domingo, 5 de abril de 2026

La osadía es una apuesta de suma cero | Independiente 1 Racing Club 0



En el fútbol, la osadía es una apuesta de suma cero: no hay términos medios. Es la consagración del héroe y la posterior transformación en mito o es el ingreso inmediato a la posteridad del ridículo. En el último clásico de Avellaneda, Adrián Martínez intentó lo primero y terminó habitando, de forma irreversible (al menos por este partido), lo segundo.

Faltaba poco para el cierre del primer tiempo cuando "Maravilla" Martínez decidió que no bastaba con el gol; necesitaba el plus de la afrenta, de ofrendar a los propios un gol hasta la embriaguez. De gozar al rival y vecino en su propia casa, el Libertadores de América, y hacerlo mediante un toque de suficiencia frente a la tribuna local. El deseo era estético: ver las cabezas gachas del adversario, de los jugadores en la cancha, y de la gente común, del otro lado del alambrado. Pero la exquisitez de la técnica traicionó a la intención. Martínez calzó la pelota desde tan abajo que, pese a la lentitud del recorrido, a la suavidad del impacto, el balón superó los dos metros cuarenta y cuatro de altura del arco, tan lejos que ni siquiera hubo el consuelo de que la pelota golpeara a la red al menos en su parte externa.

Lo que siguió fue un quiebre en la semiótica del fútbol argentino. El manual del "aguante" dicta que ante una cargada de ese tipo —una falta de respeto entre colegas— la respuesta debe ser violenta: el insulto, la arremangada de cuello, la invitación a la pelea. Sin embargo, Rodrigo Rey operó desde otra lógica. Al levantarse del césped tras su estirada estéril, pasó, primero de la angustia al alivio cuando vio la pelota alejarse del arco, y del alivio a la ironía cuando se levantó y se puso cara a cara con "Maravilla". En lugar de la agresión, eligió el abrazo. Un abrazo pedagógico y algo burló, pero la burla del que eludió el mal momento: "Viste lo que te pasó por canchero".

Esa risa compartida con Kevin Lomónaco desarmó el escenario de masculinidad herida que intentó activar Zabala. Sus propios compañeros lo sacaron de escena. No hubo conflicto porque el error fue tan grosero que anuló la posibilidad del enojo. Y el efecto psicológico de este acto fue devastador para Martínez. El goleador quedó fuera de registro, deambulando el resto del partido como quien intenta entender una broma de la que es objeto. Incluso en el segundo tiempo, falló una ocasión todavía más nítida, como si el gesto de piedad de Rey le hubiera quitado la "piel" de goleador.

La resolución del trámite fue coherente con la tarde. Gabriel Ávalos, el nueve paraguayo que carga con el escepticismo crónico de la hinchada de Independiente, recibió un pase de Montiel y, con la frialdad de quien solo busca el resultado y no la gloria del póster, abrió la cara interna para marcar el único gol del clásico. Nueve minutos después llegó el final. Y "Maravilla", que tampoco se transformará en un villano sin retorno, (él mismo ha hecho ganar a Racing en la misma cancha que ahora le tocó perder), mientras su cabeza siga intentando comprender qué fue lo que pasó, verá cómo el pueblo rojo de Avellaneda celebrará la victoria de un clásico en una tarde en que la redención de uno nació de la soberbia del otro.









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