lunes, 12 de diciembre de 2016

"Brasil", de Paula Brecciaroli

Narrada en primera persona, Brasil es una novela escrita a modo de diario de viaje que se compone de treinta y cuatro capítulos. La voz de esta historia corresponde a una chica que está a punto de subir a un tren para viajar a un lugar llamado “Triple Frontera”.

La extensión de cada capítulo es de tres páginas aproximadamente excepto el primero, que se despliega en once páginas y es donde se presentan los personajes de esta novela: el guarda que le da el permiso para subir al tren (“Ahora sí, señorita ansiosa”); el viejo del asiento de al lado, Boris o José Luis (“No parece interesado en hablar. Es un alivio”); Martín (“Seguro tiene una novia que lo espera en la terminal”; Ludmila, (“la chica que viaja con los tres pibes se sentó en la otra punta del vagón”); los gitanos, y los inquietantes pasajeros que parecieran permanecer en sus lugares entre imperceptibles conversaciones y ronquidos.

Un viaje en soledad porque Leo ya no está (“Con Leo hubiera podido hablar y distraerme hasta que abrieran el comedor. No quiero pensar en él”). Y aunque el amor ya no sea parte de la vida de quien escribe este diario, el viaje que ella tenía programado, igualmente lo realiza.

Mochila nueva, un libro al que le faltan pocas páginas para terminar de leerse, una revista de armas comprada a último momento antes de subirse al vagón, un llamado de último momento a la madre, avisándole que está en el aeropuerto y no en la estación de tren. Como suele suceder en determinados tipos de viaje lo que se carga, lo que se arrastra –pesadamente- es uno mismo.

En la literatura, hay cientos de viajes narrados; están los que se hacen para no recordar o para olvidar -“Bahía Blanca” de Martín Kohan-; los que se hacen cuando todo es derrota -“Una sombra ya pronto serás”, de Osvaldo Soriano-, por mencionar solo dos ejemplos.

En Brasil el viaje tal vez venga a funcionar como mecanismo para comenzar a exorcizar los fantasmas de un pasado reciente o como procedimiento de cierre de una etapa, todavía impregnada por el dolor.

Rumbo al norte, tres días en tren. Sin necesidad de llegar a una ciudad hermosa. Sólo viajar.

La forma concreta, física, de salir del lugar de siempre un departamento que fue compartido con Leo, al menos por un tiempo. Y sin importar si ese destino lejano, Triple Frontera, “a 1896 km”, sea atractivo.

El Brasil de esta novela no nos hace pensar en el Brasil de las playas, de los hoteles cuatro estrellas. O tal vez sí. Pero ese Brasil del sentido común, del imaginario será el de Leo, “el mochilero con el que iba a hacer esta expedición en tren”, el que cambió el viaje a Triple Frontera por vacaciones “con una compañera de trabajo teñida de rubio y con las tetas hechas”. Tampoco pareciera pertinente la cuestión del dinero, si es suficiente o no. Sólo servirá para comprarse algo de comer o un whisky de calidad aceptable en el vagón de los gitanos.

Si tuviéramos que improvisar una clasificación para el género de Brasil, podríamos decir que el viaje en tren se define como una historia de ciencia ficción realista. Su decadencia, debido a su mal estado y a su pésimo funcionamiento hace del mundo de la historia, el tren, un espacio agobiante. El tren puede pasar dos veces por la misma estación. El maquinista puede confundir el camino al hacer un cambio de vías. El mantenimiento de las vías es ínfimo o nulo y por eso, la formación debe circular en su tramo más veloz a 50 kilómetros por hora. El resto del viaje solo podrá alcanzar los 35 kilómetros por hora. El tren puede recibir el impacto, un choque de otra formación…

El vagón comedor puede estar cerrado por un problema con la concesión y por eso, lo único disponible para beber sea el agua caliente que sale de la canilla del baño de mujeres. Comer, un tema en sí mismo: lo que llevó cada pasajero, como el viejo con sus salames y manzanas o comprarles a los gitanos, capaces de armar una parrilla en su vagón y de vender hasta alfajores regionales de poca gracia. El baño devenido en una cancha de fútbol para jugar con los niños, un vagón devenido en salón de fiestas para celebrar un cumpleaños.

A los infortunios propios de la desidia en el ferrocarril, se le agregan los factores naturales. Una plaga de tábanos que amedrentan y atemorizan a los pasajeros durante gran parte del viaje, obligándolos a una especie de organización racional entre tanta promiscuidad para no sufrir el ataque de estos insectos; una lluvia que cae como balacera sobre los techos de los vagones, el calor que hacen del clima una atmósfera irrespirable, el hacinamiento producido por el encierro, los olores de los cuerpos, el humo de los cigarrillos, el humo de la cocina de los gitanos, el humo producido por papeles quemados, “el olor a mierda de los chicos”, el aire cargado de humedad dejada por la lluvia, la tierra o el polvo, omnipresente.

Brasil, de Paula Brecciaroli, tiene 128 páginas que se leen a la velocidad de un TGV francés. Fue su primera novela publicada, bajo el sello Conejos (2011), editorial de la que forma parte. En 2015 se publicó su segunda novela Otaku.







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