La importancia de The Flash (2023), de Andy Muschietti, no reside tanto en la fidelidad al cómic o en su adaptación, pese a que sus efectos especiales resultan magistrales, sino en cómo aborda la premisa de que intentar modificar el pasado con la finalidad de eliminar el propio dolor, puede acarrear consecuencias devastadoras.
En una época donde la nostalgia está a flor de piel y donde lo recobrado rápidamente también se vuelve a dejar en el olvido (en estos días lo estamos viendo con el auge del #2016 y las fotos de ese año), parece que la dificultad para valorar el presente convierte a la vida en una tragedia que se proyecta en el tiempo tanto hacia el atrás como hacia el futuro.
En este filme, aceptar el pasado equivale específicamente a transitar el proceso de duelo para finalmente hacer pie en la aceptación.
Flash nos permite jugar con la fantasía de remediar lo ocurrido y hacer las cosas de manera distinta; sin embargo, nos enseña que el dolor, tarde o temprano, terminará apareciendo, pues es un elemento constitutivo de la condición humana.
Esta idea me hizo recordar a un amigo analista que me contó que varias veces los pacientes que acuden a su consultorio or por primera vez dicen que van a probar para ver qué les pasa, de cómo pueden mejorar sus vidas ya ordenadas o más o menos resueltas (en el sentido que no sienten tener mayores problemas que algunas dificultades ocasionales), pero que a la tercera o cuarta sesión aparecen todos los monstruos y conflictos no resueltos o ni siquiera comprendidos de su propio pasado.
Esta película, de la que no esperaba nada, o tan solo las virtudes de los FX, resultó ser una gran sorpresa, una historia que equilibró perfectamente el entretenimiento con un poco de reflexión sobre las cosas que nos duelen.
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