jueves, 21 de diciembre de 2017

Aglaja Veteranyi: "Por qué se cuece el niño en la polenta"

Por Julián Mola

“El dictador prohibió a Dios”. Hasta la fe prohibió Nicolae Ceauşescu, que había llegado al gobierno de la por entonces República Socialista de Rumania a mediados de los sesenta. Terminada la Segunda Guerra, como tantos otros países del este europeo, Rumania quedó bajo la órbita de la URSS; satélites a los que se les impuso el comunismo con el fin de evitar reincidencias políticas e ideológicas. O eso se dijo. En Rumania tampoco funcionó del todo bien, Ceauşescu sería ejecutado en 1989 bajo el cargo de genocidio.

“El dictador cerró Rumania con alambre de púas”. Muchos fueron los que arriesgaron su vida para huir de la escasez y los excesos hacia el oeste democrático, el occidente del libre comercio. Eso hizo Alexandrus Veteranyi, huir del régimen con sus dos pequeñas hijas, su esposa y la caja completa del Circo Estatal de Rumania. Se proponían dejar atrás las privaciones, el autoritarismo y, por qué no, el anonimato; pensaban hacer, entre otras cosas, de su hija menor Aglaja una estrella de Hollywood.

Veteranyi fue artista circense, payaso, actor y aficionado a filmar cantidad de películas caseras que nunca tuvieron destino alguno. Estos menesteres lo llevaron a recorrer Europa, África, pasar por los Estados Unidos y terminar recalando en Argentina a mediados de los ochenta. Finalmente, Tandarica, tal su nombre artístico, alcanzó su anhelada fama con aquel recordado personaje de mozo torpe, que adeudaba no poco a Chaplin. Participaría en cantidad de películas y programas de TV hasta su muerte, en Buenos Aires, en 1995. Muy atrás, muy lejos, habían quedado su mujer, sus hijas y el circo. Aglaja, con apenas quince años, había escapado a Suiza en solitario. Allí se estableció y, sin haber recibido una educación formal, casi analfabeta, se vinculó al ambiente artístico y acabó siendo una reconocida actriz, docente y escritora que dominaba el alemán, el rumano y el español. Fundó un grupo literario y un grupo teatral, escribió narrativa, obras de teatro, poemas, y diversos textos para diarios y revistas. En su primera novela –única editada en vida- Por qué se cuece el niño en la polenta, Aglaja reconstruye –o recupera- la voz de la niña que fue para contar, con la sinceridad despiadada de un niño, la historia autobiográfica de su infancia, el derrotero geográfico, social y emocional de unos primeros años que revelan las marcas de su origen, los anclajes y, seguramente, las decisiones de la Aglaja mujer.

A golpe de oraciones simples, concisas, incluso con páginas enteras reservadas a una sola frase, una tras otra caen las imágenes, las metonimias de la escritora condensan todo cuanto caló hondo en su persona y necesita ser liberado, sin pudores: el régimen rumano (“El dictador es zapatero de profesión, ha comprado sus diplomas en la escuela. No sabe ni escribir ni leer, dice mi madre, es más tonto que una tapia. Pero una tapia no mata, dice mi padre”), la huida y sus consecuencias (“Desde nuestra fuga torturan al tío Petru en la cárcel y al tío Nicu lo mataron a palos delante de la puerta de su casa”), la pobreza omnipresente (“En mi tierra hacer cola es una profesión”), la imagen de su padre, las expectativas de una madre desbordada, la relación con su hermana y su tía, y el diario devenir de una troupe nómada de artistas fugitivos.

Aglaja tiene cinco años cuando comienza la narración, es el momento en que todo en su vida comienza a ser extranjero (“El circo siempre está en el extranjero”), palabra que marcó su vida, que resume su condición de expulsada, del que ocupa un lugar que no es el suyo; el extranjero (como lugar, donde ella vivió desde que recuerde), los extranjeros (que eran ellos, en todos lados, su condición de exiliada, de nómada, de fugitiva siempre a punto de ser deportada: “No podemos volver nunca, está prohibido”), la extranjera (que decidió seguir siendo, ella, adoptando a Suiza como país de residencia y el alemán como lengua; “la patria es la lengua”, dijo Adorno).

Por qué el niño se cuece en la polenta cuenta el desarraigo de un país, de un origen, pero, sobre todo, el de una infancia; arrastrada a una tierra de adultos, el comienzo de su vida iba a transcurrir lejos de los límites de la niñez. Es un libro –una vida- de contrastes, porque se parte de un recurso –la niña que narra- que no deja margen a otra cosa, porque lo que narra es violencia, y emociones que poco tienen que ver con la niñez. El miedo, no producto de una fantasía de acecho sino el miedo a una amenaza real, esa emoción de la que se procura resguardar al niño, en Aglaja es cosa de todos los días, como la rutina del circo:

“En la cama no paro de pensar que mi madre ahora está colgada del pelo. Mi hermana tiene que inventarse cosas cada vez más crueles para el niño en la polenta”.

Su hermana, para mantenerla entretenida y así no padecer el miedo de ver caer a la muerte a su madre trapecista, le cuenta, una y otra vez, el cuento popular rumano ¿Por qué se cuece el niño en la polenta? (nunca se aclara, pero el cuento sería “apenas” eso, una imagen, la de un niño que hierve en una olla de polenta; no tiene texto ni moraleja, es solo un título disparador para ser desarrollado a gusto del narrador o del oyente), el artilugio es tapar el horror con horror –desviar la mirada del horror para mirar otro horror-. No mirar allí, donde más duele, mejor mira allá; es una evasión instintiva la que practica a diario, se hace fuerte en lo que nadie le ha podido ni le podrá quitar, resiste como puede en su imaginación, y así crece.

Lo particular, entonces, no es el recurso en sí mismo, lo particular, lo auténtico, es su historia, tramada de puros contrastes entre lo que se supone debe ser y la realidad, una realidad que a Aglaja le toca vivenciar desde muy temprano, aunque siquiera logre comprenderla del todo: el entrañable Tandarica se descubre como quien “… pega a mi madre y con una cuchilla de afeitar corta las prendas de su vestuario en pedacitos y dice: ¡Hoy te dejo caer de la cúpula!”, las bondades de la Europa occidental resultan en “¡Vaya paraíso! ¡Aquí los perros son más importantes que las personas! ¡Si escribo a mi familia que los estantes en la tienda están llenos de comida para perros, creen que me he vuelto loca!”, la festiva vida circense esconde que “A Lidia Giga, la domadora, la hizo pedazos el león que ella misma había criado con un biberón. Al hombre encadenado se le partió la cuerda ardiendo, se cayó de cabeza”, la familia es “mi madre pegó a mi hermana, se cayó contra un cristal de una ventana y se cortó las venas. ¡Sí, he dormido con tu marido!, había gritado mi hermana. ¡Tu padre me chupó la sangre del corazón y me tiró a la basura!, dice mi madre”.

La directora húngara Krisztina Deak llevó la historia al cine (Aglaja, 110 min., Hungría, 2012) basando el guion en el libro. La película -¡no tan rápido!- es inhallable en internet, pero en el tráiler de dos minutos se deja entrever –salvando las distancias de presupuesto y contexto histórico- un tono que en seguida remite a El laberinto del fauno, al prisma con que Ofelia observa el mundo, que lo hace su propio mundo, su refugio. Es que Por qué el niño… es eso, un cuento que es una distracción, un mundo ideado para sobrellevar el destierro de la infancia. Ese mundo de fantasía, resultado de su inocencia avasallada, de una necesidad de repliegue sobre sí misma, es oscuro, y la lleva a elaborar, a la manera del uso que hace del cuento que da nombre al libro, sus propios artilugios, su propia lógica del alivio: “Siempre tengo que pensar en la muerte de mi madre, para que no me pille por sorpresa. Veo cómo se enciende el pelo con las antorchas, cómo se cae ardiendo sobre el suelo”.



Le llega la pubertad a esta niña; sea por llevar la contra a su madre, que se empeña en conservarla impoluta, a salvo de los males del mundo (que para ella son básicamente los hombres), sea porque ya no cree poder seguir viviendo allí, en ese territorio en el que siempre fue extranjera, avanza, sin saber bien a dónde, pero avanza: “Nunca me ha tocado un hombre en ese lugar. No pienso en otra cosa. Quiero que me violen dos al mismo tiempo.” Su vida, ella misma, parecía estar marcada por estos contrastes, estos sacudones. Dice el escritor Werner Morlang, amigo personal, en un discurso homenaje que lee a un año de su muerte: “Ella era desinhibida y tímida, intrépida y aprensiva al mismo tiempo, como si estuviera siendo perseguida por alguna experiencia crucial de su niñez: una combinación fatal de fantasías entre ser todopoderoso y sentimientos de inferioridad”.

Aglaja Veteranyi se quitó la vida ahogándose en el Lago de Zúrich en febrero de 2002, tenía treintainueve años. Uno entonces se pregunta si en verdad fue un viaje de más de tres décadas hasta su infancia lo que Aglaja emprendió para recuperar la voz de aquella niña que fuera, o si la voz que recupera su historia es la de la niña adulta con la que convivía a diario, una niña que seguía allí, en sus ojos, en su puño y letra, todavía herida, todavía sola en el extranjero, una niña que ya no tiene quién la pueda distraer.
 

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 Ficha técnica

Autor: Aglaja Veteranyi
Título: Por qué se cuece el niño en la polenta?
Editorial: Lengua de trapo
Año de edición: 2002
Páginas: 183




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