sábado, 22 de marzo de 2014

César Aira, "Tres historias pringlenses"

Ya desde el título, Cesar Aira se propone engañarnos diciéndonos que son tres las historias de esa localidad que va a contar, y cuando las leemos, nos damos cuenta de que en realidad, son cuatro. Una posibilidad era pensar que en uno de estos cuatro relatos no se haga mención a Coronel Pringles.
Falso. En todas las historias se hace referencia a dicha ciudad.  Lejos de ser un error, podemos decir que desde el título ya nos encontramos con una broma aireana.

En “La iglesia”, primer relato del libro, el padre Tomás es enviado a Coronel Pringles en una época en la que aún no había iglesia en la ciudad, cuya tarea sagrada será construirla. El obispo de La Plata le giraba la partida presupuestaria periódicamente para llevar a cabo dicha misión. Pero el cura usaba el dinero para otros fines, ya sea practicando la beneficencia o para dinamizar financieramente al sector agropecuario.

“La sombra” es el segundo relato y comienza de la siguiente manera: “La luna es buena”. Evidentemente, el satélite natural de la Tierra es una debilidad del autor (en la novela “Cumpleaños” se profundiza la reflexión a partir de la contemplación de la Luna -leer más-).

La referencia a la ciudad está ya en el primer párrafo: “Debía de ser una de esas noches de verano en Pringles, cuando las familias salían a la vereda a tomar el fresco, los vecinos charlaban, los chicos jugábamos".

El cuento es narrado por un adulto que vuelve a su niñez recordando sus escapes de la institución “dormir la siesta”, la soledad de esas horas porque el resto de los niños sí la acataban, y el recuerdo de una fábula local: “la sombra dominante” (debo dejar de contar acá para que el lector pueda enterarse a medida que avanza la lectura).

El tercer cuento es “La gallina”. Las supersticiones están a la orden del día en todos los pueblos -y también en las ciudades, mal que le pese a la Razón- del mundo. Coronel Pringles no será la excepción. Aira nos invita a la permanente deconstrucción de mitos y verdades fosilizadas, a desmantelar el sentido común.
“(…) el falso progreso que se especializa en criticarnos y ponernos palos en la rueda, va a decir no le des un pescado, enséñale a pescar. ¿Y qué se gana con eso? Pescar. Sentarse a la orilla del río y ver pasar las horas, en una meditación sin objeto. Y los pescados que saque verán el ingreso perpetuo de una economía de subsistencia, sin miras de futuro, enemiga de un progreso que interrumpiría su eterna siesta”.

La leyenda que nos trae Aira es la mil veces ya contada historia de la gallinita de los huevos de oro. Y nos deja algunas preguntas para la reflexión: “¿Qué es la inteligencia?”, “¿Para qué nos sirve?”, “¿Cómo elegir la decisión correcta?”

El último relato del libro es “El santito” y también se sitúa en la zona pringlense:

“Se habló de trasladar el teatro de operaciones lejos, fuera del alcance de esa monstruosa concreción represiva, por ejemplo a Santa Fe, pero los argumentos en contra eran contundentes: no conocían el terreno, tardarían años en establecer una red confiable de compradores, los ganados no serían tan abundantes y a la mano como los que tenían en los campos de Pringles”.


El relato comienza con la historia de un Santito, un gauchito niño o joven, que al morir prefirió ir al Infierno antes que al Cielo, y que por ser él un ser travieso, revoluciona la vida de allá abajo transformándola en un lugar al que todos desean ir. Según la leyenda, esto hacía que las categorías del Bien y del Mal se confundan, y como consecuencia de ello, los gauchos perdieran el miedo a las consecuencias de sus actos, ya que andarían sin el temor pos-vida que tan bien le vino al control social, y  por lo tanto, haciendo sin lío sin ningún tipo de remordimientos. Sin embargo, esta parábola sólo es la introducción a la discusión entre los diez gauchos cuatreros integrantes de una misma banda sobre los rumbos seguir o qué nuevo orden instaurar.


Ficha técnica

Autor: César Aira
Título: Tres historias pringlenses
Editorial: Biblioteca Nacional
Colección: Jorge Álvarez
Año de edición: 2013
Páginas: 68





martes, 18 de marzo de 2014

Gonzalo Viñao, "Interferencias"


Tal vez alguien entra a un ciber, pide una máquina, y al “Iniciar” encuentra una casilla de correo abierta. En lugar de cerrarla, decide hacer clic en la bandeja de entrada y comienza a leer. Lector voyeurista.

Lector entrometido, que accede a la intimidad de Octavio. Y también a la de Laura. ¿Son estas dos personas? Para la historia que se propone contar Gonzalo Viñao, devienen en personajes.

Difícil intentar pensar el punto de vista. Porque cuando se leen cartas ajenas, quizás no haya un “yo”, una  identificación lo suficientemente fuerte como para lograrse. El lector de cartas es como el espectador de un partido de tenis ubicado en el centro de estadio, a la misma altura de la red de juego, que mueve su cuello al ritmo de la dirección de la pelota amarilla, observando el golpe de uno, la devolución del otro. El lector de “Interferencias” hace lo mismo: en cada correo, va conociendo lo que ambos sintieron. Y sienten.

En esta ¿novela? no hay héroes ni mayores desplazamientos. Sólo intercambios de correos electrónicos. No se evidencias desplazamientos físicos reales, más allá de la voluntad expresa de juntarse algún día en un día a tomar algo.

 El espacio de la historia es la red. Transcurre en el plano de lo virtual. No sabemos si están en sus casas, cómo son estas, con quiénes viven, si es que comparten con alguien (al final puede llegar a saberse algo de uno de los dos protagonistas). Muy pocas pistas.

Sujetos que vuelven de un pasado que ya no conviene recordar se comunican luego de dos años de silencio. Pero apenas dialogan, se reprochan, se reclaman y se extrañan. Declaran que se quieren. Y se contienen afectivamente. Todo a la vez. Hasta que aparezcan en la superficie las diferencias; mejor dicho, como bien expresa el título del libro, las “Interferencias”.

Entonces esta historia de amor se hace triste y angustiante, aunque no desdichado. No hay futuro. No hay solución. Dilema. Si se escriben se pelean. Si no se escriben, se recuerdan. Si se recuerdan, se contactan.

Para una relación como el de Laura y Octavio, la web no funciona para compartir lecturas y películas sino como excusa para reiniciar la comunicación. Que apenas establecida, aparecen los verdaderos temas de este vínculo irrealizable, ya no sólo físicamente sino en el plano virtual. Un amor que no lleva a ningún destino pero que tampoco pueden cortar.


Lo que sí puede decirse, de acuerdo a lo leído en la novela, es que se puede prescindir de los cuerpos y las salidas, pero no se puede dejar de extrañar las ideas, las miradas del mundo de una persona querida y admirada. 


Ficha técnica

Autor: Gonzalo Viñao
Título: Interferencias
Editorial: La Bola Editora, Mar del Plata.
Año de edición: 2013
Páginas: 104.




lunes, 17 de marzo de 2014

Washington Irving, "Rip Van Winkle"

La siguiente relación se encontró entre los papeles del difunto Dietrich Knickerbocker, un anciano caballero de Nueva York que se interesó profundamente por la historia de las colonias holandesas de la provincia y las costumbres de los descendientes de los primitivos pobladores. Sus investigaciones históricas no se efectuaban, sin embargo, entre libros, sino entre seres humanos, pues en los primeros no abundaban sus temas favoritos, mientras que los encontraba en los viejos burghers y aun más en sus mujeres, que poseían enormes tesoros de aquel folklore, tan valioso para el verdadero historiador. En cuanto hallaba una auténtica familia holandesa, cuidadosamente encerrada entre sus cuatro paredes, en su casa de techo bajo, construida casi debajo de la ancha copa de algún árbol, la consideraba como un pequeño volumen y la estudiaba con el celo de un ratón de biblioteca.

 De todas estas investigaciones resultó una historia de la provincia bajo los gobernadores holandeses, que se publicó hace unos años. Existen numerosas opiniones acerca del verdadero carácter literario de ese libro, que, a decir verdad, no es lo que debería ser. Su mérito principal consiste en la escrupulosa exactitud, de la que se dudó al aparecer, pero que ha sido demostrada después sin lugar a dudas. Se le admite ahora en todas las bibliotecas de historia como un libro cuya autoridad es indiscutible.

Aquel anciano caballero murió poco después de publicar su obra y, ahora que ha desaparecido, puede decirse, sin ofender su memoria, que su tiempo hubiera estado mucho mejor empleado si se hubiera dedicado a tareas más importantes. Tendría que seguir sus inclinaciones personales, de acuerdo con métodos propios y, aunque alguna que otra vez molestó a sus vecinos y ofendió a amigos, por los cuales sentía gran afecto, hoy se recuerdan sus errores y locuras más con lástima que con rencor y algunos empiezan a sospechar que nunca tuvo la intención de ofender a nadie. De cualquier modo que los críticos aprecien su memoria, la tienen en muy alta estima muchas personas cuya opinión puede compartirse, particularmente ciertos confiteros que en su admiración han llegado a reproducir su efigie en los pasteles de Año Nuevo, dándole así una oportunidad de hacerse inmortal, casi equivalente a la que proporciona una medalla de Waterloo o de la Reina Ana.

martes, 11 de marzo de 2014

Roberto Juarroz, "Séptima Poesía Vertical, 75"

75

El pensamiento es un puente
cuyos extremos ignoramos,
un puente que corre como un río,
un puente prisionero de la ausencia
que debió utilizarlo.

¿Qué pasaría si este puente
comenzara a girar como una peonza
sobre el tapete alucinado
de una madrugada donde se disuelven los nombres?
Tal vez acabaría por hallar sus extremos.

jueves, 13 de febrero de 2014

Leonardo Huebe, "Fin del mundo y otros relatos"

En una reciente visita a la ciudad de Mar del Plata, un librero amigo me recomendó este libro que se compone de siete relatos. En tres de ellos, Leonardo Huebe nos envuelve en la atmósfera opresiva de la última dictadura argentina.

Varios escritores han abordado este período dejándonos a nosotros, los lectores, valiosísimos libros: Saer con "Glosa", "Nadie nada nunca" y "Lo imborrable"; Martín Kohan con "Dos veces junio", "Ciencias morales", "Museo de la Revolución", y más acá Julián López con "Una muchacha muy bella"; Leonardo Oyola nos aporta su cuento "El fantasma y la oscuridad".

Huebe no cae en el lugar común. No pretende dejar enseñanzas, mucho menos moralejas. En su ficción, el Mal también puede imponerse. Triunfar. No se trata de hacer justicia con la literatura como herramienta. No hay odas, cantos y homenajes a las víctimas, tampoco exaltación ni críticas.

Respecto a la técnica, podemos observar como virtud el cierre de estos cuentos, especialmente en "Fin del mundo" y en "Los monocigóticos". En el último de cada uno de estos, despliega toda su potencia:

"No sé; nadie. Uno de esos tipos que joden los domingos anunciando el fin del mundo".

Que en el resto de los cuentos no se haga referencia explícita a la última dictadura no quier decir que esté ausente lo político: un juez de máxima reputación en la esfera pública pero un perverso sexual de lo más denigrante en la vida privada; un historiador que viaja al pasado en busca de una verdad perdida o no sabida; los sueños rotos ante una revolución esfumada; o alusiones a una huelga famosa por la violencia con que se la reprimió, primero en Buenos Aires y luego, en la Patagonia.

En cuestiones de técnicas literarias, Huebe trabaja muy bien con la ambigüedad y el misterio; deja en poder de los lectores, el cierre del relato (especialmente en "Regla 11").

Es interesante el juego con el verosímil en el divertido relato "El año que no trabajé para Los Redondos", donde autor y enunciador pueden confundirse. 

Por otra parte, este libro viene a quebrar, o al menos intentar, ciertos imaginarios. La Mar del Plata que se quiere mostrar oficialmente al resto del mundo (mejor dicho, a los no-marplatenses) no siempre es la que anuncian los carteles publicitarios en los subterráneos de la ciudad de Buenos Aires, "La Feliz". Leonardo Huebe nos habla, ya sea de su pasado reciente o su presente inmediato, de una ciudad que duele.

miércoles, 29 de enero de 2014

Mario Levrero, "La novela luminosa"

"Me fui acercando sin que la avispa diera ninguna señal de sentirse incómoda por mi presencia; estaba muy atareada, aunque la lucha había terminado. Cuando pude ver bien de cerca lo que sucedía, me sentí maravillado: la avispa tenía como un serrucho en la nariz, y con él cortaba, una a una, las patas de la araña. Dejó el cuerpo pelado, y de alguna manera se lo cargó a los hombros –siempre con movimientos nerviosos, como de ama de casa que espera gente a comer y tiene que atender mil detalles- e intentó volar. El peso de la araña le impedía hacer vuelos largos; más bien parecían grandes saltos, de un par de metros, se elevaba un poco y enseguida se iba al suelo. Pero, mal que bien, se la fue llevando, quién sabe hasta dónde; la perdí de vista al llegar a la esquina, a una media cuadra de casa, porque de todos modos no tenía interés en averiguar dónde vivía la avispa. ¿Y por qué cuento esto, que puede encontrarse con más y mejores detalles en cualquier libro de estudio? Lo cuento porque fue una de las experiencias que, de un modo u otro, me ayudó a pensar, o tal vez a no pensar; trataré de explicarlo mejor.
¿A usted nunca le pasó, mirando un insecto, o una flor, o un árbol, que por un momento se le cambiara la estructura de valores, o de jerarquías? Es como si mirara el universo desde el punto de vista de la avispa –o la hormiga, o el perro, o la flor-, y lo encontrara más válido que desde mi propio punto de vista. De pronto pierden sentido la civilización, la Historial, el automóvil, la lata de cerveza, el vecino, el pensamiento, la palabra, el hombre mismo y su lugar indiscutido en el vértice de la pirámide de los seres vivos".


jueves, 23 de enero de 2014

Anthony Burgess, "James Joyce 50 años después"

Preliminar

Imagen: Giséle Freund
Esta nota es una de las mejores que se han escrito sobre James Joyce, al menos para muchos los lectores y estudiosos del escritor irlandés.
Fue publicada en español por el diario EL PAÍS el 13 de enero de 1991, fecha que se conmemoró el quincuagésimo aniversario del fallecimiento de Joyce.


__________

Por Anthony Burgess

El 13 de enero de 1941 fallecía en un hospital de Zúrich el escritor irlandés en lengua inglesa James Joyce (1882-1941), uno de los autores más influyentes de la literatura contemporánea. En estas páginas se analiza cómo a través de sus libros más conocidos, como Ulises, El retrato del artista adolescente, Dublineses y Finnegans Wake, el escritor rompe con la tradición literaria del siglo XIX y realiza una exploración psicológica desde una personalidad compleja a través de unos procedimientos narrativos que revolucionaron la escritura de su época.

Joyce escribió gran parte de su obra maestra, Ulises, en Zúrich durante la Primera Guerra Mundial, y murió en Zúrich en la Segunda Guerra Mundial. A él y su familia no les había sido fácil pasar de la Francia ocupada por los nazis a ese lugar de refugio neutral. Aunque oficialmente eran ciudadanos de la República independiente de Irlanda, tenían pasaporte británico. De hecho, Stephen, el nieto de James Joyce a pesar de casi no conocer Gran Bretaña, todavía sigue esa tradición familiar. El 16 de junio de 1982, durante la conmemoración del centenario del nacimiento de Joyce, Dublín, su ciudad natal, organizó ciertos actos, sin demasiado entusiasmo, destinados a honrar al más grande de sus hijos literarios -una placa aquí, un busto allá-, pero a Irlanda nunca le gustó. Sus editores estaban en Londres; su protectora, Harriet Shaw Weaver, era inglesa de confesión cuáquera. Joyce glorificó la lengua inglesa en sus primeros libros, y en el último, a decir de algunos, se dedicó a destruirla. ¿A qué país pertenece realmente? Dejó Dublín con su mujer de Galway, Nora Barnacle, en 1904, y vivió en Trieste, Zúrich y París. Era un exiliado por naturaleza -Exiliados es el título de su única obra de teatro-, y ha de ser considerado como un escritor internacional, porque negó a todos los países (con excepción de la extraña cuestión del pasaporte británico). Sin embargo, tiene un único tema -bastante limitado-. Todos sus libros son sobre Dublín. Se puede visitar Dublín, como hacemos algunos, y buscar el espíritu del joven Joyce -pobre, desmañado, miope, intensamente literario y ya polígloto-, pero la ciudad que él conoció ya no existe. Fue una de las ciudades más hermosas de Europa, a pesar de su gran población de barrios bajos, pero los expertos en demolición la están arrasando. Con sus bloques de oficinas, comercios y discotecas, es como cualquier otra ciudad europea. Su población sobrepasa el millón y las firmas de electrónica japonesas proporcionan los empleos. Pero sigue siendo una ciudad bebedora, donde la verdadera vida se hace en los bares, con su Guinness, whisky y fantástica conversación. Los hombres están demasiado borrachos para interesarse por el sexo. Se define al homosexual de Dublín como el hombre que prefiere que las mujeres beban.

Dublín

Ilustración: Alfonso Zarpico
El Dublín enmarcado en los libros de Joyce, por tanto, está tan muerto como el Londres de Oliver Twist o el Madrid de Torquemada. El libro de relatos titulado Dublineses muestra cómo era la ciudad en 1904 -moral y sexualmente paralizada, pero socialmente bulliciosa, llena de conversación y bebida- . La ciudad sigue en su sitio en el Retrato del artista adolescente, aunque centrada en el desarrollo de un espíritu joven que intenta volar contra las redes impuestas por la religión, la familia y el nacionalismo que rechaza el vasallaje del Imperio Británico. Ulises, una de las novelas más influyentes de nuestro siglo, trata de un Dublín transformado en ciudad arquetipo, y su personaje central es el ciudadano arquetipo. No obstante, Leopoldo Bloom no es un dublinés típico. Es medio judío. Los dublineses niegan por la memoria de sus padres que hubiera habido jamás judíos en su católica ciudad. Los había, pero había muchos más en Trieste, donde Joyce empezó a escribir el libro. Combinar las imágenes de ese puerto adriático con las del mar de Irlanda es resaltar la naturaleza cosmopolita de la visión de Joyce. Escribe sobre la condición de todas las ciudades modernas. Bloom es todos los hombres modernos.

No es, sin embargo, la cuestión temática del Ulises lo que lo hace distinto. El argumento es escaso. Bloom, que ha perdido a su hijo, encuentra un hijo adoptivo en el joven poeta Stephen Dedalus -el protagonista de Retrato del artista y una versión casi sin subterfugios del propio Joyce-, Molly, la esposa de Bloom, comete adulterio, pero está deseando la llegada a casa de Stephen -como hijo, redentor y, probablemente, amante-. El libro trata de la necesidad recíproca que tienen las personas, en la estructura menor de la familia y en la más amplia de la ciudad. Ese sencillo tema se universaliza por la imposición de un mito intemporal, el del errante Odiseo en busca de su reino insular. Bloom es Odiseo o Ulises. Sus bastante triviales vivencias de un día en Dublín -el 16 de junio de 1904- se transforman en un paralelo cómico del personaje de Homero, y, a su vez, adoptan varias formas de resaltar el paralelismo con el clásico, sobre todo a través del estilo y del lenguaje.

Así, Bloom encuentra en un bar de Dublín a un nacionalista irlandés llamado El Ciudadano. Su paralelo homérico es el cíclope. Eso sugiere un estilo literario conocido como gigantismo, en el cual el lenguaje es inflado inconscientemente. Se exagera todo, a la manera de la retórica demagógica o de la verborrea seudocientífica. En el capítulo en que Bloom visita un hospital de maternidad para preguntar por el parto de una amiga de su esposa, la señora Purefoy, el paralelo homérico es la matanza por los compañeros de Odiseo de los toros del Sol, que son la representación de la fertilidad, y los estudiantes dublineses de medicina del hospital blasfeman contra la fertilidad al glorificar la "copulación sin población". La estructura del capítulo imita el desarrollo del feto en el útero. La semilla masculina fertiliza al femenino latín; tenemos una historia completa de la lengua inglesa siguiendo el progreso de su literatura, con Joyce como oficiante mayor.

El estilo resulta más importante que el contenido, pero la intensa concentración en el lenguaje permite a Joyce llegar a límites de la mente humana que antes eran inasequibles para el novelista. El lenguaje no sólo es complejo, sino también de una claridad sin precedentes: abundan las alusiones sexuales y se utilizan palabras que, en el año de la publicación (1922) y en los 40 años posteriores, eran oficialmente tabú. Ése es el motivo de que Ulises hubiera estado prohibido y de que Joyce, injustamente, hubiera sido tachado de tratante de obscenidades y pornografía.

Fantasía

El Ulises, usando la técnica del monólogo interior para descubrir los pensamientos y sentimientos más íntimos de sus personajes -de una forma presintáctica y casi preverbal-, llevó al límite el examen de la fantasía de la conciencia humana. Joyce tenía sólo 40 años cuando se publicó el libro, y la cuestión era evidente: ¿qué podía hacer, después de haber llegado tan lejos, con el resto de su vida creativa? De hecho, no le quedaban de ella más que 19 años, y fueron totalmente ocupados por la composición de un increíblemente densa y difícil seudonovela titulada Finnegans Wake. Después de haber tratado la mente consciente, Joyce tenía que sumergirse ahora en las profundidades del mundo onírico. El Finnegans Wake es el relato del sueño de una sola noche. El durmiente y soñador, Humphrey Chimpden Earwicker, es el humilde dueño de un bar de Chapelizod, un barrio de Dublín, pero en su manifestación paternal se convierte en la totalidad de la humanidad masculina, desde Adán hasta el propio Joyce, en tanto que su mujer, Ann, es todas las madres, su hija Izzy es todas las tentadoras (Eva, Dalila, lady Hamilton) y sus hijos gemelos, Kevin y Jerry, son todos los rivales masculinos enfrentados, desde Caín y Abel hasta Napoleón y WeIlington y posteriores.

El lenguaje es el de los sueños, oniroglota. Lo mismo que el tiempo y el espacio se disuelven en los sueños, también las palabras, a través de las cuales vemos el continuo espacio-tiempo, han de distorsionarse para que el significado no se trastoque, sino que se haga ambiguo. La ambigüedad tiene la naturaleza de los sueños. Joyce sabía que las técnicas de interpretación de Freud y de Jung no eran suficientes. Una invención como cropes es una fusión de, crops (cosechas) y corpse (cadáver), de forma que quedan unificadas las ideas opuestas de la vida naciendo de la tierra y del cuerpo muerto sepultado en ella. La acción del sueño tiene lugar en 1132, un año puramente simbólico en el cual 11 significa la resurrección (después de haber contado hasta 10 con los dedos, hay que empezar de nuevo) y 32 es la caída (los cuerpos que caen lo hacen a una velocidad de 32 pies por segundo). "The abnihilisation of the otym" significa tanto la desintegración del átomo como la recreación del significado (griego, etymon) a partir de la nada (ab nihilo).

Manifiesto vital

Para abreviar, la obra es simplemente un intento de reconciliar opuestos, de afirmar la vida, de insistir en que nada muere. Es más que una novela, es una especie de manifiesto vital. Es tentador ver en eso al James Joyce católico, que estuvo a punto de ingresar en la orden de los jesuitas, pero que cambió un tipo de sacerdocio por otro: el del arte, en el cual el oscuro pan de la vida diaria se convierte en la hostia eucarística de la belleza intemporal. Pero Joyce había dejado la Iglesia, negado a su esposa un matrimonio católico y privado a sus hijos de la bendición del bautismo. Había perdido su fe religiosa y nunca deseó recuperarla, pero el ambiente de su obra es católico europeo -más próximo a Dante que a Goethe o incluso a su ídolo lbsen-. Como medio judío agnóstico, a Bloom solamente le interesa la religión corno fuerza de conexión social, pero su esposa, Molly, nacida en Gibraltar, conoce el catolicismo en sus aspectos mediterráneo y puritano de Norte, y reza a una especie de Dios franciscano. Stephen Dedalus parece no haber llegado a recuperarse del espantoso sermón sobre el infierno que se predica en el Retrato, y es visitado por su madre muerta, que lo conmina a arrepentirse. A pesar del gran número de profesores ateos especializados en Joyce, probablemente sea cierto que solamente un católico, creyente o apóstata, puede comprender plenamente a Joyce. Pero conmemoramos el cincuentenario de su muerte, -como celebraríamos, más pródigamente, el centenario de su muerte- con un espíritu puramente literario. Vivimos en la llamada era posmoderna, pero seguimos siendo los herederos del modernismo, y Joyce, junto con Pound y Elliot, dejaron perfectamente claro lo que es el modernismo. El modernismo, desde el punto de vista lingüístico, es el empleo de un vocabulario que hace sonar las campanas de lo coloquial, de lo tradicionalmente poético y de la nueva tecnología. Está implicado en la exactitud del lenguaje, pero sabe que la naturaleza del lenguaje es transportar una carga de ambigüedad aprovechable. El modernismo es honesto y enemigo de fórmulas filosóficas para salvar el mundo. Es extrapolítico y muy escéptico, tanto en lo que respecta al totalitarismo como al populismo. Es difícil, lo mismo que Joyce es difícil, porque trata de ver la humanidad como una complejidad que solamente los políticos, curas y novelistas de éxito en ventas se niegan a ver de una forma tan sencilla. La dificultad de Finnegans Wake es inmensa precisamente por la humanidad de su tema-sujeto. El modernismo se atrevió a profundizar, pero a los hombres y mujeres normales les asusta ese coraje: quizá pueda destapar cosas que sea más conveniente ignorar.

En este resumen de los logros de Joyce se ignora una cualidad que debe considerarse como preponderantemente vital: su humor. A pesar del tremendismo de Dostoievski, de la visión trágica de Dreiser y de la implacable violencia de tantísimas grandes obras contemporáneas, la novela de todos los tiempos, Don Quijote, es una gran comedia, y Joyce aprendió de ella más de lo que estaba dispuesto a admitir. El Ulises invierte la situación haciendo que el protagonista sea una especie de Sancho Panza y poniendo en segundo lugar, o posición filial, a una especie de Don Quijote. Cuando Leopold Bloom y Stephen Dedalus caminan juntos después de medianoche por un Dublín desierto, vemos una figura alta y delgada y otra más baja y gruesa. Bloom sabe más que Sancho, pero su sabiduría es del estilo de la de Sancho, expresada en proverbios triviales; Stephen es el poético soñador que necesita el sentido común de su padre adoptivo. No obstante, subsisten en una relación cómica y están apoyados, o más bien enfrentados, por un numeroso reparto de personajes cómicos. El Ulises es uno de esos extraños libros que nos hacen reír a carcajadas. El Finnegans Wake también está lleno de carcajadas, con un lenguaje basado en las posibilidades cómicas del inglés. El inglés se puede considerar como una lengua cómica por contener elementos irreconcillables -germánicos y latinos- perpetuamente enfrentados. Traduzcamos el Finnegans Wake al español y ese elemento cómico desaparecerá. El milagro está en que, aunque Joyce explotó al límite las posibilidades, e imposibilidades, del inglés, sigue siendo un escritor europeo. Está amamantado en inglés, pero se eleva por encima de él.

Dickens

Anthony Burgess, autor de "La naranja mecánica"
Al igual que todos los grandes novelistas, de alguna forma consigue subsistir fuera de su medio literario. Don Quijote y Sancho Panza cabalgan alrededor de la plaza de toros de Valladolid en 1605 y sigue haciéndolo en los desfiles de carnaval suramericanos. Los personajes de Charles Dickens son reconocidos incluso por los analfabetos. Leopold Bloom, Molly Bloom, Stephen Dedalus y Humphrey Chimpden Earwicker pertenecen a ese orden clásico. Son tan grandes que se pueden someter a todo tipo de excentricidad estilística o juego lingüístico y seguir brillando plenos, tridimensionales, desesperadamente vivos. En una época en que tantos de nuestros escritores son pesimistas, es bueno celebrar a uno que tomó partido por la vida.


Traducción: Leopoldo Rodríguez Regueira.

miércoles, 15 de enero de 2014

Juan Gelman: "Fábricas de amor"


El 14 de enero de 2014, a los 83 años,  falleció el poeta uruguayo Juan Gelman.
Como legado, nos dejo una extensa obra poética.

Sin embargo, también debe decirse que fue un luchador incansable en defensa de los Derechos Humanos, que hizo hasta lo imposible para recuperar a su nieta Macarena Gelman García (hija de María Claudia García y Marcelo Gelman), secuestrada cuando era un bebé por la dictadura militar uruguaya, como así también, encontrar el cuerpo de su hijo, quién estuvo desaparecido por más de trece años.

A sus cualidades humanas y artísticas, elijo "Fábricas de amor", para rendirle un sentido homenaje.


Fábricas de amor
           
                I
Y construí tu rostro.
Con adivinaciones del amor, construía tu rostro
en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza,
yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,
para darte la voz,
para poner dulzura en tu saliva.
Cuantas veces temblé
apenas si cubierto por la luz del verano
mientras te describía por mi sangre.
Pura mía
estás hecha de cuántas estaciones
y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad
hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos,
escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra
te hice un sitio en mi lecho,
te amé, estela invisible, noche a noche.
Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte
antes de oír un solo sonido de tu alma.
              II
Alza tus brazos, ellos encierran a la noche,
desátala sobre mi sed,
tambor, tambor, mi fuego.
Que la noche nos cubra como una campana
que suene suavemente a cada golpe del amor.
Entiérrame la sombra, lávame con ceniza, cávame del dolor,
límpiame el aire:
yo quiero amarte libre.
Tú destruyes el mundo para que esto suceda,
tú comienzas el mundo para que esto suceda.
              III
Me has amado las manos y caerán con el otoño.
Has amado mi voz y está arrasada.
Mi rostro ha reventado sobre ti como una piedra
impura.
Me has amado y amado
para que huya de mí, señor de sombras.
Me has destruido para que yo sea luz humana
cantando
como las criaturas de tu sangre.
              IV
Que del recuerdo suba el olor de tu cuerpo y se
haga tu cuerpo.
Que la noche devuelva tu dulzura.
Que tus manos sean dadas por el temblor que dieron.
Que tus ojos regresen de todo lo mirado.
Paloma del amor
en vez
asciendes pura en libertad
giras y cantas como el cielo vas invadiendo el mundo.
              V
Como un niño te canto bajo la noche oscura.

Cofre de los secretos, juegos hondos,
temblores del otoño como pañuelos rápidos,
te canto allí para que seas.
Señora del candor,
con boca limpia digo uno a uno tus nombres,
pongo mi rostro en la penumbra que de ellos
desciende,
hago un gran fuego con tus nombres bajo la
noche oscura.

En realidad quiero decir: me haces andar contra la muerte.

viernes, 10 de enero de 2014

Ensayo: Lecturas 2013





De los libros leídos durante 2013, estos son algunos de los libros que más me interesaron:
  • Gèrard Wajcman: "El ojo absoluto", (ver reseña aquí).
  • Roland Barthes:"El grano de la voz".
  • Cornelius Castoriadis: "La ciudad y las leyes".
  • Sebastián Carassai: "Los años setenta de la gente común", (ver reseña aquí).
  • Julio Frydenberg: "Historia social del fútbol".
  • Simone Weil: "La condición obrera".
  • Horacio Verbitsky y Juan Pablo Bohoslavsky (comps.): "Cuentas pendientes".
  • Jacques Lacan: "El sinthome. Seminario 23".
Varios que no figuran en esta pequeña selección merecen ser nombrados, como por ejemplo el libro de Mauricio Lazzarato "La fábrica del hombre endeudado"; Alain Badiou, al cual año tras año, afortunadamente se sigue traduciendo y publicando (este año se publicó "La República de Platón"), o uno al que siempre vuelvo, Bíos" del filósofo italiano Roberto Espósito. También hubiera sido justo incluir el libro "Conversaciones", de Gilles Deleuze, otro título de consulta más o menos habitual.




jueves, 9 de enero de 2014

Literatura: Lecturas 2013



De todos los libros que leí durante el 2013 estos fueron los que más me gustaron: "Simone", de Eduardo Lalo; "El discurso vacío", de Mario Levrero; "Papeles inesperados", de Julio Cortázar; "Cumpleaños", de César Aira; "María Domecq", de Juan Forn y "Un maestro", de Guillermo Saccomanno.

Debe aclararse que ninguno de ellos fueron editados durante el año pasado. 

Por último, no podría enumerar a todos pero sí a algunos de los autores leídos y que también me gustaron bastante en este 2013 que acaba de irse: 

Reinaldo Arenas, Paul Auster, Julian Barnes, Jorge Luis Borges, Héctor Benedetti, Roberto Bolaño, John Maxwell Coetzee, Diego Erlan, Mariano Gallego, Carlos Gamerro, Elvio Gandolfo, Betina González, Martín Kohan, Mauro Lo Coco, Luciano Lutereau, Lucía Mazzinghi, Cormac McCarthy, Jonas Mekas, Leonardo Padura, Alan Pauls, Miguel Prenz, Sergio Olguín, Pablo Silva Olazábal, Fedra Spinelli, Italo Svevo, Johnatan Swift, Enrique Vila-Matas, Kurt Vonnegut, entre otros.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Joaquín Giannuzzi: "Mi hija se viste y sale"



El perfume nocturno instala su cuerpo
en una segunda perfección de lo natural.
Por la gracia de su vida
la noche comienza y el cuarto iluminado
es una palpitación de joven felino.
Ahora se pone el vestido
con una fe que no puedo imaginar
y un susurro de seda la recorre hasta los pies.
Entonces gira
sobre el eje del espejo, sometida
a la contemplación de un presente absoluto.
El instante se desplaza hacia otro,
un dulce desorden se inmoviliza en torno
hasta que un chasquido de pulseras al cerrarse
anuncia que todas mis opciones están resueltas.
Ella sale del cuarto, ingresa
a una víspera de música incesante
y todo lo que yo no soy la acompaña.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Julio Cortázar: Poema en "Papeles inesperados"


Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.



viernes, 6 de diciembre de 2013

Presentación: "Un astrolabio árabe" de Héctor Ángel Benedetti en Vivaldi Libros Bar


El navegante ferroviario

Equipado sin más que su sextante y "Un astrolabio árabe", el escritor Héctor Ángel Benedetti pasó por Vivaldi y nos llevó de viaje durante una hora en su Tren Anacrónico, de Neuquén a Montevideo, de Medina a Valdivia, de Saturno a Tandil, de Mechita a Heavy, San Miguel del Monte o “Monte” a secas, pasando por Rolito para traernos una hora después, de nuevo a Constitución.
Nos contó que el proceso de su novela se extendió por diez años, que puede ser definida simplemente como un “thriller”, o un policial.
Que admira a Allan Poe, Oscar Wilde, John Steinbeck, a Jorge Luis Borges y a Juan José Saer, entre otros.
Que escribe durante el fin de semana, todo el día. Y que corrige mucho.




jueves, 28 de noviembre de 2013

Jorge Luis Borges, "La muerte y la brújula"

Esta obra tiene como protagonistas a Erik Lönnrot y a Red Scharlach.

La presentación del detective Erik Lönnrot, "puro razonador y aventurero" es perfectamente coherente a las acciones que realiza.

Scharlach, “el Dandy”, es un criminal que actúa motivado por un "juramento de honor" en el que pretende dar muerte a Lönnrot.

La habilidad del escritor también está marcada en la composición de dos historias. Una, verosímil y lógica, la que nos muestra durante casi todo el cuento, y otra que irrumpe paulatinamente en el final, dando un giro impredecible, y asombrando a los lectores.

La primera historia está enmarcada en el contexto de las supersticiones judías, orientada en la búsqueda de un Nombre Sagrado, Absoluto.

La segunda historia, nos cuenta que el entramado de la primera historia fue planificado por Scharlach meticulosamente, con el objetivo de vengar el arresto de su hermano.

Sin embargo, hay un vínculo entre las dos historias: tres crímenes, y tres víctimas, en igual distancia en tiempo y espacio.

El primer asesinato, sucedió el 3 de diciembre, en el Hotel Du Nord, cuya víctima fue el doctor Marcelo Yarmolinsky, un estudioso de la religión judía. En la historia que se nos presenta, este crimen tiene una relación religiosa, fundada en los libros de la víctima y en la frase encontrada en la máquina de escribir: “La primera letra del Nombre ha sido articulada”.

En la historia oculta, el asesinato surgió como fruto de la negligencia del malhechor Daniel Azevedo, cuyo verdadero plan era robar los zafiros del Tetrarca de Galilea. Red Scharlach, se entera por medio del periódico Yidishe Zeitung que Lönnrot decide hacer la investigación en torno a lo místico. A partir de aquí, el Dandy teje un laberinto cuyo propósito final conduciría a asesinar a Lönnrot.

El 3 de enero se lleva a cabo el segundo crimen, en una vieja pinturería. La víctima es Daniel Azevedo. Se pudo leer la frase “La Segunda Letra del Nombre ha sido articulada”.

En la historia oculta, este asesinato es una especie de ajuste de cuentas, ya que Azevedo, encargado del robo de zafiros, se hizo del dinero que le había sido entregado por adelantado, y por su condición de “delator”.

El 3 de febrero se produce el tercer asesinato. El comisario Treviranus, sospecha de un simulacro. Lönnrot está convencido del crimen, y su teoría cobra sentido en su totalidad.

En la historia oculta, Scharlach le confiesa al investigador que finalmente, el tercer crimen no había existido, que había sido una trampa.

Como escribió Borges, “Lönnrot previó el último asesinato, pero no lo pudo evitar”.

Jamás había sospechado que la víctima sería él, muchos menos que el móvil del plan haya sido para vengar el arresto del hermano de Scharlach y la herida que este sufrió en aquel episodio.


Septiembre de 2003.

martes, 26 de noviembre de 2013

Roberto Juarroz, "Poesía Vertical 9 (1958)"

9

Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que sólo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Tal vez sea por esto
que pensar en un hombre
se parece a salvarlo.


sábado, 23 de noviembre de 2013

Luis Mey en Vivaldi Libros Bar



La noche del jueves 21 de noviembre los escritores Luis Mey y Débora Mundani conversaron mano a mano sobre literatura.

Hablaron de las técnicas empleadas a la hora de escribir, de los tiempos de la producción literaria, de sus muchísimos "textos inéditos" que no publicará, de la relación entre literatura y mercado y de sus escritores preferidos.

Por supuesto, también recorrieron los libros del autor, desde novela "Los abandonados" y "Las garras del niño inútil", ambas por editorial Factotum, pasando por "Tiene que ver con la furia", escrita a 'cuatro manos' con Andrea Stefanoni, sin dejar de mencionar "La pregunta de mi madre", premio Revista Ñ Clarín que publicará Alfaguara en marzo del año que viene.

Eso sí, para diciembre llega la esperada "En verdad quiero verte pero llevará mucho tiempo" también editada por Factotum, y que dicho sea de paso, lleva una portada hermosa.

De los autores nombrados: James Joyce, Herman Melville y su "Moby Dick", John Fante, Georges Simenon, Charles Bukowski, Ernest Hemingway.

Luis Mey también dio su parecer sobre las influencias de lectura a la hora de escribir:

"Soy fanático de Klaus y Lucas de Agatha Kristoff. Desde la primera página me atrapó. Pero a ella, como a muchos escritores los disfruté como lector. Después, por ejemplo, la escritura de un cuento, sale por otro lado". 

"El mayor compromiso con la literatura pasa por la honestidad frente a lo que se escribe. No se puede pensar en uno o varios tipos de lectores mientras se crea una historia. Te tiene que convencer a vos lo que estás escribiendo".

martes, 19 de noviembre de 2013

Sergio Olguín en Vivaldi Libros Bar


El pasado jueves 14 de noviembre, el escritor Sergio Olguín vino a Vivaldi y nos regaló una charla de literatura. Acompañó al escritor Soledad Vallejos, periodista de Página 12 y Lic. en Comunicación, autora del libro recientemente publicado "Trimarco".

Nos contó de sus métodos de escritura (lo hace rápidamente, pero los tiempos de corrección sí son más largos), de los autores que más le gustaron, como George Simenon por citar sólo uno de ellos.

Que lo apasiona leer sobre Historia medieval, especialmente a Pierre Grimal y Georges Duby.

De sus comienzos como periodista en una revista católica llamada “Familia cristiana” pero vaya paradoja, mucho más progresista que otras publicaciones que ostentaban ese “cartel”. De su posterior despido y la creación, con ese dinero, de la revista V. de Vian.

Y por supuesto, hizo un recorrido por su obra literaria:

Filo: “ese personaje iba a morir pero me encariñé tanto y no me animé a hacerlo”;

Las griegas: "mi primer libro de cuentos".
Oscura monótona sangre: "se mata a un pibe de la villa y nadie me preguntó por eso; pero sí por la chica, con la que tiene relaciones Andrada (y de la que no se dice nunca la edad)".

Habló de El equipo de los sueños y de Springfield, sobre lo mucho que le gusta escribir novelas policiales: "justo cuando por fin escribía una historia sin policías, se me ocurre mandar cana becado para Estados Unidos";

Y de La fragilidad de los cuerpos: "no quería crear un héroe (heroína en este caso) que no tenga contradicciones; que no acepte que a algo debía renunciar", esto en relación a la verdad y a la justicia.




lunes, 18 de noviembre de 2013

Roberto Bolaño, “La pista de hielo”

En 1993 Roberto Bolaño publica su primera novela: “La pista de hielo”

Para aquellos que leyeron otros escritos del autor, no les será extraño encontrar aquí un crimen, un camping, un poeta, un escritor, inmigrantes sin papeles.

La historia está construida a partir de las voces de tres personajes, que se alternan simultáneamente, a partir de la narración de un crimen acontecido en la ciudad Z.

§  Remo Morán: escritor chileno y empresario.
§  Gaspar Heredia: poeta mexicano, empleado en un camping.
§  Enric Rosquelles: político socialista español, psicólogo.


Bolaño creador

Sin dudas uno de los grandes logros de Bolaño tiene que ver con la creación de los personajes, de manera contundente y verosímil. Personajes con trabajos comunes (o no tanto), comportamientos y sentimientos entendibles, pero simultáneamente dotados de cualidades extraordinarias y fabulosas.

 “La pista de hielo” tiene algo de novela policial pero también de novela amorosa. Sólo que lo “amoroso” no está puesto en relación con “lo sublime” o “lo trágico”.

La ilusión de romance de Rosquelles con la patinadora Nuria Martí (quien tiene una historia amorosa con Remo Morán), que acababa de perder la beca otorgada por la Federación Española de Patinaje, puede motorizar la realización de  lo-imposible cuanto menos un disparate, como por ejemplo, construir una pista de hielo, con fondos municipales, para que su enamorada pueda entrenarse adecuadamente y llegar preparada.  

La mano mágica de Bolaño la encontramos por ejemplo, cuando es capaz de hacer que uno de sus personajes, una vez encerrado en la cárcel, se tome todo su tiempo para hacer observaciones y escribir sobre la condición carcelaria y le propone al jefe penitenciario donde está alojado presentar dicho trabajo en co-autoría con él y lo más sorprendente de todo, que gane el concurso “Proyecto carcelario europeo”, patrocinado por la Comunidad Europea.

Bolaño hace queribles a muchos de sus personajes. Y puede lograr esto no sólo a partir no sólo de buenos conceptos, lindas descripciones sino también a partir del ensañamiento y de la burla, ya sea por las descripciones físicas como por sus pensamientos. Aun así, el lector puede encariñarse con dicho personaje. En la “Pista de hielo” Bolaño muestra toda su inclemencia con Enric Rosquelles:

“¿Ya he dicho que el jefe de Lola era Enric Rosquelles? Mientras vivimos juntos pude forjarme una idea aproximada del sujeto. Repelente. Un pequeño tiranuelo lleno de miedos y manías, convencido de ser el centro del mundo cuando a lo único que llegaba era a gordito asqueroso propenso a los pucheros”. (p. 141).

“Todos en Z. sabían algo, un poco, pero nadie tuvo la suficiente inteligencia como para relacionar los fragmentos de información en un todo coherente. Engañarlos es más fácil. En el fondo, creo que a nadie le preocupaba lo que sucedería en el Palacio o con el dinero. Sí, el dinero les importaba, cómo no les iba a importar, pero no al grado de hacer horas extras  para investigar su destino. De todas maneras, siempre fui prudente. Ni siquiera Nuria sabía toda la verdad, a ella le dije que la pista sería de utilidad pública y se fue todo, no hizo más preguntas, aunque era obvio que durante aquel verano solo nosotros fuimos al Palacio Benvingut. Claro que Nuria tenía sus propios problemas y yo eso lo respetaba. Dicen que el amor hace a las personas generosas. No sé, no sé; a mí sólo me hizo generoso con Nuria, nada más. Con el resto de las personas me volví desconfiado y egoísta, mezquino, maligno, tal vez porque era consciente de mi tesoro (de la fuerza inmaculada de mi tesoro) y lo comparaba con la putrefacción que los envolvía a ellos”. (p. 68).

Como ya anticipamos, Remo Morán es quién tiene una relación sentimental con Nuria, a quién conoció en una reunión de ecologistas. La patinadora posee unos encantos de seducción que, difícilmente puedan escapar aquellos que se fijen en ella:


“La acompañé hasta la calle donde tenía aparcada su bicicleta de carrera, cromada y refulgente. Antes de montar se hizo un moño sobre la nuca con una cinta negra y dijo que llamaría por teléfono. Sólo atiné a asegurar que podía hacerlo cuando quisiera, a cualquier hora del día o de la noche. Probablemente puse demasiado énfasis. Eso la molestó un poco y desvió la mirada. Tuve la impresión de que pensaba que iba demasiado rápido. ¿Estás enamorado de mí? No te enamores, parecía querer decirme. Me sentí frágil y corrido como un adolescente…” (p. 57).

“Una de las características de Nuria era que aun mucho después de haberse ido, parecía seguir vibrando de forma tenue en la habitación”. (p. 72).


La lectura en el mundo Bolaño

En casi todas las novelas de Bolaño, sus personajes leen. Ya lo saben quiénes leyeron “La literatura nazi en América”, “Los detectives salvajes” o “2666” por ejemplo. Y en “La pista de hielo” no será la excepción:

“Ella (Nuria) traía un bolso deportivo con su traje y sus patines y una botella de agua. También tenía por costumbre llevar libros de versos, uno diferente cada tres días, que hojeaba en los descansos, apoyada sobre una de las muchas cajas de material que había preferido no sacar del galpón para no despertar suspicacias. ¿Quién más conocía la existencia de la pista?” (p. 67).


La dimensión política de la novela: los inmigrantes

Gaspar Heredia es un poeta mexicano, indocumentado,  que consigue trabajar durante la primavera y  el verano en un camping propiedad de Remo Morán, como vigilante nocturno. Ahí conoce a Carmen, la víctima, y a Caridad, de quien se enamora.
La cuestión de no poseer papeles de residencia legal no es un hecho no menor en la literatura de Bolaño. Se sabe lo difícil que es para un latinoamericano no tener papeles en Europa, mismo en España, cuestión que también sufrió el autor de “La pista de hielo”.

Mi situación legal en España, salvo los primeros meses, era, por decirlo de una forma suave, desesperada: no tengo permiso de residencia, no tengo permiso de trabajo, vivo en una especie de purgatorio indefinido a la espera de conseguir dinero suficiente para ahuecar el ala o pagar un abogado que arregle mis papeles”.

La senegalesa pensaba trabajar haciendo faenas en casas particulares, las hermanas volverían al Prat, el peruano esperaba encontrar trabajo en alguna gestoría o empresa inmobiliaria de Z apenas tuviera sus papeles en regla, y el Carajillo se pasaría otro invierno encerrado en la recepción, vigilando el camping vacío. Cuando nos preguntaban cuáles eran nuestros proyectos no sabíamos qué decir. El plural de la pregunta nos avergonzaba. Vivir en Barcelona, probablemente, decíamos mirándonos de reojo. O viajar, o irnos a vivir a Marruecos, o estudiar, o tirar cada uno por su lado. En el fondo sólo sabíamos que estábamos colgando en el vacío”. (p. 164)


Por último, nada se dirá acá del asesino. Será el lector quien lo descubra y luego, quién podrá sacar sus conclusiones en relación a todo lo comentado.



lunes, 11 de noviembre de 2013

Jean Luc Nancy, "La ciudad a lo lejos"

"Quiera o no, la ciudad mezcla y remueve todo, separándolo y disolviéndolo. Nos tratamos, nos rozamos, nos tocamos y nos separamos: es un mismo andar (...) Todo el mundo se encuentra y se evita, se cruza y se desvía. Las miradas se tocan apenas, se detienen furtivamente una en la otra, los cuerpos tienen cuidado, territorios frágiles se transforman sin cesar, fronteras lábiles, móviles, plásticas o porosas, una mezcla de ósmosis e impermeabilidad".

"La ciudad come mucho, ostenta comer para todos los que pasan, expone el acto de comer y apura su ritmo. Hay que comer en todas partes y rápido, comer hablando y comer caminando, comer trabajando, fast food, schenll Imbiss, döner kebab, hot dogs, pizza, pain bagnat, snack (...) La calle huele a grasa o a pimentón. La ciudad huele a comida, es una recarga de energía siempre girando, atascando y desatascando. Luego llegan los cafés, los bodegones, las bares, la bebida que rompe la energía, la aletarga y la hunde siempre más lejos de la calle, en guaridas claro-oscuras, barras, cobres y maderas, vapores y juke-boxes, altos y remansos intestinos donde la ciudad se encuentra para olvidarse".





una calle quedó adoquinada
entre las calles asfaltadas
bellos adoquines pardo brillante claro
en espalda de gran lagarto
con un poco de hierba entre las escamas

domingo, 3 de noviembre de 2013

Eduardo Lalo, “Simone”


Eduardo Lalo nació en Cuba en 1960 pero será Puerto Rico el país que le dé su nacionalidad. Estudió en Nueva York y París, en la Universidad de Columbia y en la Sorbonne, respectivamente. Es escritor, profesor universitario, ensayista, artista plástico y fotógrafo (la imagen de tapa de “Simone” es del autor). Sus principales trabajos son "La isla silente", "Los pies de San Juan", “Donde", "Los países invisibles", "El deseo del lápiz", “Simone” y "La inutilidad", estas dos últimas publicadas por la editorial Corregidor. En 2013, obtuvo el premio Rómulo Gallegos a la mejor novela por “Simone”, siendo miembros del jurado  el portorriqueño Juan R. Duchesne Winter, el venezolano Luis Duno-Gottberg, y el argentino Ricardo Piglia, ganador de la edición 2012.


Diario de un escritor

“Simone” es una novela pero podría leerse también como un diario pero sin entradas ni fechas. Por supuesto, toda novela presupone al menos un lector. Y “Simone” causa mucha atracción entre los lectores que escriben o desean hacerlo, y también en lectores entrenados, ese tipo de sujeto que no sale de su casa sin un libro en el bolso o en la mano, aun sabiendo que no dispondrá de tiempo para leer, pero que por las dudas, igual lo llevan. Las complicidades y guiños con sus lectores, abundan en la novela. Aquí un ejemplo:


“Es curioso el fenómeno que consiste en que si no anoto un recuerdo o una idea éstas pierden su poder como si se secara su sustancia, haciéndolos para siempre inertes. Es como si sólo pudiera distinguir la vida a partir de la tinta”.

El personaje principal es un profesor universitario del que no sabemos su nombre, que va anotando sus pensamientos en cuadernos y libretas compradas en cualquier librería. Su itinerario de escritura incluye cafés, restaurantes, patios de comidas de centros comerciales. Y con él, su mochila cargada con anotadores y libros.

“Sé que luchar y escribir es lo mismo, haya o no haya algo contra lo cual hacerlo”.


Lalo también trabaja sobre las representaciones. Y no escapa a ello Puerto Rico, ¿qué lugar ocupa Puerto Rico fuera de ese país? ¿Qué se piensa de él cuando se la menciona? Este pensamiento, que aparece en las primeras páginas va a cobrar mayor fuerza cuando en las últimas partes de la novela conversan apasionadamente dos escritores locales y un escritor recién llegado de España, sobre la relación existente entre literatura y mercado. 
En relación a esto, una digresión o un sub-tema sobre este asunto. Hablar hoy de escritor comprometido quizá no signifique lo mismo que hace cuarenta años. Fue tanto el avance de las ideas neoliberales que hoy quizá sea necesario tratar de entender al compromiso del escritor en otra dimensión. No tanto en la escritura al servicio de una causa revolucionaria, precisamente la lucha armada como si lo fue fundamentalmente en la década del sesenta y setenta en Latinoamérica sino con la escritura en sí misma, con la estética y con el arte. 
En la siguiente cita podemos verificar ambas cuestiones, la invisibilidad de Puerto Rico y la relación entre un escritor ‘entregado’ al mercado:


“García Pardo, que vive de lo que escribe, aunque no sea de sus libros sino de los articulillos que publica en la prensa, se negará a percibirse así y pensará que se encuentra varios peldaños por encima de nuestra situación. Nosotros no somos subvencionados por nadie ni podemos escribir en una prensa que es un asco y nuestros libros no existen para prácticamente nadie. Somos una isla geográfica, política y literaria”. 


Los invisibles

Lalo también trabaja con otros imaginarios, otras culturas. Para ser más exactos, con uno de los fenómenos inmigratorios más espectaculares de los últimos tiempos, que se dio en Puerto Rico pero también en otros países del mundo. No citaré ni ejemplificaré ya que considero que esta cuestión es parte del pacto de lectura que establece el autor con sus lectores de manera directa. Mejor enterarse leyendo antes que cualquier nota o comentario sobre esta novela. 
Sólo puedo agregar que “Simone” se desarrolla en una geografía específica, la ciudad de San Juan, genera un fuerte sentido de identificación, y de aquí su potencia. Si se intercambiara San Juan por Buenos Aires, sería perfectamente comprendido el conflicto que se narra, lo que se invita a pensar, ya que las problemáticas de las ciudades, que cada vez son más parecidas entre sí, se comparten (la pobreza y la miseria, la falta de comprensión por parte de algunos dirigentes políticos que la ‘administran como una empresa’, por ejemplo), aun sabiendo de los rasgos que las hacen únicas e irrepetibles:


“¿Qué son estas calles sino la vida mía? A ningún dueño de la ciudad, a ninguno de sus alcaldes le importa la ciudad como a mí me ha importado, porque yo sé que no tengo salida, que nunca me podré ir de aquí. Ni el exilio me libraría de la ciudad. Sencillamente sufriría dos veces: por la ciudad y por estar lejos de ella.”
“Un pueblo que como Jefe de Estado vota a una efigie que en su vida ha leído a un libro, ¿está tan lejos de quemar libros?”

La novela puede ser leída también como un breve tratado descriptivo de las sociedades contemporáneas, por ende, también del mercado. 
Un escritor comprometido con el arte que va a escribir a un shopping puede ser considerado un hereje. Pero este escritor hace del uso de dicho espacio una apropiación,  un sujeto que va a al lugar, ícono del mercado a leer y a escribir. En estas oposiciones, Lalo juega cómodamente un gran partido y saca provecho. No se queda encerrado entre cuatro paredes, apesadumbrado. Recorre la ciudad, la transita, la explora. No la niega. La vive. Y lo mismo hace con el shopping... Va, elige una mesa de la terraza de comidas, adquiere tan sólo un café,  abre su bolso, saca su libreta, lee y por supuesto, escribe:

“Mi imagen en un centro comercial: un hombre solo, sentado ante una mesa, en la terraza repleta de restaurantes de comida basura, con un café y una libreta. A mis pies, una mochila con libros, otro cuaderno y dos plumas fuentes. Llevo horas aquí y no he comprado nada, ni siquiera un libro. Extraño, extrañísimo ante todo lo que me rodea, pero para mí no existe en el mundo una imagen más hechizante y perturbadora”.



Apenas mencioné uno de los problemas de las ciudades: la pobreza, la miseria. ¿Acaso no son los semáforos de San Juan, de San Pablo, de Medellín, de Santiago, de Buenos Aires, el lugar por excelencia donde se manifiestan la desigualdad? Basta que se ponga la luz roja para que queden cara a cara el mendigo y el que no lo es, el que anda a pie, en muletas, y a veces descalzo, con el sujeto que anda en un auto.
Como observador de las ciudades a Lalo no se le escapa este tipo de detalles. Y es sutil, porque no necesita enfrentar a un pobre con un millonario sino que le alcanza con presentarlo con el personaje de su novela, un hombre que lejos está de hacer ostentación alguna.


 “Ayer, en el semáforo de la avenida Ponce de León, esquina Roosevelt, el adicto que veo a diario y al que no le he dado un centavo en muchos meses…”

Un discurso amoroso y/o el placer del texto 

“Simone” también es una novela de amor. Un amor que se construye lentamente y crece a partir de la palabra. Un amor epistolar, de mensajes y de carteles en la vía pública, a veces más o menos visibles, otras con pequeñas anotaciones o dedicatorias escondidas de librería o biblioteca. 

Un amor que facilita el encantamiento a partir del placer del texto, nacido y consolidado en la escritura y en la lectura. Y sin caer en lo trágico, como suceden con amores tan intensos como verdaderos, a veces, el peso de las estructuras es mucho más fuerte. Estructuras tan pesadas que son capaces de aniquilar hasta la misma voluntad de amar, o al menos de impedir el amor mismo. 

“Esta noche salí a la calle y con un grueso pastel óleo escribí: ‘esa absurda ausencia de tu cuerpo’. En los muros y aceras, durante horas, dejé grabado el desenlace. Era una forma de duelo para un dolor que no cesaba. La ciudad era lo que quedaba, el territorio, al que pese a todo continuaba perteneciendo. Marcaba su superficie con la desnudez de mi dolor, atormentados, a veces al borde del llanto, a veces con una rabia implacable.” 



Una novela reflexiva

Hay novelas que por su trama facilitan una rápida lectura y no por ello carecen de profundidad y menos aun de calidad literaria. Pero también hay otras que están para leerse menos intensamente pero sí con mayor demanda de atención, pausas y reflexión, como si en cada frase o idea, puesta en el papel, fuera imprescindible levantar la vista de la página y en ese mirar la nada, detenerse a pensar. 

Y “Simone” de Eduardo Lalo, se amolda perfectamente a este modo de lectura.



sábado, 2 de noviembre de 2013

Jonas Mekas, "Ningún lugar adonde ir"


"Cuando dejé mi hogar, cuando dejé mi pueblo (cuando tenía doce años hice una lista de todas las personas de mi pueblo y encontré -si mal no recuerdo- 22 familias y 98 habitantes), cuando partí en un viaje que finalmente me llevó a recalar en Nueva York, tenía veintidós años. Ya era entonces un joven de cierta reputación. Durante más de un año había trabajado como redactor de un semanario de provincia. Había trabajado como editor técnico de un seminario semiliterario nacional durante otro año. Había publicado mis primeros poemas y había creado un escándalo en el "mundo" literario de Lituania con lo que hoy llamaría ataques estúpidos y maliciosos a algunos de los escritores y poetas de las generaciones precedentes.
Era evidente que estaba bastante involucrado en la vida que me rodeaba. Pero había algo extraño en mí: mi propia vida, mi pasado, mis raíces, mis ancestros, me resultaban completamente ajenos. No me interesaba en absoluto mi vida ni mi entorno inmediato. Por ejemplo, hasta los veinte años no tengo recuerdos de qué comíamos. Todo lo que recuerdo es que mi madre solía repetir: "A comer, ya basta de libros, por favor. Siempre frente a un libro. Hay que alimentarse mejor". Si alguien me pregunta qué comen los lituanos no sabría qué responder.

A los diecisiete años es probable que hubiera leído todo lo que se había escrito en lituano, incluidas las revistas y los diarios del pasado. Los había leído y memorizado a todos. Tanto es así, que algunos de mis amigos más grandes del ambiente literario de la capital, cuando no podían recordar dónde había aparecido algún artículo, solían decir: "Ah, pero está este chico en aquel pueblo, por qué no le pregunta, él debe saber". Y yo siempre tenía la respuesta. Pero no sabía quiénes eran mis sobrinas o primos o tías ni ninguno de mis parientes. Mis ancestros eran los poestas, los filósofos y los enciclopedistas, vivos y muertos".

Jonas Mekas, "Ningún lugar adonde ir", Caja Negra, 2008.