martes, 7 de diciembre de 2021

Lo triste y lo bello, "Parte de la felicidad", Dolores Gil

1992. Septiembre. Domingo. Lo que iba a ser una comida familiar, un asado de primavera, se transformó en un quiebre para el destino de una familia. La cotidianidad se abrió paso y dejó lugar a la contingencia, a la fatalidad y al absurdo. Una chispa que saltó fuera de lugar provocó un incendio sofocado rápidamente, pero en la desesperación, generó otro accidente. 

Así comienza "Parte de la felicidad", el primer libro de Dolores Gil, editado por Vinilo Editora (2021). Una historia contada con las palabras precisas para transmitir los hechos y las sensaciones sin golpes bajos, ni morbo. 

Una trama inesperada y demoledora. Una vida truncada por el azar, pero a la inversa, porque el azar suele ser mencionado para los hechos revestidos con la impronta de la dicha, de la alegría y de la buena suerte. Pero en esta historia no es así: el azar es motorizador del dolor y de la tristeza, el factor que desata lo irreversible y que hará preguntarse a la narradora del por qué durante un tiempo casi eterno. Pregunta que no encontrará respuestas pero que finalmente, un día dejará, por fin, de lastimar. Y ese momento será cuando el devenir y la experiencia de una vida nueva, llegue. 

Se ha leído y escuchado que la escritura muchas veces puede ser reparadora. Dolores Gil con su “Parte de la felicidad”, cumple con esa idea: su lenguaje está provisto de belleza y vitalidad, se instala lejos de las frases comunes.











domingo, 31 de mayo de 2020

El pasado


𝗠𝗲 𝗮𝗰𝘂𝗲𝗿𝗱𝗼, de Martín Kohan (Ediciones Godot), no es un libro de efemérides, tampoco es un libro de memorias, mucho menos un diario. Es bastante más que eso: es una pieza artística, un 𝗺𝗮𝘁𝗲𝗿𝗶𝗮𝗹 𝘀𝗲𝗻𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲. 

Muy probablemente nos resulte insuficiente hablar de enumeración, aunque nos encontremos con objetos, hechos y sucesos del autor que nos trae en cada una de sus páginas. Pero aquí el efecto (de lectura) decisivo del libro, al menos para mí: habla de nuestros modos de vida, de nuestros propios recuerdos, de tal vez lo más sensible que pueda tener y llevar por siempre cada uno con sí mismo, aquello que llamamos 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗿𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮. 

Quiénes compartimos esta lectura, nos sentimos especialmente interpelados por haber apoyado los dos pies en el siglo XX, y nos agarra viviendo en este maquillado pero nada prometedor y cada vez más desigual siglo XXI. Somos los que vivimos en dos siglos, en dos épocas, y como sabemos muy bien, las transiciones no suelen ser escasamente conflictivas. 

𝗠𝗲 𝗮𝗰𝘂𝗲𝗿𝗱𝗼 es también un libro sobre el paso del tiempo y la finitud, de la infancia y sobre todo, de los vínculos: amigos, novias, compañeros de colegio, hermanos, padres y madres, la comunidad (los amigos de la cuadra o del barrio, algo que por ejemplo hoy, en las grandes ciudades, se va perdiendo día a día), los juguetes ¡Benjamin!, el incipiente mundo de la indumentaria deportiva, las zapatillas, la pelota de fútbol, los ídolos y los héroes, pero también los imaginarios, los que fuimos construyendo, sí, pero también los que imperaban en aquella época. 

No se sorprendan si al ir recorriendo las páginas de 𝗠𝗲 𝗮𝗰𝘂𝗲𝗿𝗱𝗼, y sobre todo al finalizarlas, se encuentran con los ojos rojos, humedecidos, con un llanto que les hará creer o sentir que conocieron un poco más al autor del libro. Debo decirles que esas lágrimas será mucho más para con ustedes mismos, que pudieron reconocerse en esas páginas.








domingo, 24 de mayo de 2020

Borges y algunas figuras retóricas: enumeración, metáforas, hipálages y prosopopeyas



En la literatura de Jorge Luis Borges abundan las figuras retóricas. Una de las que más se suelen mencionar en su extensa obra es la Enumeración. 

Ya es un clásico recordar ¡todo! lo que el personaje “Borges” observa cuando desciende al sótano de la casa de Constitución en el cuento que le da el nombre al libro El Aleph (1949), mientras rememora y extraña a Beatriz Viterbo, su gran amor (aunque no correspondido):

“(…) vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino (…)”

En “Eduardo Wilde”, incluido en El idioma de los argentinos (1928), tenemos otro ejemplo:

“(…) los dos quieren lo casero del mundo y son como emperadores de cosas quitas: álbumes, rinconeras, piezas de ajedrez, perillas, óleos muertos de militares muertos, arañas embaladas que son como globos en viaje a la disolución, patios con mínimum angosto de cielo, casas desmanteladas, barriles”.

En el libro Evaristo Carriego (1930), en “Las inscripciones de los carros” podemos leer la siguiente lista de calles:

“La calle pisada puede ser Montes de Oca o Chile o Patricios o Rivera o Valentín Gómez, pero es mejor Las Heras, por lo heterogéneo del tráfico”.

Nuestro último ejemplo de Enumeración es el que vemos es “Vindicación de ‘Bouvard et Pécuchet’”, del volumen Discusión (1932):

“(…) una herencia les permite dejar su empleo y fijarse en el campo, ahí ensayan la agronomía, la jardinería, la fabricación de conservas, la anatomía, la arqueología, la historia, la mnemónica, la literatura, la hidroterapia, el espiritismo, la gimnasia, la pedagogía, la veterinaria, la filosofía y la religión; cada una de estas disciplinas heterogéneas les depara un fracaso”.

***

Borges también utiliza muchísimo las metáforas. Y porque tal vez sea la más fácil de buscar, sólo vamos a citar dos ejemplos. Se caen de maduras de cualquiera de sus libros. Pero veamos al menos esos dos casos.
Primero, nos detenemos en el poema “Calle con almacén rosado”, que pertenece al libro Luna de enfrente (1925):

“Ya se le van los ojos a la noche en cada bocacalle”.

El segundo y último ejemplo de Metáfora lo vamos a ver en El hacedor (1960), en el libro dedicado a Leopoldo Lugones y donde Borges escribió su poema “Mil novecientos veintitantos”:

“La rueda de los astros no es infinita (…), la historia, la indignación, el amor, las muchedumbres como el mar (…)”

***

Ahora es momento de ir a otro tipo de figuras, un poco más jugosas. Una de las figuras retóricas más reconocibles, casi una marca registrada en la obra de Borges es la “hipálage”, que según la RAE consiste en la atribución de un complemento a una palabra distinta de aquella a la que debería referirse lógicamente. Como la definición puede ser algo complicada, qué mejor entonces que recurrir a algunos ejemplos borgeanos.

En uno de los libros más maravillosos de la literatura universal (estamos hablando de Ficciones, editado en 1941), encontramos el siguiente fragmento en el relato “La forma de la espada”:


“Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo”.

En uno de sus cuentos más famosos, tal vez el más importante de todos, (estamos hablando de “El Sur”), vemos otro ejemplo que es bastante ilustrativo:

“Ya se había hundido el sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes que la borrara la noche”.

Dentro de esta figura, no está demás resalta que Borges ha insistido de manera persistente en lo silencioso. En el “La lotería de Babilonia”, podemos ver cómo el autor vuelve sobre esta cualidad para adjudicársela al objeto y no al sujeto:

“En una cámara de bronce, ante el pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río del pánico”.


Un último ejemplo de Hipálages y “silencios”, nos lleva al poema “Los Justos”, incluido en el libro de poesía La cifra (1981):

“Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez”.

Dejemos ya los “silencios” y vayamos hacia “La trama”, un texto brevísimo que forma parte del libro El hacedor (1960), y donde Borges brilla con el uso de la Hipálage:

“Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito”.

En el último párrafo del cuento el “Zahir”, de un libro que ya citamos anteriormente, nos referimos a El Aleph, observamos un ejemplo que grafica notablemente a la hipálage, otorgándole el valor que tiene la palabra “desiertas”, mucho más a las horas y no tanto a las calles. Veamos:

“En las horas desiertas de la noche aún puedo caminar por las calles”.

***

Otra figura retórica que podemos evidenciar y de la que podemos afirmar sin titubear que es una en las que Borges hizo verdaderamente gala es la “prosopopeya”. Antes de avanzar con algunos ejemplos, primero sepamos que la Real Academia Española (RAE) la define como una “Atribución a las cosas inanimadas o abstractas, de acciones y cualidades propias de los seres animados, o a los seres irracionales de las del ser humano”.



Ya sabiendo de qué se trata, fuimos a buscar algunos ejemplos y afortunadamente pudimos encontrar uno en su primer libro publicado, Fervor de Buenos Aires (1923), más exactamente en el poema “Un patio”:

“Con la tarde,

se cansaron los dos o tres colores del patio”.

En el cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”, del libro Ficciones (1941), tenemos un lindo ejemplo de esta figura para referirse a la iluminación generada por un artefacto dispuesto a tal fin:

“Una lámpara ilustraba el andén, pero las caras de los niños quedaban en la zona de sombra”.


También aparece esta figura en otro de sus cuentos más reconocidos, “El atroz redentor Lazarus Morell”, el primero de Historia universal de la infamia (1935):

“Es un río de aguas mulatas. Más de cuatrocientos millones de toneladas de fango insultan anualmente el Golfo de Méjico, descargadas por él”.

Vale decir que no nos íbamos a quedar sin prosopopeyas en la poesía de Borges. A continuación, el inicio del poema “Un sajón”, que forma parte del libro El otro, el mismo (1964):

“La nieve de Nortumbria ha conocido
y ha olvidado la huella de tus pasos
y son innumerables los ocasos
que entre nosotros, gris hermano, han sido”.


Por último, vamos a ver qué nos dice Jorge Luis en “El títere”, sexto poema del libro Para las seis cuerdas (1965):

“Bailarín y jugador,
no sé si chino o mulato,
lo mimaba el conventillo,
que hoy se llama inquilinato”.

***


TRIVIA BORGES



¿Cuál fue para el autor su mejor cuento o uno de los mejores de su propia obra?


§  Funes el memorioso
§  El Aleph
§  Emma Zunz
§  El Sur 

(La respuesta está unas líneas más abajo)































El Sur: en el prólogo de “Artificios”, la segunda parte de Ficciones, Borges dice: “De El Sur, que es acaso mi mejor cuento, básteme prevenir que es posible leerlo como directa narración de hechos novelescos y también de otro modo”.





domingo, 15 de marzo de 2020

Acerca del cuento "La geometría de la desesperación", de David James Poissant



En diciembre de 2015, se publicó en Argentina el libro de cuentos de David James Poissant El cielo de los animales, bajo el sello editorial Edhasa. La bellísima traducción de estos relatos estuvo a cargo de Teresa Arijón y de Bárbara Belloc. 

Estos relatos fueron publicados en Estados Unidos en formato libro en 2014, que a su vez fueron recopilados desde distintas publicaciones y revistas. De sus quince cuentos, elegí uno para contarles de qué se trata: "La geometría de la desesperación". 

Digresión: antes de avanzar con esa historia, no quiero dejar de decir que "El hombre lagarto", el que le da el título a este libro "El cielo de los animales", y "La geometría de la desesperación", son los mejores de este libro. 

Hacía mucho tiempo que no leía algo tan bueno, conmovedor y luminoso como este trabajo de Poissant. El cielo de los animales es el primer libro de su carrera literaria.


***

Lisa y Richard acaban de perder a su pequeña hija June. June murió de manera inesperada: muerte súbita. La tristeza que hay en este matrimonio es infinita. Ella toma antidepresivos, él no los toma porque considera que se merece este dolor. Una tristeza tan honda como si fuera un pozo sin fin. 

***


"La tasa de divorcio en las parejas que pierden bebés es casi del noventa por ciento". 

Lisa y Richard hacen lo posible para no separarse; están viviendo el peor de los infiernos. Hacen terapia grupal para intentar calmar la angustia. Pero es muy difícil. Richard dice que "no es que hayamos dejado de amarnos exactamente, sólo que cada vez que miro a mi esposa a los ojos lo único que veo es a mi niñita". Después de intentar sostenerse entre ambos, y cuando el hilo emocional de ambos esté mínimamente equilibrado, hablan del tema: Richard quiere irse de la casa. Ella no lo comprende, no lo acepta, y se lo reprocha.

Cuando se pierde un hijo no sólo se dejar de ser feliz, sino que además no puede permitirse volver a serlo. Por eso, cuando Lisa deja escapar una carcajada o una gran sonrisa, la reprime rápidamente, tapándose la boca con la mano. Seis meses después, Lisa y Richard volvieron a estar juntos, o mejor dicho, hicieron el amor. Después de haberse sentido bien, inmediatamente, volvió el llanto. 

Creo no estar equivocado al afirmar que la máxima virtud del tiempo consiste no tanto en arreglar las cosas porque muchas de ellas son irreversibles, y menos aun cuando se presenta la muerte, pero a veces sí puede, no siempre y muy lentamente, atenuar el sufrimiento. 

Será el paso del tiempo el que le permita a Lisa y Richard tener una nueva oportunidad sin borrar el pasado, pero motorizados por la esperanza hacia un nuevo futuro.





sábado, 15 de febrero de 2020

"La lengua en disputa". Beatriz Sarlo & Santiago Kalinowski. Un debate sobre el lenguaje inclusivo


En este libro se retoma aquel diálogo entre Beatriz Sarlo y Santiago Kalinowski sobre lenguaje inclusivo (LI), en el que actuó como presentadora Cecilia Fanti, en el marco de la Feria de Editores 2019.  

La lengua en disputa es breve en su formato (96 p.), pero el impacto en la instancia de lectura es mucho mayor, porque, inevitablemente, nos lleva a una necesaria reflexión. 

Muchas cuestiones quedaron planteadas en el libro, sobre la dimensión política del lenguaje inclusivo (LI), sobre sus posibilidades de comunicar de manera más eficaz; que siempre que hubo un intento de modificar la realidad, y eso comportó una serie de elecciones de la lengua, la creación de discursos asociados al intento de mover cuestiones de lo real (Santiago Kalinowski).

Un eje del debate fue si el uso del LI podía afectar la inteligibilidad del castellano y Beatriz Sarlo resaltó que no se preocuparía tanto por el riesgo, sino por el intento de imposición del LI. 

Que en este tipo de discusiones sobre LI deberíamos empezar a pensar qué designa la palabra "política", que esta palabra no designa cualquier acción en la esfera pública, sino un tipo de acción. 

No toda práctica social y cultural a veces son "políticas" aunque estén atravesados por una veta política, que el riesgo de pensar que todo es político, puede dar lugar a una visión simplificadas de contradicciones que son siempre diferentes.

Por último, vale destacar también el Índice de temas y de nombres al final del libro. Y fue una muy buena decisión la de agregar imágenes fotográficas del encuentro, como documentación del mismo.

Editó @edicionesgodot 


Ver el debate:






domingo, 26 de enero de 2020

"Rusos de Putin", de Hinde Pomeraniec

Rusos de Putin. Postales de una era de orgullo nacional y poder implacable, de Hinde Pomeraniec

¿Cómo se construyó Vladimir Putin como el líder político más importante de ese país durante estos últimos veinte años? ¿Cómo se apropió para sí mismo los valores del imaginario del "ser ruso", y también de ese sentimiento que ya conocemos con el "Homo sovieticus", para sí mismo? ¿Cómo canalizó el desencanto de su pueblo después del desmembramiento de la antigua URSS? ¿Se puede afirmar que Putin es de izquierda? ¿Cómo fue vivida por parte del pueblo ese pasaje de la Unión Soviética a la Rusia capitalista? ¿Cómo fue el proceso de la toma del control de las empresas estatales estratégicas una vez caído el socialismo para erigir a los multimillonarios locales y "oligarcas"? ¿Qué consecuencias se pueden afrontar ante el gobierno ruso si se es un verdadero opositor o crítico del gobierno? 

¿Cómo se sucedieron los terribles acontecimientos como por ejemplo el hundimiento del submarino Kursk en el año 2000; la toma de rehenes por parte de terroristas chechenos en el teatro Dubrovka de Moscú en 2002 que dejaron más de 170 muertos civiles, 50 terroristas chechenos y ninguna víctima de las fuerzas oficiales; la masacre terrorista en la escuela de Beslán en Osetia en 2004, donde murieron 334 víctimas de las cuales eran 186 niños, y cómo fue el accionar de las fuerzas de seguridad del Estado ruso? ¿Se puede pensar del mismo modo la libertad que se dio en terminos de la economía que en términos políticos y democráticos?

Un libro que profundiza en el plano del sentido, y que se vale de las mejores herramientas de la literatura, de la entrevista, de la crónica, de la investigación, el valor de las citas (imperdibles la de Borys Groys; de Svletana Alexievich -con quien además dialogó-, y de John Berger, por mencionar sólo algunos nombres), que nos hace aproximar a ese mundo ruso que a antes nos podía resultarnos algo lejano, pero después de la lectura de este libro, ya no. 





jueves, 28 de noviembre de 2019

Por qué leer Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt

Adolph Eichmann fue arrestado en Argentina en 1960. En 1961 fue juzgado y condenado a pena de muerte, en Israel. En 1962, se ejecutó la sentencia.

Porque logra lo que muy pocos libros: es capaz de contar, y contar bien, lo que parece inenarrable y, al mismo tiempo, propone un modo enteramente nuevo de pensar lo establecido, dándole un mazazo al sentido común.


Históricamente la humanidad recurrió a la figura del “monstruo” o de la “bestia” para dar cuenta de aquellos que cometieron crímenes inmensos y ejercieron violencia feroz contra sus semejantes. En ese gesto, que los convierte en unos “otros” diferentes (dementes, perversos, insanos, extraviados, inhumanos), parte del problema se resuelve: son los únicos responsables / culpables.

¿Qué sucede, en cambio, si consideramos el hecho de que esas “bestias” llevan sus vidas como cualquiera de nosotros y van a trabajar todos los días, pasean con amigos, leen cuentos a sus hijos, cuidan a sus mayores? El asunto se vuelve mucho más complejo, más inquietante, más dificil de abordar.

Esa es la operación que propone Hannah Arendt al analizar el caso Eichmann y postular la idea de “la banalidad del mal”. El villano puede ser un hombre común.

En breve resumen: Adolph Eichmann, teniente coronel de las SS, fue uno de los mayores criminales de guerra nazis. Huye de Europa y se esconde en la Argentina, donde es capturado en 1960 y llevado a juicio en Israel. Hannah Arendt, como corresponsal de la revista New Yorker, cubre ese juicio, que termina con la condena a muerte de Eichmann ejecutada en 1962.

Además de hacer una magistral descripción del proceso judicial, Arendt se adentra en lo más profundo de la personalidad del aparentemente simple burócrata que, nada menos, administraba parte de la maquinaria de muerte y exterminio de los campos de concentración del régimen nazi. El resultado es un aleccionador e imprescindible tratado filosófico y político sobre el Holocausto que se pregunta por la naturaleza humana y la capacidad de racionalizar como “obediencia debida” los daños más aberrantes.


“Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes.” (p. 368).




domingo, 7 de julio de 2019

Verano del '88: los días que conmovieron al mundo (argentino)


Desde hace no tanto tiempo, Martín Zariello es una de las mejores voces en el arte de contar, ya sean hechos anecdóticos o relevantes. Y lo es también a la hora de escribir sobre personas, ya que es capaz de armar una "fotografía", ya no con una cámara, sino con las palabras mismas.

Da lo mismo en cuestiones estéticas si Zariello escribe sobre películas, series televisivas, discos, partidos de fútbol o un jugador de ese deporte, un político, una ciudad y hasta una tarjeta postal. Zariello es capaz de mirar desde otra perspectiva y develarnos otro sentido, transformar el objeto sobre el que escribe en lo excepcional.

1988. El fin de la ilusión toma ese año como punto de inflexión en la historia reciente, especialmente cultural, de la Argentina. No eligió el lógico 1983 (la vuelta a la democracia), ni 1976 (para marcar la era del terror de la dictadura); tampoco pensó en 1989, fecha que marcaría el feroz ingreso del país en el neoliberalismo depredador que tuvo a diciembre de 2001 como su fecha de explosión, lo que implicó en un nuevo barajar y dar de nuevo. 

Tomó 1988 porque es un año en el que se sacuden ciertos imaginarios de un tipo del "ser argentino". Es el año del asesinato de Alicia Muniz por parte de Carlos Monzón ("Todos los femicidios, el femicidio"); es el año de la caída del Maral 39 e inmediata muerte del último gran cómico popular, del que "todo el mundo" hablaba al día siguiente  de cada emisión del recordado programa, (hoy totalmente fuera de código), No toca botón, Alberto Olmedo; y es el momento en el que la ilusión alfonsinista termina de desvanecerse en el aire y a la que ya no le iban a crecer más flores; es el inicio de la carrera de la híperinflación, y de los cortes de luz salvajes. 

Pero también es el año en el que la hermosa banda de rock nacional Virus, era denostada por la prensa, y que a sus recitales nunca iba demasiada gente. Es el año en el que la figura del Indio Solari comienza a erigirse para no caer nunca más; año tambié en el turco Asís era el Asís que conocemos hoy, siempre a contramano del poder de turno, a pesar de que años después se volvería parte de la cultura menemista, no por ser su pura expresión sino por ser funcionario de aquel gobierno; 1988 fue también el año en que un jovencito Rodrigo Fresán escribía sobre rock, y en el que el Flaco Spinetta y Fito Páez (tan politizado como ahora, mal que le pese a algunos), devoraban Vigiliar y castigar, de Michel Foucault, bajo la docencia de Alejandro Rozitchner. 


Il Corvino, así se lo conoce también a Martín Zariello, puede escribir sobre de cualquiera de estos temas que aparecen en 1988 como si a esos años los hubiera transitado como un adulto y no como un niño de cuatro años. Es tal la desenvoltura con la que escribe y cuenta que nos hace pensar si realmente no nació mucho antes de 1984 (cifra literaria si las hay). 

1988. El fin de la ilusión no es sólo un glosario de nombres propios relevantes de aquel año. Es un libro en el que recorremos hechos culturales y sociales, en los que aun hoy podemos visualizar la estela de su impronta. Y es un libro también que nos sirve como radiografía de una época del rock nacional que con el paso del tiempo se nos fue alejando pero que simultáneamente, se nos fue volviendo dorada.






jueves, 28 de marzo de 2019

Uno no escribe con ideas, sino con frases

Entrevista a Ariel Luppino, autor de Las brigadas


A fines de 2017 la editorial Club Hem dio a conocer al mundo Las brigadas, la primera novela publicada de Ariel Luppino. ¿Por qué decimos "la primera novela publicada"? Porque ya tiene escritas más de diez. Para este 2019 se espera la segunda, que se llamará Las máquinas orientales. ¿Y por qué decimos "al mundo"? Porque Las brigadas se publicará en Italia también durante este año y, además, ya está en camino la traducción al francés. 

Por Fernando Torres


¿Qué idea le da origen a Las brigadas?

Yo tenía la idea de jugar con que los discursos suban al escenario y representen un papel. Pensé en sombras chinescas. Pensé en un discurso de un acto escolar, donde hay toda una retórica, un lenguaje condicionado por el contexto. Donde hay una forma de enunciación muy acorde al marco en el que se da.


Por eso pensé en el teatrino que tiene que ver con el juego del lenguaje, con los juegos con el sentido, y también, con esos personajes infantiles que resultan aterradores. Porque, muchas veces, hay una violencia en un montón de juegos donde los adultos ejercen una violencia psicológica sobre los chicos al costo de infantilizarse ellos mismos.

Un ejemplo de esto sería el cuento de la buena pipa. Es como si quedaran atrapados en esos juegos del lenguaje; esa cuestión de la repetición genera hartazgo, una sensación de absurdo, pero también hace que las palabras aparezcan desnudas y representando un papel diferente al de la mera comunicación.

No me interesan las novelas que vienen a comunicar algo, prefiero que trasmitan sentido.


¿Esta idea se ancló en alguna experiencia tuya? ¿Podemos hablar de una idea generada a partir de una epifanía? ¿Hay una relación entre la risa y la burla?

No sé si fue tan así. Creo que la clave de lo novelesco estaba dada en la teatralidad de la lengua. De cómo la lengua pueda representar por sí sola un papel y sostenerse al margen de todas las referencias que termina licuando y absorbiendo, resignificando.


¿Cómo fue el proceso de escritura de Las brigadas? 


Yo me río mucho cuando escribo. la escritura de Las brigadas fue muy placentera y vertiginosa. Después de haberla escrito, la volví a leer recién cuando estuvo publicada.



Y respecto al plan inicial de la novela, ¿hubo mucha diferencia entre lo que vos imaginaste y lo que finalmente terminó siendo Las brigadas? ¿Se puede lograr la exactitud entre el plano de lo imaginario y de lo material en relación a esa idea de novela?


Yo creo que la clave de este asunto está en que uno puede llegar a tener una idea pero con la idea solamente no alcanza. Uno no escribe con ideas, sino con frases. Primero una frase, después otra, y así… En algún momento, uno deja de escribir una novela para empezar a escribir otra. Entonces, me parece que ese pasaje es otra forma de la felicidad. Con la lectura, me parece, tendría que ser igual.


El encierro y la opresión que atraviesa al mundo que construiste en Las brigadas, ¿podías, en algún punto, padecerlo? 

Todo ese terror y todo ese condicionamiento está, pero digo, esa atmósfera opresiva es tan interesante como cualquier otra. Hay que aprender a disfrutarla. En la literatura se puede disfrutar. En la vida, uno no puede más que padecer. Pero está claro que la literatura es algo completamente diferente a la vida.



Me encuentro ante varios diálogos de Las brigadas y no puedo dejar de pensar en Los dos payasos, de César Aira, y un poco menos, tal vez, en Esperando a Godot y Fin de partida, de Samuel Beckett. ¿Es posible señalar esta matriz?

Con esta lectura que hacés, acá podría decir que, nuevamente aparece la teatralidad de la espera. Cuando no pasa nada, en realidad, también está pasando algo. Es la imposibilidad total que no pueda estar pasando algo. Siempre hay una aventura, incluso en el caso más extremo de la inacción.



¿Quiénes son los escritores que más te gustan?

Alberto Laiseca y Osvaldo Lamborghini. Si uno toma como referencia a estos escritores uno tiene la obligación, si escribe literatura, de intentar hacer algo diferente. Además son imposibles de copiar (risas). Es como si ellos mismos hubiesen creado los mecanismos de autodefensa para no ser plagiados. Cualquiera que haga el intento va a quedar en un lugar ridículo. Y además son un arma de doble filo.

... Una tentación muy grande en el caso que suscitan César Aira o Juan José Saer.

A Aira uno lo lee, ve sus procedimientos y pareciera creer que copiándolo (al procedimiento), puede escribir una novela como las que escribe él. Pero quienes intentan eso no tienen en cuenta que Aira tiene una poética inasible, que es lo único que importa en la literatura.

Con Saer pasa algo parecido. Me parece que Saer tradujo el nouveau roman al “santafesino”, hay algo del objetivismo del francés, y cuenta el detalle de un detalle, y por momentos parece que cuenta “lo mínimo”, como si jugara con esa idea de Flaubert de contar una novela sobre nada. Y otra vez, me parece que muchos se quedan con esa nada y pierden de vista la poética de Saer.

Y la poética es lo que más importante para definir a un escritor y me parece que en ese sentido Laiseca y Lamborghini no presentan esa tentación, son imposibles de copiarlos. Es muy difícil de ver dónde están. Y en ese sentido pueden ser como una fuente de inspiración, en la medida que son una obligación para hacer algo distinto, algo nuevo.

Pero sí, por supuesto, me interesa la obra de Aira y de Saer.






Para leer una reseña sobre Las brigadas haga click aquí











miércoles, 27 de marzo de 2019

¿Cómo se lo presentó a Juan José Saer cuando era un absoluto desconocido?




"Juan José Saer pertenece a la última generación de escritores argentinos. Nació en el año 1937 en un pueblo de provincia y está ahora radicado en Santa Fe. Éste es el primer libro que publica. En diversos diarios y revistas fué dando cuentos y poemas; algunos de los primeros, han sido incluídos en este volumen. Todos sus trabajos están marcados por una firme orientación polémica e inconformista. Posee un natural y muy propio sentido del lenguaje, pero ya se advierte que no es en este plano en el que se fijan sus búsquedas, sino en el más profundo de la conciencia y la conducta humanas. Como una gran parte de la mejor literatura reciente, este libro de Saer no elude las contradictorias y a veces diabólicas formas de la vida inmediata. Por el contrario las indaga y asume para tratar de aclararlas y comprenderlas. Su actitud es, en este sentido, valiente y lúcida, e implica un compromiso no sólo con la realidad circundante sino también con valores éticos de muy alta exigencia y difícil adhesión."



El texto pertenece a la solapa de su libro En la zona, que terminó de imprimirse el día 26 de octubre de 1960 en los talleres de la Librería y Editorial Castellví S.A. - San Martín 2355 - Santa Fe (Argentina).








La dialéctica de las víctimas y los victimarios




Si la literatura argentina le debe gran parte de su poder de fuego a la violencia política, basta con pensar en El matadero, Martín Fierro y Facundo (por mencionar sólo tres libros de nuestra época clásica); o en Operación masacre, El niño proletario, Los pichiciegos y Glosa (ejemplos de nuestro pasado más reciente), para comprobar que Las brigadas (Club Hem, 2017) de Ariel Luppino, inevitablemente, viaja hacia ese destino. 

“Las brigadas nos llevaron en camiones cual ganado al matadero".(p.9)

Pero todo libro que se inscribe en una tradición debe agregar algo. Y lo que agrega Luppino es una salvedad, una excepción que volverá el escenario más terrible, por no decir perverso: si antes el mundo se dividía entre buenos y malos, en Las brigadas el paradigma ha cambiado para devenir, simplemente, en víctimas y victimarios. 

Y esto sucede en Las brigadas ya no por las fallas que puedan verificarse en el sistema (en el mundo de la historia), en la racionalidad aplicada al uso de la violencia, sino en su exacerbación misma: el poder ha conseguido aplastar a sus víctimas. Lo hace directamente a través de sus verdugos, meros funcionarios, sin necesidad de mostrar o al menos de querer esconder, su verdadero rostro. Sólo conoceremos a los técnicos del espanto, y no a sus jefes intelectuales.

***

Pero en Las brigadas junto al sumisión y al terror viene acompañada de la risa, la parodia. Esta risa, que no es estéril, que no es burlona, es la que permite que podamos apreciar el lenguaje, los recursos que despliega el autor en su literatura. De otro modo, nos resultaría intolerable.

"¿Qué diferencia hay entre sacarle un huevo a una gallina y cargarse un pollo?" (p.75)

Pensar en esta primera novela de Luppino nos hace rememorar una de las novelas más profundas de César Aira, vaya paradoja, de aparente lectura sencilla y de aparente contenido superficial: Los dos payasos

"No todo van a ser palos -dijo-. Te voy a sacar de este aguantadero de parias y te voy a llevar como cebador de mate al casino de oficiales (...) Y cuidado con que el mate venga lavado -dijo el Milico, entre risas, cuando me presentó en mi nuevo rol frente a la soldadesca. Hubo aplausos para mí". (p. 49-50)

Novelas que, Los dos payasos y Las brigadas, a su vez, nos remite al Michel Foucault y a la arquitectura de las sociedades disciplinarias, del sofocamiento, del encierro, del castigo, de las bondades de la normalización, cuya salida después de atravesar esas puertas dejan secuelas imborrables, y de algunas instituciones como el hospital, la cárcel y la escuela. ¿Recuerdan la escena del hombre controlando con una escopeta que nada se salga de los carriles normales, mientras los obreros "trabajan", arman la jaula y donde todos incluidos el lector, es un mero espectador?

“No respeté ninguna cultura ni ley, porque ambas cosas son inauténticas para el hombre” (p.29)


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Post Scríptum

Una de las frases más comunes que recorre el mundo de la literatura tiene que ver con aquella que se usa para referirse a un autor que se descubre de manera tardía, "el secreto mejor guardado de la literatura..." Acá podría completarse la frase con los gentilicios que uno desee. 

Esa frase funciona como un atajo, o como una herramienta para deslindar la propia responsabilidad que cada uno tiene como lector por haber descubierto "tarde" algún libro o algún autor. Pero vale decirse que no hay secretos. Hay libros leídos y libros no leídos. Hay un mundo editorial y un mercado editorial. Hay editores y correctores y hay también imprentas. Hay trabajo de prensa y obviamente, pero prefiero redundar a no decir: hay lectores. 

Si los libros no llegan a muchos lados, es cierto que muchas veces ocurre porque no hay dinero ni espacio físico para almacenar o enviar los libros a cualquier lugar. No son baratos los transportes y si no se está en un centro urbano de al menos mediana importancia, los tiempos se extienden tantísimo más. Pero es cierto también que cada día más hay más ferias y encuentros de lecturas, además de las imprescindibles librerías Y ahí hay una oportunidad, La posibilidad  del descubrimiento y de una nueva lectura. Ahí es donde se ve a un lector apostando, como si fuera un casino literario, por un autor ignoto y seguramente todavía sin reseñas, que tendrá la suerte, tal vez, de contar con una seductora contratapa o con datos interesantísimos en sus solapas. Digresión de la digresión: les recomiendo que lean la solapa del primer libro que publicó Juan José Saer cuando era un absoluto desconocido (hacer click aquí). Con un editor que leyó al autor desconocido desde un borrador, que después le haya gustado y encima, con los pesos de su bolsillo, se haya decidido a editarlo y arrojar un nuevo libro al mundo. 

Las brigadas. Todo suyo, lector.

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Libro: Las brigadas
Año: 2017
Páginas: 174
Editorial: Club Hem
Colección: Narrativa Sinfonía Emergente
Editor: Francisco Magallanes
Ciudad: La Plata
Distribución: Malisia Distribuidora





Para leer una entrevista a Ariel Luppino, haga click aquí


















sábado, 2 de febrero de 2019

Ricardo Romero: Los lectores y los libros

Ricardo Romero
Aproximadamente, ¿cuántos libros leíste en 2018?

No estoy seguro, pero calculo que entre 25 y 30. No son tantos. Con el tiempo me he vuelto un lector más lento. Y más intenso. Si el libro me gusta, releo mucho mientras leo.


¿Cuáles fueron tus lecturas preferidas de este año?

Varias novelas largas en las que estuve metido durante meses. El rey pálido, de Foster Wallace y Solenoide, de Mircea Cărtărescu. También sumaría Luz, de M. John Harrison. Las tres, maravillosas, delirantes, poéticas e incómodas.


¿Cuál fue el libro o el autor que “descubriste” durante este año de lecturas?

David Foster Wallace, con el que ya venía del año pasado, después de leer La broma infinita, y Cartarescu, del que si bien había leído El ruletista con Solenoide entré en otro nivel de experiencia.


¿Cuáles son tus autores preferidos?

Soy un lector entusiasta y agradecido, por lo que tengo muchas preferencias. Así, entre una inhalación y una exhalación me salen:  Onetti, Arlt, Simenon, Faulkner, Beckett, Conrad, Levrero, Bolaño, Daniel Moyano, Conti, M. John Harrison, Modiano, Steven Millhauser, Thomas Wolfe, Dickens, Foster Wallace, Cărtărescu.


¿Cuáles son los diez libros que todos deberíamos leer?

No me siento cómodo con los "debería".


¿Cuál es el libro clásico que no leíste y que te juras leer algún día?

Un clásico ente los clásicos no leídos: En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Igual lo de jurarme tampoco me sale mucho que digamos. En realidad preferiría prometerme que voy a releer Los demonios, de Dostoievski.


¿Cuál es el libro, considerado “canónico” que no pudiste disfrutar, o dicho más fácilmente, que no te gustó?

El Ulises. Lo empecé dos o tres veces y no pasé la página 100. No es para mí. O no lo ha sido hasta ahora.


En 2018 la Svenska Akademien (Academia Sueca) no entregó el Premio Nobel de Literatura. Si dependiera de vos, ¿a quién se lo hubieras otorgado? 

Mircea Cărtărescu. Porque con Solenoide me hizo acordar a Thomas Wolfe. De pronto uno tiene la sospecha de que no solo está leyendo. De que está haciendo algo más inefable.



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Ricardo Romero nació en Paraná, Entre Ríos, en 1976. Es Licenciado en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba y desde 2002 vive en Buenos Aires. Fue director de la revista de literatura Oliverio entre 2003 y 2006. Tiene publicado el libro de cuentos Tantas noches como sean necesarias (2006) y las novelas Ninguna parte (2003), El síndrome de Rasputín (2008), Los bailarines del fin del mundo (2009), Perros de la lluvia (2011), El spleen de los muertos (2013), Historia de Roque Rey (2014), La habitación del Presidente (2015) y El conserje y la eternidad (2017). En colaboración con Luciano Saracino escribió el guión para la película Necronomicón (2018). Con la novela Yo soy el invierno ganó en 2017 el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes. Es editor de Gárgola Ediciones, donde dirige la colección “Laura Palmer no ha muerto”, y de Negro Absoluto, colección dirigida por Juan Sasturain. Dicta cursos en la Biblioteca Nacional y es docente en la Universidad Nacional de las Artes. Ha sido traducido al inglés, al portugués, al francés y al italiano.