mediana importancia, los tiempos se extienden tantísimo más. Pero es cierto también que cada día más hay más ferias y encuentros de lecturas, además de las imprescindibles librerías Y ahí hay una oportunidad, La posibilidad  del descubrimiento y de una nueva lectura. Ahí es donde se ve a un lector apostando, como si fuera un casino literario, por un autor ignoto y seguramente todavía sin reseñas, que tendrá la suerte, tal vez, de contar con una seductora contratapa o con datos interesantísimos en sus solapas. Digresión de la digresión: les recomiendo que lean la solapa del primer libro que publicó Juan José Saer cuando era un absoluto desconocido (hacer click aquí). Con un editor que leyó al autor desconocido desde un borrador, que después le haya gustado y encima, con los pesos de su bolsillo, se haya decidido a editarlo y arrojar un nuevo libro al mundo. 

Las brigadas. Todo suyo, lector.

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Libro: Las brigadas
Año: 2017
Páginas: 174
Editorial: Club Hem
Colección: Narrativa Sinfonía Emergente
Editor: Francisco Magallanes
Ciudad: La Plata
Distribución: Malisia Distribuidora





Para leer una entrevista a Ariel Luppino, haga click aquí


















domingo, 6 de enero de 2019

Los libros leídos y (no) leídos de 2018

Como ustedes ya saben, las listas ¡oh, el vértigo de las listas! son tan arbitrarias y tan personales que hasta podrían hablar de quiénes las confeccionan. A pesar de esto, y sobre todo para no dejarlos en el olvido, me animé a dejar apuntados los libros que leí el año pasado y también los que me quedaron pendientes para este 2019.

Esta que les compartiré a continuación, no pretende ser una guía de los libros que deban leer sí o sí antes de morirse y dudo de que les pueda funcionar como un catálogo de recomendaciones. No creo que puedan utilizarlo como "mapa literario" específico del año que acaba de finalizar. Tan solo se trata de compartir con ustedes lo que tanto nos gusta: la lectura.

Antes de pasar al listado de los libros debo anticipar algunas cuestiones: algunos de ellos los leí a finales de 2017 y los terminé en 2018. Por esta razón es que el parámetro “año 2018” no debe tomarse con rigurosidad. Tampoco voy a establecer un ránking de orden desde los libros que más me gustaron a los que menos lo hicieron, ni viceversa; mucho menos voy a tener en cuenta el año de edición de los títulos seleccionados.

Se trata simplemente de ir recordando con la ayuda de mi libreta de anotaciones cada uno de los libros leídos.También van a entrar en este listado libros que leí en otros años pero que, o por placer o por trabajo, volví a encontrarme con sus páginas. Este fue el caso de Autorretrato, de Édouard Levé; de El adversario, de Emmanuel Carrère, o el consagrado Black out, de María Moreno. Uno que siempre releo durante los veranos es uno de los grandes clásicos del siglo pasado de la literatura argentina, Los siete locos, de Roberto Arlt. Otro libro que siempre está al alcance de mis manos es La ciudad y las leyes, de Cornelius Castoriadis.

Para hacer justicia poética y literaria, debería escribir también una nota con los libros que tengo en mi biblioteca y que aún no leí. De sólo repasar algunos nombres que me figuran en la columna de pendientes las pulsaciones se me suben a mil: prometí cumplir con 4 3 2 1, de Paul Auster y ahí está, impoluto en la biblioteca; El mapa y el territorio, de Michel Houllebecq es un libro que compré dos veces y las dos veces lo regalé sin haber pasado una página.

Una deuda histórica que todavía no (me) saldé es la que tengo con Fiódor Dostoievski y Los hermanos Karámazov (mientras escribo esto quiero morirme); todavía no terminé de leer Panfleto, el nuevo libro de María Moreno; uno de los que sí debería leer es el volumen cinco del noruego Karl Ove Knausgård titulado Tiene que llover, porque durante este 2019 vendrá el sexto y último volumen de Mi lucha.

El libro que me gustó mucho y no pude terminar sólo porque se me vino el año encima es el monumental Libro de los mártires americanos, de Joyce Carol Oates. Vuelvo a nombrar a Carrère y es para recordarme dos de sus libros que quisiera leer: el ensayo biográfico sobre Philip  K. Dick Yo estoy vivo y vosotros estáis muerto y Limónov. Cuentos de hadas de Nueva York, J. P. Donleavy, es otro de los que esperan en la mesa de luz para ser terminado. Lo que leí de Teoría y práctica, de Francisco Bitar me pareció más que bueno; por eso, es otro de los títulos que voy a leer al cien por ciento. Por último, la editorial independiente Corregidor publicó a fines del año pasado las Intervenciones, de Eduardo Lalo, y su última novela, Historia de Yuké.

De filosofía, dos libros me quedaron sin terminar, y ambos son de Franco Berardi (Bifo): La sublevación, y La fenomenología del fin. Ah, me permito nombrar uno más: la biografía de Cornelius Castoriadis que fue escrita por Francois Dosse y publicada por Cuenco de plata, también en 2018.

Pero mejor terminar ahora mismo con esta "lista negra” acá y volver a los libros que sí leí en el todavía cercano 2018 y que lentamente comenzamos a dejar atrás:

  • Poemas de amor, Idea Vilariño, Lumen
  • Fiebre en las gradas, Nick Hornby, Anagrama
  • Un filósofo, César Aira, Iván Rosado
  • La dimensión desconocida, Nona Fernández, Literatura Random House
  • César Aira, un catálogo, Ricardo Straface, Mansalva
  • Cuentos completos, Rodolfo Enrique Fogwill, Alfaguara
  • La casa de los conejos, Laura Alcoba, Edhasa
  • La historia de las marcas deportivas, Eugenio Palópoli, Blatt & Ríos
  • Los espantos, Silvia Schwarzböck, Cuarenta ríos
  • El caos, J. Rodolfo Wilcock, La bestia equilátera
  • Por qué se cuece el niño en la polenta, Agladja Veteranyi, Pelota de trapo
  • Oración, María Moreno, Literatura Random House
  • Un séptimo hombre, John Berger, Interzona
  • 78. Una historia oral del mundial, Martín Bauso, Sudamericana
  • 1917, Martín Kohan, Ediciones Godot
  • Summa technologiaie, Stanislaw Lem, Ediciones Godot
  • Suicidio, Edouard Levé, Eterna Cadencia
  • Por qué volvías cada verano, Belén López Peiró, Madreselva


  • Evasión y otros ensayos, César Aira, Literatura Random House
  • El último Maradona, Andrés Burgo y Alejandro Wall, Aguilar
  • Deslinde, Debret Viana, Hojas del Sur
  • La luz negra, María Gainza, Anagrama
  • A medio borrar (antología), Juan José Saer, Booket
  • La convención, Débora Mundani, Corregidor
  • Knockemstiff, Donald Ray Pollock, Literatura Random House
  • Capitalismo de plataformas, Nick Srnicek, Caja Negra
  • Desarticulaciones, Sylvia Molloy, Eterna Cadencia
  • El hijo judío, Daniel Guebel, Literatura Random House
  • Una aventura, César Aira, Mansalva
  • Hospital Francés, Daniel Gigena, Caleta Olivia
  • Nada de nada, Hanif Kureishi, Anagrama
  • Cerrado por fútbol, Eduardo Galeano, Siglo XXI
  • Los peregrinos del fin del mundo, Gustavo Ferreyra, Alfaguara
  • Camanchaca, Diego Zúñiga, Literatura Random House
  • 1988. El fin de la ilusión, Martín Zariello, Sudamericana
  • Cien películas que me abrieron la cabeza, Nicolás Amelio Ortiz, Altea























  • Pequeña flor, Iosi Havilio, Literatura Random House
  • Mi libro enterrado, Mauro Libertella, Literatura Random House
  • Para que exista esa isla, Julieta Lopérgolo, Postales japonesas
  • Fall River. Trece cuentos no reunidos, John Cheever, Ediciones Godot
  • La utilidad del odio, Nicolás Mavrakis, Letra sudaca
  • Lo que está y no se usa nos fulminará, Patricio Pron, Literatura Random House
  • El año del desierto, Pedro Mairal, Emecé
  • ¿Por qué?, José Natanson, Siglo XXI
  • EL cuento de la criada, Margaret Atwood, Salamandra
  • Roland Barthes por Roland Barthes, Roland Barthes, Eterna Cadencia
  • Prins, César Aira, Literatura Random House
  • Teoría King Kong, Virginie Despentes, Literatura Random House
  • El libro de Tamar, Tamara Kamenzain, Eterna Cadencia
  • Diez días en Re, Sergio Bizzio, Literatura Random House
  • República luminosa, Andrés Barba, Anagrama
  • Psicopolítica, Byung Chul-Han, Herder
  • Estrella distante – novela gráfica.-, Roberto Bolaño. Javier Fernández y Fanny Marín, Random Cómics
  • Magnetizado, Carlos Busqued, Anagrama

  • La guerra de las mariconas, Copi, Cuenco de plata
  • El gran misterio, César Aira, Blatt & Ríos
  • Los invisibles, Lucía Puenzo, Tusquets
  • Puerto Belgrano, Juan Terranova, Literatura Random House
  • Ministerio de Desarrollo Social, Martín Rodríguez, Mansalva
  • Los topos, Félix Bruzzone, Literatura Random House
  • Operación Sinatra, Diego Mancusi y Sebastián Grandi, Aguilar
  • El tano. Daniel Angelici, Ignacio Damiani y Julián Maradeo, Ediciones B
  • A la santidad del jugador de juegos de azar, Héctor Libertella, Mansalva
  • La danza de las araña, Laura Alcoba, Anagrama
  • Los mejores días, Magalí Etchebarne, Tenemos las máquinas
  • Siempre empuja todo, Salvador Biedma, Eterna Cadencia
  • Kentukis, Samanta Schweblin, Literatura Random House
  • El hombre que corrompió a Hadleybourg, Stevenson, Corregidor
  • Pornosonetos, Pedro Mairal, Emecé
  • Space Invaders, Nona Fernández, Eterna Cadencia
  • Entre ellos, Richard Ford, Anagrama
  • Maestros, Liliana Villanueva, Ediciones Godot
  • El azul de las abejas, Laura Alcoba, Edhasa
  • La ilusión de los mamíferos, Julián López, Literatura Random House
  • El lugar de la herida, Carolina Riccio, Caleta Olivia


Relecturas

  • Autorretrato, Edourard Levé, Eterna Cadencia
  • El adversario, Emmanuel Carrere, Anagrama
  • Salón de belleza, Mario Bellatin, Alfaguara
  • Juan José Saer. Una forma más real que la del mundo, Martín Prieto (comp.), Mansalva
  • Bajo este sol tremendo, Carlos Busqued, Anagrama
  • La divina comedia, Dante Alighieri, Edhasa
  • El conserje y la eternidad, Ricardo Romero, Alfaguara
  • Los siete locos, Roberto Arlt, Clarín









lunes, 3 de septiembre de 2018

Librería

"La biblioteca", Jacob Lawrence 


La librería definida como un espacio dedicado a la comercialización de libros es tan insuficiente como precaria. Hoy prefiero decir (sentir) que es el lugar en el que podemos escaparnos de esta realidad delicada y no menos dolorosa. Y por supuesto, muchas cosas más.


Cuando digo “escaparnos” no lo hago en términos de negación de nuestra contemporaneidad, sino a modo de poder sentir plenamente la curiosidad ante lo desconocido, de conocer nuevos mundos a partir de la escritura, pero también contar con la posibilidad de escuchar una recomendación, de comenzar un diálogo con el librero (que son lectores), o con otras personas lectoras, otros clientes.

Es lindo ir a una librería para hojear las páginas del ejemplar de un autor que no conocemos tanto o que directamente no conocemos. 

Es en ese espacio donde volvemos a encontrarnos con libros que ya leímos. Y nos alegramos de verlos "vivos", exhibidos en una mesa o disponible en la estantería de una biblioteca.

¿O acaso no es gratificante ver un libro que nos gustó mucho al alcance de la mano de otra persona, a la que le deseamos poder encantarse con ese texto que nos fascinó?

Es mirar cada portada de cada mesa, leer contratapas, averiguar quién es el traductor del contenido en la lengua original. Es sorprenderse cuando los “clásicos” cambian sus portadas o aparecen nuevos diseños.

Es el placer de leer sin que nadie te moleste. ¿O acaso en una casa de electrodomésticos los chicos se pueden quedar jugando con una playstation todo el tiempo que quieran? ¿O los dejan quedarse con la ropa puesta que se probaron durante media hora, una, o dos?

Es en la librería donde me siento feliz. Y tanto es así que me doy cuenta de esto cuando ya no estoy allí.












sábado, 16 de junio de 2018

Argentina empató con Islandia y se encienden las alarmas

Fecha 1: Argentina 1 vs. Islandia 1 

Argentina debutó en el Mundial de fútbol Rusia 2018 e igualó 1 a 1 con Islandia, en el primer partido del grupo D. 
Los goles los convirtieron Sergio Agüero ('18 PT) y de Alfred Finnbogason, cinco minutos después. El arquero Hannes Halldorsson le detuvo un penal a Lionel Messi ('18 ST). El equipo dirigido por Jorge Sampaoli fue dominador del encuentro pero sin doblegar a la defensa nórdica, que se defendió con inteligencia y solidez. Los tres puntos que se contaban "en los papeles" se transformaron en uno y el partido del próximo jueves ante Croacia (juega hoy a las 16 hs. contra Nigeria) será con estatus de final. 
La última vez que Argentina debutó sin victoria fue aquella derrota inesperada de Milán ante Camerún (0-1), en el campeonato mundial Italia '90. A continuación, el boletín de calificaciones de los jugadores argentinos: 

Caballero (4): no termina de convencer. En el gol  sacó la pelota que tenía destino de red pero el rebote quedó servido para la conquista de Halldorsson. En la segunda pelota, siempre tienen mayor responsabilidad los defensores. Complicada la salida con Rojo, aunque después la despeja, que casi se convierte en gol islandés.

Salvio (5): algunas buenas excursiones al ataque que terminaron en pase atrás que nadie pudo capitalizar. Se mostró siempre a disposición de Messi y Meza. En el retroceso algo desprolijo, además de dejar flancos abiertos en su sector. 

Otamendi (5): partido aceptable. Sacó mucho por arriba. No pudo sacar la pelota tras el rebote que deja Caballero en el gol islandés.

Rojo (4)
: corrió un riesgo innecesario al devolverle la pelota a Caballero en una salida de arco. Con el correr de los minutos se fue acomodando.

Tagliafico (6)
: correcto en la defensa y buenas proyecciones. No le pesó el debut en el mundial.

Meza (5): aceptable debut. Despuérs del gol de Islandia decayó su nivel. Siempre se mostró a disposición para el juego creativo. A él hicieron el penal. En el segundo tiempo le faltó más intensidad.

Mascherano (6): siempre rinde. Bien ubicado y lúcido para pasar el balón.

Biglia (4)
: pareciera no al estar ciento por ciento de su capacidad física. Erró muchos pases. Cuando quedó por delante de la línea de la pelota no gravitó. De hecho, no es su principal tarea. Error no forzado del técnico Jorge Sampaoli. 

Di María (3): Buenos movimientos durante los primeros treinta minutos generando espacios para la subida de Tagliafico y para el desenvolvimiento de Messi pese a no ser decisivo en el juego. Después del empate islandés, su juego se diluyó totalmente. Muy difícil que se luzca ante equipos que se cierran muy bien en defensa.

Messi (5): erró el penal y eso le resta puntos. Si lo pateó bien o mal es una discusión menor. Todo penal no convertido automáticamente se considera una mala ejecución. No tuvo precisión en los tiros libres aunque los lugares desde donde le tocó ejecutar, siempre fueron muy lejanos. La pidió siempre y buscó sociedades, que no se terminaron de conformar. No se borró. Lo marcaron bien.

Agüero (6): el resultado opaca la percepción de lo que fue su juego. Se pareció al Agüero del Manchester City. Se generó el espacio muchas veces. Apoyó a sus compañeros recibiendo y devolviendo de espaldas al arco. Convirtió su primer gol mundialista -un golazo-. Por supuesto, tiene mucho más para dar.

Ingresaron: 

'53 Banega (4) por Biglia: filtró un buen pase y no mucho más. No mejoró el equipo con su ingreso.

'74 Pavón (6) por Di María: le hicieron un penal que el árbitro no sancionó. Desbordó con peligrosidad dos veces más. Fue quién mejor interpretó lo que Messi necesitaba. Debía ingresar antes. Otro error no forzado del entrenador argentino.

'83 Higuaín (x) por Meza: no se lo puede calificar ya que jugó siete minutos más los cinco de adición.


Con suma rigurosidad y disclipina táctica, así marcaron los islandeses a  Lionel Messi





sábado, 20 de enero de 2018

Julián Mola: Los lectores y los libros

Aproximadamente, ¿cuántos libros leíste en 2018?

Como la mayoría de los lectores, no tengo idea, no llevo un diario de lecturas y, como la mayoría, tengo planificado hacerlo. Este año descansé un poco -un poco- de la ficción, le dediqué más tiempo a la teoría (Berardi, Byung-Chul Han, ¡obviamente!, Agamben) y la no ficción (ensayos literarios, históricos, crónicas). Suelo leer, en promedio, un libro por semana, aunque siempre leo dos o tres a la vez. Algunos ensayos demandan más tiempo, calculo que el año pasado habré leído unos cuarenta completos. Y abandoné, especialmente ficciones, ya sin las contemplaciones de épocas pasadas, otros cuarenta o más en las primeras 20/30 páginas.



¿Cuáles fueron tus lecturas preferidas de este año?

Fenomenología del fin, F. Berardi.
Filosofía del budismo zen, Byung-Chul Han.
Austerlitz, W. Sebald.
Autorretrato, E. Levé.
Las aventuras de la china Iron, Gabriela Cabezón Cámara.
El artista más grande del mundo, Juan José Becerra.
Una vida absolutamente maravillosa y Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas.
La tierra elegida, Juan Forn.
Plano americano, Leila Guerriero.
Volverse Palestina, Lina Meruane.
Chicas muertas, Selva Almada.
La historia de las marcas deportivas, Eugenio Palopoli.


¿Cuál fue el libro o el autor que “descubriste” durante este año de lecturas?

A Enrique Vila-Matas, que combina genialmente erudición, experiencias y buena prosa para escribir crónicas, ensayos, o para construir ficción a partir de la vida de infinidad de escritores y otros artistas. A los dos antes mencionados sumo, y recomiendo también, Historia abreviada de la literatura portátil. Y a Eduardo Lalo, a quien ya había leído (su novela Simone), pero este año completé la “trilogía de la invisibilidad”, con La inutilidad y Los países invisibles. Valen la pena.


¿Cuáles son tus autores preferidos?

Lo primero que se me viene a la cabeza es hacer una distinción entre los terrenales (contemporáneos, vivos) y los no (los olímpicos). Pero en detrimento de los terrenales no la voy a hacer. Siempre tuve fuerte predilección por aquellos que escriben o escribieron en español (ficción), por obvias razones relacionadas con las traducciones (no la calidad de la traducción, la pérdida que sufre un texto reprocesado en otro idioma, de la que ya tanto se ha hablado y escrito).

Di Benedetto, Conti, Saer, Artlt, Borges, Marechal, Piglia, Walsh, Bayer, Onetti, Bolaño, Quiroga, Rulfo, García Márquez, Kafka, Dostoievski, (aunque no sepa ni alemán ni ruso), Vonnegut, Shakespeare, Pinter, Pessoa. Está bien: Martín Kohan, Patricio Pron, Hernán Ronsino, Selva Almada, de los contemporáneos.

Confieso que no menciono algunos escritores porque he leído solo dos o tres títulos y, aunque me parecieron fantásticos, creo debería leer más de su obra para incluirlos. Por caso: Sebald, Céline o Echenoz (Sobre la historia natural de la destrucción, Viaje al fin de la noche y Correr, respectivamente, me parecen lecturas obligadas). O los casos muy particulares de Rafael Pinedo, Jorge Baron Biza, Edouard Levé, o John Kennedy Toole, que tienen solo un par de títulos pero magistrales.


¿Cuáles son los diez libros que todos deberíamos leer?


Ojalá fueran solo diez. Me remito a la pregunta anterior, dando prioridad a los escritores latinoamericanos, para ser más o menos consistente (y elijo un título de cada uno pero podrían ser varios, o toda su obra):

Zama, Antonio Di Benedetto
Mascaró, el cazador americano, Haroldo Conti
La grande, Juan José Saer
Los siete locos, Roberto Arlt
El Aleph, J. L. Borges
La patagonia rebelde, Osvaldo Bayer
Operación masacre, Rodolfo Walsh
Cuentos completos, Horacio Quiroga
La vida breve, Juan Carlos Onetti
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

Quedan muchísimos afuera (mastodontes como Adán Buenosayres, 2666 o Yo, el supremo, que se leen con placer a pesar de su extensión), pero creo que sería un buen comienzo para quien quiera un compendio de las grandes obras que se han escrito en español.


¿Cuál es el libro clásico que no leíste y que te juras leer algún día?

Varios, porque nunca fui fanático de los clásicos (el temita de las traducciones). Ulises, pero lo tengo ahí, como el vino carísimo que guardás para una ocasión especial. En similar situación está Moby Dick. Distinto es el caso de la Odisea, o el Quijote, que los veo más como la visita a un pariente que mira TN.


¿Cuál es el libro, considerado “canónico” que no pudiste disfrutar, o dicho más fácilmente, que no te gustó?


En busca del tiempo perdido. Dejé Del lado de Swann (o Por el camino de Swann, o Por la parte de Swann, o como se llame) en la página 250 y pico. Está muy bien, pero lo agarré unos años tarde, había leído mucha literatura que remitía al universo proustiano, esas odas a la remembranza, y me cansó. Lo terminaré (el primer volumen).


En 2018 la Svenska Akademien (Academia Sueca) no entregó el Premio Nobel de Literatura. Si dependiera de vos, ¿a quién se lo hubieras otorgado?

Si se lo dieron a Bob Dylan, el Oscar al mejor escritor se lo daría sin dudas al Indio Solari, a quien el acervo cultural y literario argentino adeuda muchísimo.


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Julián Mola es ingeniero, docente y dramaturgo. Algunas de sus obras recibieron premios nacionales y participaron de distintas selecciones: Premio Nacional “Aplausos para la inclusión”, Ministerio de Desarrollo Social de la Nación 2012, Teatro x la identidad 2012, Premio Nacional “Nuestro teatro”, homenaje a Teatro Abierto, Secretaría de Cultura de la Nación 2013. En Instagram es @status_lux








jueves, 21 de diciembre de 2017

Aglaja Veteranyi: "Por qué se cuece el niño en la polenta"

Por Julián Mola

“El dictador prohibió a Dios”. Hasta la fe prohibió Nicolae Ceauşescu, que había llegado al gobierno de la por entonces República Socialista de Rumania a mediados de los sesenta. Terminada la Segunda Guerra, como tantos otros países del este europeo, Rumania quedó bajo la órbita de la URSS; satélites a los que se les impuso el comunismo con el fin de evitar reincidencias políticas e ideológicas. O eso se dijo. En Rumania tampoco funcionó del todo bien, Ceauşescu sería ejecutado en 1989 bajo el cargo de genocidio.

“El dictador cerró Rumania con alambre de púas”. Muchos fueron los que arriesgaron su vida para huir de la escasez y los excesos hacia el oeste democrático, el occidente del libre comercio. Eso hizo Alexandrus Veteranyi, huir del régimen con sus dos pequeñas hijas, su esposa y la caja completa del Circo Estatal de Rumania. Se proponían dejar atrás las privaciones, el autoritarismo y, por qué no, el anonimato; pensaban hacer, entre otras cosas, de su hija menor Aglaja una estrella de Hollywood.

Veteranyi fue artista circense, payaso, actor y aficionado a filmar cantidad de películas caseras que nunca tuvieron destino alguno. Estos menesteres lo llevaron a recorrer Europa, África, pasar por los Estados Unidos y terminar recalando en Argentina a mediados de los ochenta. Finalmente, Tandarica, tal su nombre artístico, alcanzó su anhelada fama con aquel recordado personaje de mozo torpe, que adeudaba no poco a Chaplin. Participaría en cantidad de películas y programas de TV hasta su muerte, en Buenos Aires, en 1995. Muy atrás, muy lejos, habían quedado su mujer, sus hijas y el circo. Aglaja, con apenas quince años, había escapado a Suiza en solitario. Allí se estableció y, sin haber recibido una educación formal, casi analfabeta, se vinculó al ambiente artístico y acabó siendo una reconocida actriz, docente y escritora que dominaba el alemán, el rumano y el español. Fundó un grupo literario y un grupo teatral, escribió narrativa, obras de teatro, poemas, y diversos textos para diarios y revistas. En su primera novela –única editada en vida- Por qué se cuece el niño en la polenta, Aglaja reconstruye –o recupera- la voz de la niña que fue para contar, con la sinceridad despiadada de un niño, la historia autobiográfica de su infancia, el derrotero geográfico, social y emocional de unos primeros años que revelan las marcas de su origen, los anclajes y, seguramente, las decisiones de la Aglaja mujer.

A golpe de oraciones simples, concisas, incluso con páginas enteras reservadas a una sola frase, una tras otra caen las imágenes, las metonimias de la escritora condensan todo cuanto caló hondo en su persona y necesita ser liberado, sin pudores: el régimen rumano (“El dictador es zapatero de profesión, ha comprado sus diplomas en la escuela. No sabe ni escribir ni leer, dice mi madre, es más tonto que una tapia. Pero una tapia no mata, dice mi padre”), la huida y sus consecuencias (“Desde nuestra fuga torturan al tío Petru en la cárcel y al tío Nicu lo mataron a palos delante de la puerta de su casa”), la pobreza omnipresente (“En mi tierra hacer cola es una profesión”), la imagen de su padre, las expectativas de una madre desbordada, la relación con su hermana y su tía, y el diario devenir de una troupe nómada de artistas fugitivos.

Aglaja tiene cinco años cuando comienza la narración, es el momento en que todo en su vida comienza a ser extranjero (“El circo siempre está en el extranjero”), palabra que marcó su vida, que resume su condición de expulsada, del que ocupa un lugar que no es el suyo; el extranjero (como lugar, donde ella vivió desde que recuerde), los extranjeros (que eran ellos, en todos lados, su condición de exiliada, de nómada, de fugitiva siempre a punto de ser deportada: “No podemos volver nunca, está prohibido”), la extranjera (que decidió seguir siendo, ella, adoptando a Suiza como país de residencia y el alemán como lengua; “la patria es la lengua”, dijo Adorno).

Por qué el niño se cuece en la polenta cuenta el desarraigo de un país, de un origen, pero, sobre todo, el de una infancia; arrastrada a una tierra de adultos, el comienzo de su vida iba a transcurrir lejos de los límites de la niñez. Es un libro –una vida- de contrastes, porque se parte de un recurso –la niña que narra- que no deja margen a otra cosa, porque lo que narra es violencia, y emociones que poco tienen que ver con la niñez. El miedo, no producto de una fantasía de acecho sino el miedo a una amenaza real, esa emoción de la que se procura resguardar al niño, en Aglaja es cosa de todos los días, como la rutina del circo:

“En la cama no paro de pensar que mi madre ahora está colgada del pelo. Mi hermana tiene que inventarse cosas cada vez más crueles para el niño en la polenta”.

Su hermana, para mantenerla entretenida y así no padecer el miedo de ver caer a la muerte a su madre trapecista, le cuenta, una y otra vez, el cuento popular rumano ¿Por qué se cuece el niño en la polenta? (nunca se aclara, pero el cuento sería “apenas” eso, una imagen, la de un niño que hierve en una olla de polenta; no tiene texto ni moraleja, es solo un título disparador para ser desarrollado a gusto del narrador o del oyente), el artilugio es tapar el horror con horror –desviar la mirada del horror para mirar otro horror-. No mirar allí, donde más duele, mejor mira allá; es una evasión instintiva la que practica a diario, se hace fuerte en lo que nadie le ha podido ni le podrá quitar, resiste como puede en su imaginación, y así crece.

Lo particular, entonces, no es el recurso en sí mismo, lo particular, lo auténtico, es su historia, tramada de puros contrastes entre lo que se supone debe ser y la realidad, una realidad que a Aglaja le toca vivenciar desde muy temprano, aunque siquiera logre comprenderla del todo: el entrañable Tandarica se descubre como quien “… pega a mi madre y con una cuchilla de afeitar corta las prendas de su vestuario en pedacitos y dice: ¡Hoy te dejo caer de la cúpula!”, las bondades de la Europa occidental resultan en “¡Vaya paraíso! ¡Aquí los perros son más importantes que las personas! ¡Si escribo a mi familia que los estantes en la tienda están llenos de comida para perros, creen que me he vuelto loca!”, la festiva vida circense esconde que “A Lidia Giga, la domadora, la hizo pedazos el león que ella misma había criado con un biberón. Al hombre encadenado se le partió la cuerda ardiendo, se cayó de cabeza”, la familia es “mi madre pegó a mi hermana, se cayó contra un cristal de una ventana y se cortó las venas. ¡Sí, he dormido con tu marido!, había gritado mi hermana. ¡Tu padre me chupó la sangre del corazón y me tiró a la basura!, dice mi madre”.

La directora húngara Krisztina Deak llevó la historia al cine (Aglaja, 110 min., Hungría, 2012) basando el guion en el libro. La película -¡no tan rápido!- es inhallable en internet, pero en el tráiler de dos minutos se deja entrever –salvando las distancias de presupuesto y contexto histórico- un tono que en seguida remite a El laberinto del fauno, al prisma con que Ofelia observa el mundo, que lo hace su propio mundo, su refugio. Es que Por qué el niño… es eso, un cuento que es una distracción, un mundo ideado para sobrellevar el destierro de la infancia. Ese mundo de fantasía, resultado de su inocencia avasallada, de una necesidad de repliegue sobre sí misma, es oscuro, y la lleva a elaborar, a la manera del uso que hace del cuento que da nombre al libro, sus propios artilugios, su propia lógica del alivio: “Siempre tengo que pensar en la muerte de mi madre, para que no me pille por sorpresa. Veo cómo se enciende el pelo con las antorchas, cómo se cae ardiendo sobre el suelo”.



Le llega la pubertad a esta niña; sea por llevar la contra a su madre, que se empeña en conservarla impoluta, a salvo de los males del mundo (que para ella son básicamente los hombres), sea porque ya no cree poder seguir viviendo allí, en ese territorio en el que siempre fue extranjera, avanza, sin saber bien a dónde, pero avanza: “Nunca me ha tocado un hombre en ese lugar. No pienso en otra cosa. Quiero que me violen dos al mismo tiempo.” Su vida, ella misma, parecía estar marcada por estos contrastes, estos sacudones. Dice el escritor Werner Morlang, amigo personal, en un discurso homenaje que lee a un año de su muerte: “Ella era desinhibida y tímida, intrépida y aprensiva al mismo tiempo, como si estuviera siendo perseguida por alguna experiencia crucial de su niñez: una combinación fatal de fantasías entre ser todopoderoso y sentimientos de inferioridad”.

Aglaja Veteranyi se quitó la vida ahogándose en el Lago de Zúrich en febrero de 2002, tenía treintainueve años. Uno entonces se pregunta si en verdad fue un viaje de más de tres décadas hasta su infancia lo que Aglaja emprendió para recuperar la voz de aquella niña que fuera, o si la voz que recupera su historia es la de la niña adulta con la que convivía a diario, una niña que seguía allí, en sus ojos, en su puño y letra, todavía herida, todavía sola en el extranjero, una niña que ya no tiene quién la pueda distraer.
 

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 Ficha técnica

Autor: Aglaja Veteranyi
Título: Por qué se cuece el niño en la polenta?
Editorial: Lengua de trapo
Año de edición: 2002
Páginas: 183




jueves, 6 de julio de 2017

Cortázar. Walsh. Agamben. Una breve historia de los tres libros que más me costó comprar

Cuentos completos /2, de Julio Cortázar; Textos de y sobre Rodolfo Walsh, de Jorge Lafforgue (comp.) y Lo que queda de Auschwitz, de Giorgio Agamben.

A partir de una consigna que circuló hace unos días en las redes sociales y que consistía en elegir cuatro libros favoritos* se me dio por pensar en una situación no sé si parecida pero sí motivada por aquella. Recordé algunos libros, tres para ser más exacto, que por algún motivo implicó un esfuerzo importante poder adquirirlos. Esto no tiene que ver solamente con el precio de los libros, sino también con las distintas situaciones que atravesaba por aquellos años, en la ya algo lejana década del 2000.

Cuentos completos /2, de Julio Cortázar

Hace más de quince años, tal vez veinte, no había libro que deseara más que los Cuentos completos de Julio Cortázar, editados por Alfaguara. Estaba enamorado de esos libros que por aquel entonces me parecían de tamaño gigante (15x23 cm). Esa edición estaba agotada; no se conseguía el tomo 1 y el tomo 2 por ningún lado. Víctima del fetichismo, eso hizo que cuando viera alguno de los dos tomos no dudase en comprarlos, siempre y cuando tenga la plata.

Fue una mañana de lunes que salí a hacer un trámite por el microcentro porteño y de casualidad, mientras caminaba por la calle Suipacha en dirección a avenida Córdoba, apenas cruzando la peatonal Lavalle, se me dio por mirar la vidriera de la librería Casares, una de las más emblemáticas del libro antiguo y de referencia para primeras ediciones. Impoluto y brillante, estaba  ahí el tomo 2. Entré, pregunté el precio y dicho ejemplar costaba el valor de del único billete que tenía en ese momento y que me debía durar para comer y viajar toda la semana, incluido el fin de semana venidero. Debo confesar que dudé un instante pero finalmente compré el libro y me encerré toda la semana leyendo (y releyendo) el libro de quinientas páginas.

Sin ánimo de caer en los golpes bajos, sí recuerdo que eran momentos muy complicados del país; eran tiempos de colas de cuadra y media para intentar conseguir un empleo apenas decente. El mío tenía su gracia: revelaba fotos ¡las cosas que vi! pero mi situación laboral era bastante precaria. No tenía los beneficios sociales indispensables: cero aportes previsionales, sin obra social, sin aguinaldo y en negro. La paga estaba bien si había trabajo pero cuando no había, no alcanzaba para nada.

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Textos de y sobre Rodolfo Walsh, de Jorge Lafforgue

En este libro publicado por Alianza podemos encontrar textos valiosísimos en referencia al autor de la "Carta Abierta a la junta militar". Escritores de la talla de David Viñas, Horacio Verbitsky, Pablo Alabarces, Rodolgo García Lupo, Eduardo Galeano y Martín Kohan, entre otros, escribieron sobre vida y obra de Rodolfo Walsh, tal como indica el título. Ese libro era (y es) una verdadera reliquia. De hecho, hasta hoy, no se volvió a editar.

En la primera hoja figura un precio escrito en lápiz: $25. No recuerdo el año pero sí sé que me costó mucho dar con este libro. Lo venía buscando por muchas librerías y distribuidoras. Todavía mercado libre no era una opción de consulta muy utilizada.

Dejada de lado la búsqueda en librerías, la misión consistía en recorrer las ferias y plazas donde se vendían libros usados. Así fue cómo lo conseguí una fría tarde de invierno, revisando libro por libro, en cada uno de los puestos del Parque Rivadavia.

Había dicho que no recordaba el año pero fue posterior a los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en Avellaneda, y la posterior salida del gobierno provisorio ejercido por Eduardo Duhalde. Eran los primeros años que cursaba en la facultad cuando leí de manera casi *completa la obra de Rodolfo Walsh.

* Años después iba a conseguir en la Feria del Libro de Buenos Aires las piezas teatrales La granada y La batalla, que volvió a editar De la Flor; recién ahí si pude completar la lectura de la obra completa de Rodolfo Walsh.

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Lo que queda de Auschwitz, de Giorgio Agamben

Conocí al autor y al libro en la facultad, cuando cursé una materia que se llamaba Seminario de Informática y Sociedad de la carrera de Ciencias de la Comunicación Social (UBA) y que se ocupaba de cuestiones mucho más interesantes e importantes de la que su título infería.

Mi profesora era una de las docentes que más admiré durante mi tránsito por la facultad: Flavia Costa. Por aquel entonces, esa cátedra ya tenía publicada una de las mejores revistas sobre la cuestión de la Técnica que se llamaba Artefacto, y que cada tanto sigue saliendo algún número.

Internet no era todavía ni por asomo lo que es hoy; el concepto de redes, de 2.0 y afines eran todavía conceptos bastante abstractos; el concepto "biopolítica" recién comenzaba a pronunciarse en los suplementos culturales de los diarios masivos. En esta materia que dirigía el filósofo Cristian Ferrer (y que creo todavía dirige) a estas cuestiones, ya "le habían dado vuelta la media".

En esas clases leí por primera vez al filósofo italiano Giorgio Agamben y si bien habíamos tenido que leer algunos capítulos y no el libro entero, las ganas de leer Lo que queda... de manera completa y sin el apuro de tener que llegar a tiempo con la lectura para la clase, me quedó inoculada desde esos momentos.

Lo que queda de Auschwitz era un libro que costaba sus buenos pesos porque era importado. Los traía de España la editorial Manantial, distribuidor por aquel entonces del prestigioso catálogo que editaba Pre-Textos.

Al momento de la compra no tenía problemas con el dinero pero aún así recuerdo que su precio causaba poco menos que dolor. Igual no lo pensé mucho: cerré los ojos y lo compré.

En aquel momento había cobrado la liquidación final del trabajo al que había renunciado y la utilicé para comprarme varios libros. Ahora que hago memoria, uno de ellos era  también "La novela luminosa" de Mario Levrero.

Días después, comenzaba a trabajar en la que fue mi casa durante ocho años: Siglo XXI Editores Argentina. Pero esa será otra historia.

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* En esa ocasión elegí Glosa, de Juan José Saer; 2666, de Roberto Bolaño; El silenciero, de Antonio Di Benedetto y Ulises, de James Joyce.